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Publicado el 01 de mayo, 2020

Eleonora Urrutia: Estrategias de los países frente al COVID-19

Si los políticos hubieran sido conscientes desde el principio que el número de muertes estaría más cerca de la gripe estacional que las millones de muertes predichas por los primeros modelos que ahora parecen inexactos, ¿habrían arriesgado decenas de millones de trabajos y medios de vida como lo han hecho a la fecha?

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La lucha contra el COVID-19 se ha convertido en una prioridad de política pública a nivel global. Sin embargo, las recetas aplicadas por la mayoría de gobiernos occidentales parecen moverse en un terreno frágil en el que la improvisación y la falta de rumbo están a la orden del día. Esto se debe a que las decisiones para enfrentar la pandemia se tomaron en un contexto de incertidumbre frente a la cual no cabía estimar una probabilidad, pese a lo que los científicos se vieron convertidos en una especie de gurús capaces de predecir lo que el futuro tal vez nunca conocerá y dictar las medidas que se debían aplicar en el peor de los escenarios. Así, los caminos elegidos por los países para enfrentar la pandemia del SARS-Cov-2 han variado de acuerdo a la particular mezcla de política y ciencia de cada país.

Casi en un extremo del espectro se encuentra China con un confinamiento muy estricto, aunque sus protocolos de aislamiento tardaron meses en activarse, permitiendo que el virus se propagase por el resto del mundo y obligando a aplicar medidas de máxima que implican la paralización total de regiones enteras. A eso hay que sumarle la falta de transparencia del régimen comunista, que ocultó información y tomó represalias contra el médico que alzó la voz al inicio de la epidemia, así como la estrategia de dejar correr el virus libremente por seis semanas para lograr la inmunidad de su población, ocultando sus consecuencias.

A pesar de ello se impone la tesis de que solo se puede luchar contra el coronavirus «a la china», es decir, con políticas muy drásticas y costosas que fueron diseñadas por el régimen autoritario más temible del siglo XXI. ¿No hay, pues, una fórmula alternativa? Afortunadamente sí existe otro camino: el sur coreano.

La apuesta coreana es buena y barata. Buena, porque funciona. Barata, porque su costo económico es mucho más bajo que el de un cierre total. El método coreano implica un sistema de información muy eficiente para detectar a los posibles contagiados, a los que deriva a un triage del estilo “drive through” en el que en diez minutos se detectan los positivos. En consecuencia, Corea del Sur puede tomar medidas más ajustadas al terreno y, en vez de intentar gestionar una avalancha de ingresos hospitalarios, sus autoridades se anticipan a la situación y aíslan a la población contagiada de manera rápida y segura.

Entre ambos extremos existen dos otras estrategias. El gobierno de Chile ha optado por un confinamiento bastante estricto, que todos conocemos, sin ser tan absoluto como el argentino o el chino, y muy similar al alemán.

Los defensores de este aislamiento light ponen el acento en la búsqueda de la inmunidad comunitaria y piden que los datos de Suecia se evalúen a largo plazo.

Más al estilo del modelo coreano, Suecia dejó casi todas las decisiones en manos de la población, a la que recomendó distanciamiento social pero no aislamiento, limitándose a prohibir solo los eventos de más de cincuenta personas y confiando en la respuestas consciente de sus ciudadanos. La razón principal de su camino es que el gobierno sueco decidió a principios de enero que las medidas contra la pandemia debían basarse en evidencia científica, la que no respalda medidas como el cierre de fronteras, el cierre de escuelas o el aislamiento social, que casi no tienen ciencia detrás como afirma el Profesor Johan Giesecke, científico jefe del Centro Europeo para el Control de las Enfermedades y asesor del Secretario General de la OMS.

Así, mientras la mayor parte del mundo occidental se aísla, las salidas a comercios y restaurantes han caído solo un 41% en el país escandinavo, el descenso en las visitas a supermercados o farmacias es del 15%, la concurrencia observada en parques y zonas verdes registra un crecimiento del 84%, la presencia en estaciones y nodos de transporte bajó menos del 36% y la asistencia presencial al trabajo se reduce un 24% en el país gobernado por Stefan Löfven.

Los defensores de este aislamiento light, como el escritor liberal Johan Norberg, ponen el acento en la búsqueda de la inmunidad comunitaria y piden que los datos de Suecia se evalúen a largo plazo, puesto que la meta última de esta estrategia sería lograr inmunidad comunitaria en lugar de intentar minimizar el impacto sanitario de corto plazo. Según Norberg, la mayor mortalidad sueca actual sería “un resultado lógico de la decisión de Dinamarca o Noruega de posponer contagios y muertes mediante el bloqueo completo de sus sociedades. Ahora queda por ver qué ocurre cuando empiecen a abrirlas y afronten una nueva oleada de coronavirus”.

La resistencia de Suecia a imponer desde el gobierno un bloqueo total es señalada como el experimento de coronavirus más audaz de Europa, pero ahora Berlín podría estarle dando la razón a Estocolmo. A medida que Alemania reabre sus negocios, hay signos de que su confinamiento no ha bloqueado permanentemente al Covid-19. Las autoridades alemanas están preocupadas porque al parecer la tasa de reproducción de la enfermedad, o R0, ha subido a 1 (cada infectado propaga el virus a otro) desde que se permitió la reapertura de tiendas el 20 de abril, cuando dos días antes de iniciar la apertura era de 0.8 según el Instituto Robert Koch para el control de enfermedades (RKI). Esto es importante porque Berlín está intentando determinar si es posible reabrir una economía de una manera en la que se controle la R0.

A medida que pasan los días y los hospitales están vacíos, no se entiende la estrategia de continuar con los confinamientos.

La canciller Angela Merkel, con un doctorado en química, se convirtió en una sensación en internet este mes por una conferencia de prensa en la que dio una lección a los alemanes sobre por qué R0 sería el punto de referencia para las políticas de reapertura del gobierno. Desde entonces gran parte del mundo está tratando de imitar sus objetivos.

Este enfoque se presentó como un triunfo de la política basada en la ciencia y sin embargo está plagado de problemas. Una, como reconoce el RKI en sus informes diarios, es que nadie puede saber en tiempo real cuál es la tasa de reproducción del virus. La cifra de R0 es solo una estimación. Peor aún, probablemente no sea posible suprimir permanentemente R0 por debajo de 1 y tener una economía funcional al mismo tiempo. Hasta la fecha, Alemania ha experimentado una de las tasas de mortalidad más bajas de Europa en relación con el tamaño de la población pero la deriva ascendente en la tasa de reproducción actual sugiere que esas medidas pueden no haber detenido la enfermedad en su camino, sino retrasar lo inevitable y a un costo enorme.

La mayoría de los políticos están cambiando la explicación de por qué bloquearon sus economías. El relato original hacía referencia a frenar la propagación de Covid-19 para “aplanar la curva de contagio” con el objetivo de aliviar la presión sobre los hospitales, pero a medida que pasan los días y los hospitales están vacíos, no se entiende la estrategia de continuar con los confinamientos. Ya se sabe que oponer salud a economía como si fueran metas excluyentes solo sirve para confundir y hacer demagogia. No es lo uno o lo otro; es lo uno y lo otro. Se debe compaginar, hacer compatible la administración del sistema de salud con la recuperación de la actividad económica, de modo que ninguno de los objetivos anule al otro. Lo que parece estar siendo cada día más claro es que contener la epidemia suprimiendo al virus para siempre es imposible.

La Organización Mundial de la Salud recientemente a través de Mike Ryan, cabeza del programa de emergencias sanitarias, sorprendió al mundo al defender al modelo sueco. Suecia “se basó en la capacidad y disposición de los ciudadanos para implementar el distanciamiento físico y la autorregulación… Creo que si queremos alcanzar una nueva situación normal, Suecia puede de muchas maneras representar un modelo para el futuro.”

Y es que quizás se estén repensando las estrategias tomadas a comienzos de la pandemia ya que las primeras estimaciones parecen sobre estimadas a la luz de lo que hoy sabemos – el modelo del Imperial College suponía tasas de letalidad de 1% a 3% y la OMS de 3.4%. Ya no son tan pocos los expertos que argumentan que los casos conocidos de enfermos son probablemente solo una pequeña porción de la verdadera cantidad de infecciones y, por lo tanto, las altas tasas de letalidad podrían disminuir por órdenes de magnitud. Nuevos datos respaldan estas opiniones e indican que la tasa de infección podría ser entre 30 y 85 veces mayor, con lo que la tasa de mortalidad oscilaría entre el 0,3 y 0,6%.

Esto no quiere decir que el Covid-19 no sea más grave que la gripe. Sus síntomas a veces son más crueles, y es ferozmente infeccioso: escapó del bloqueo draconiano de Wuhan y se extendió por todo el mundo en unos pocos meses. Decenas de miles de personas están muertas en todo el mundo y no hay vacuna. Por lo tanto, un camino a seguir exige un monitoreo continuo de la seroprevalencia, así como nuevas pruebas de casos, identificando y protegiendo a los más vulnerables y apoyando la capacidad del hospital para manejar las oleadas de pacientes de cuidados intensivos respiratorios.

Sin embargo, si los políticos hubieran sido conscientes desde el principio de que el número de muertes estaría más cerca de la gripe estacional que las millones de muertes predichas por los primeros modelos que ahora parecen inexactos ¿habrían arriesgado decenas de millones de trabajos y medios de vida como lo han hecho a la fecha? Y más aún, ¿estarán dispuestos a reconocer la necesidad de la marcha atrás de ciertas medidas?

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