Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 30 de noviembre, 2018

Eleonora Urrutia: En la Argentina ya no se puede jugar ni un partido de futbol

La locura del River y Boca es la explosión de los peores disvalores que se instalaron en el país desde hace muchos años. Ni siquiera una ambulancia llevando a uno de los heridos al hospital se salvó: tuvo que ser escoltada por más de una docena de motocicletas policiales. ¡Hasta en las guerras se respeta a la Cruz Roja de las emergencias!

Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El sábado 24 de noviembre estaba previsto que se disputara la final de la Copa Libertadores en el estadio Monumental de River Plate, en Buenos Aires, entre el equipo local y Boca Juniors. Por primera vez en muchos años un partido de fútbol argentino concitaba la atención global. La Copa Libertadores es un torneo devaluado; sus partidos no suelen aparecer en los programas de TV del mundo. Pero este Boca-River era una ocasión inmejorable para volver a vender fútbol argentino, que es más o menos como vender los restos de lo que ya vendimos, pero que vamos, algo es algo.

 

No se pudo. El bus que llevaba al equipo de Boca fue atacado a piedrazos por hinchas de River, y varios jugadores resultaron heridos. Para dispersarlos, la policía –que no había sabido, podido o querido prevenir las piedras– tiró gases lacrimógenos y otros resultaron descompuestos. Durante tres horas y media se discutió si el partido se jugaba o no y al final no se pudo. El futbol argentino es un chiste. La FIFA tiene 211 países afiliados. Hay 210 que son capaces de organizar partidos con hinchadas visitantes y uno solo que no: la Argentina. Vale aclararlo porque no parece posible: desde hace años, a la cancha en la Argentina sólo pueden concurrir los socios del club del partido que es local. Unos días antes del mentado partido, el Presidente de la Nación se entusiasmó con que el partido pudiera jugarse con público visitante. Los presidentes de los dos clubes de futbol le dijeron que ni en broma y por suerte todo quedó en la nada. La arena de Mad Max hubiera resultado pueril al lado de lo que hubiera sido el espectáculo de haberse hecho realidad el sueño impetuoso de Macri.

 

Tiraron piedras, botellazos y podrían haber producido una tragedia porque el chofer del colectivo se desvaneció y tuvo que seguir al volante el vicepresidente de River.

 

La locura del River y Boca es la explosión de los peores disvalores que se instalaron en el país desde hace muchos años. Los salvajes que atacaron el micro de Boca sabían lo que hacían. Se agruparon en un solo lugar bien estratégico y casi desprotegido. Fueron a pasar la factura a las autoridades de la Ciudad de Buenos Aires porque cometieron el error de combatir al delito (días antes habían impedido la reventa ilegal de entradas que estaban en manos de los barra bravas de River, los “Borrachos del Tablón”). Tiraron piedras, botellazos y podrían haber producido una tragedia porque el chofer del colectivo se desvaneció y tuvo que seguir al volante el vicepresidente de River. Rapiñaron entradas a las trompadas. Destruyeron un auto a pedradas y después lo vaciaron. Con gran esfuerzo fueron detenidos cincuenta y seis patoteros que al día siguiente estaban libres. Ni siquiera una ambulancia llevando a uno de los heridos al hospital se salvó: tuvo que ser escoltada por más de una docena de motocicletas policiales. ¡Hasta en las guerras se respeta a la Cruz Roja de las emergencias!

 

Pareciera que hay una vocación brutal y antidemocrática por favorecer a los delincuentes. La señal a la sociedad es terrible: impunidad. Macri anunció que enviará a sesiones extraordinarias una ley para que los jueces y fiscales no tengan más excusa para actuar con contundencia y terminar con la violencia en las canchas. Sus salvajadas dejarán de tipificarse como suaves contravenciones y serán delitos penales duramente castigados. Está muy bien que lo haga, pero llega tarde luego de tres años en la presidencia y con veinte de experiencia como presidente, justamente ¡de Boca Juniors! Miguel Angel Pichetto, senador por la provincia de Río Negro y jefe del principal bloque opositor dijo que las fuerzas policiales no pueden reprimir como en Francia, por ejemplo, porque la visión cultural de las izquierdas hizo que todo lo que hagan las fuerzas de seguridad se ponga bajo sospecha. Tiene razón Pichetto. Solo habría que recordarle que ese sistema de ideas nefastas se fortaleció y se expandió durante el gobierno de Cristina Fernández a la que él apoyó verticalmente. La dirigencia argentina está tan involucrada o es tan cobarde como el que más de los barra bravas. Dejar de tomar posiciones ideológicas siendo dirigente es tan importante como no tirar piedras para matar a otro. Por omisión también se cometen delitos gravísimos, sólo que a los políticos no se les aplica sanción.

 

Las leyes no tienen un efecto mágico. Se pueden cambiar todas las leyes, pero si persisten grupos organizados que le hacen frente al estado de igual a igual, se dificulta el trabajo. Este es un problema histórico de la Argentina, no de un solo gobierno. Es una situación en la que el estado no puede cumplir el rol para el que nació, que es detentar el monopolio de la fuerza. No hay mucho que polemizar al efecto. Para qué continuar debatiendo lo obvio cuando tenemos un país donde sigue habiendo un tercio de pobres, 45% de inflación anual, cada vez menos educación, cada vez menos esperanzas…

 

Como en estas guerras urbanas hay heridos e irremediablemente la culpa será de quienes intentaron poner orden y proteger al resto de los ciudadanos, la autoridad se auto reprime y los salvajes se aprovechan de la anarquía adueñándose de las calles.

 

Lo primero, lo más sencillo y lo de manual: encontrar un culpable a quien hacerle pagar los costos políticos. Ya renunció el Ministro de Seguridad de la Ciudad de Buenos Aires y fue reemplazado por otro sin experiencia, de pasado justicialista y cuyo mérito es que su padre fue presidente de River Plate. Otra obviedad: responsabilizar a los uniformados y a quienes diseñaron el operativo de seguridad. Es cierto que ambos tienen que ser motivo de análisis y críticas. Eventualmente podrían ser sancionados sus responsables, pero fue un error en un contexto en el que hay falta de respeto por la ley y la autoridad, de modo tal que cualquier error es aprovechado para convertirlo en tragedia y caos. Como en estas guerras urbanas hay heridos e irremediablemente la culpa será de quienes intentaron poner orden y proteger al resto de los ciudadanos, la autoridad se auto reprime y los salvajes se aprovechan de la anarquía adueñándose de las calles. Hay una especie de vocación brutal y antidemocrática de la dirigencia –nuevamente por acción u omisión- por favorecer a los delincuentes que saben que en el peor de los casos llegarán a manos de jueces y fiscales dispuestos a liberarlos por ideología, por miedo o por plata. A las pruebas me remito.

 

En las vísperas del suspendido partido primó la locura, la desmesura, lo grotesco, lo absurdo. Primaron los años de burlarse de los valores básicos que debe respetar una sociedad. Ya lo sabían bien los comunistas y sus homólogos los fascistas que utilizaban la máquina del estado para aniquilar a cualquiera que se opusiera al orden por ellos establecido a la fuerza. Pero en las democracias liberales, en países normales como Inglaterra, Suecia, Dinamarca, Alemania, hay un mínimo de orden y seguridad que no puede quebrarse sin sufrir consecuencias graves de castigo y privación de la libertad. Allí no es una cuestión ideológica.

 

Mucha gente tiene la sensación de que estamos en manos de mafiosos. Que hoy lo único que vale es la autoridad del que ocupa con violencia la calle o que utiliza la violencia en cualquier forma.

 

En la Argentina, en cambio, las fuerzas de seguridad desde la restauración democrática en 1983, vienen sufriendo un hostigamiento multidireccional. Lenta, pero muy lentamente, se intenta devolverles su dignidad y respeto. Todavía siguen recibiendo directivas contrapuestas, algunas absurdas, como la de no actuar frente a agresiones en la vía pública. Los criterios judiciales también son equívocos y en general arbitrarios frente a la actuación de los uniformados.

 

Por lo mismo mucha gente tiene la sensación de que estamos en manos de mafiosos. Que hoy lo único que vale es la autoridad del que ocupa con violencia la calle o que utiliza la violencia en cualquier forma. Y cuidado con aplicarles la ley porque el aparato mediático inmediatamente denunciará una feroz represión de las fuerzas policiales de la derecha. Así es como hemos llegado a que en la Argentina no se pueda ni siquiera jugar un partido de futbol.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más