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Publicado el 14 de junio, 2019

Eleonora Urrutia: Elecciones en la Argentina

¿Será finalmente, como decía Perón, que “peronistas somos todos”? Tal vez lo más adecuado sea concluir que con el peronismo no alcanza, pero sin el peronismo no se puede. Y si no se puede, mejor unirse.

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En la medianoche del martes pasado tuvo lugar el cierre de alianzas que competirán por la Presidencia de la Argentina el 24 de octubre. Se presentaron siete frentes electorales. Las alianzas quedaron conformadas para el oficialismo con el frente “Juntos por el Cambio”; Juan Manuel Urtubey, gobernador de Salta -que le había dicho no a Mauricio Macri- acordó como vicepresidente de Roberto Lavagna dentro del flamante “Consenso Federal”; y Sergio Massa, el kirchnerismo y el Partido Justicialista sellaron el “Frente de Todos”. Los otros cuatros frentes son “Frente de Izquierda-Unidad”; el izquierdista Luis Zamora, que se presentaría en la Ciudad de Buenos Aires con “Nuevo MAS”; “Frente Despertar” que encabeza el economista liberal José Luis Espert y el conservador ex director de Aduanas, Juan José Gómez Centurión con “Frente Nos”.

Una particularidad: si Massa decide no competir por la Presidencia -aún duda en enfrentar a CFK- en las PASO (Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias) del próximo 17 de agosto, ninguna fuerza dirimiría su candidatura presidencial en internas.

Dos decisiones políticas tomadas para llegar a estas alianzas marcan el destino próximo de la Argentina. La que tomó Cristina Kirchner hace un mes, designando a Alberto Fernández como su candidato a presidente y la que aceleró Mauricio Macri el mismo martes pasado, presionado por el escenario que venía construyendo su principal rival. La ex presidenta eligió a Alberto Fernández como su candidato a Presidente porque es un negociador avezado y centrista para las mesas del poder a las que ella no puede sentarse y porque no tiene votos propios ni intenciones de discutirle su liderazgo, al menos por unos años. Así, la táctica de “bajarse de la fórmula presidencial sin bajarse nunca” quedó a salvo.

Miguel Angel Pichetto, actual presidente del bloque Justicialista en el Senado por Río Negro, no es fácil de encasillar. Ha sabido reinventarse como legislador peronista clave del menemismo, del duhaldismo, del kirchnerismo nestorista y del cristinista.

Si Cristina Kirchner intentó dejar de ser la opción anti sistema con la designación de Fernández, Macri redobló la apuesta eligiendo a Pichetto para consolidar una oferta de perfil institucional. Que el senador sea parte de lo que el macrismo definía como “la vieja política” le pareció al Presidente y aliados un costo menor frente al efecto tranquilizador con el que esterilizó rápidamente un escenario dominado por la incertidumbre.

Miguel Angel Pichetto, actual presidente del bloque Justicialista en el Senado por Río Negro, no es fácil de encasillar. Ha sabido reinventarse como legislador peronista clave del menemismo, del duhaldismo, del kirchnerismo nestorista y del cristinista. El macrismo valora su plasticidad. Al fin y al cabo, presidiendo el bloque opositor fue el mejor senador oficialista de estos tres años y medio. Por eso es ahora el candidato de Macri pese a haber sido el fundador de la doctrina con la que el peronismo bloqueó el desafuero de Cristina Kirchner, protegiéndola de cualquier intento de dejarla detenida por alguno de sus trece procesamientos. Hasta acá cobraría más fuerza que nunca la famosa estrofa del poema Buenos Aires, de Borges, “No nos une el amor sino el espanto…” Pero también es cierto que Pichetto se ha comportado como republicano en lo institucional, como liberal en lo social y como desarrollista en lo económico, muy similar al perfil de Macri. Fue quizás el primer político en decir en voz alta que la Argentina tenía que revisar su política inmigratoria. Promueve las buenas relaciones con los Estados Unidos, Europa y el Brasil de Bolsonaro. Y garantiza la futura gobernabilidad si Macri ganara las elecciones.

¿Cómo juegan estas alianzas en las elecciones?

Es imposible armar cualquier proyecto de alcance nacional en la Argentina sin una poderosa base territorial en la provincia de Buenos Aires. El gran problema del peronismo es que esa sede, sobre todo en el conurbano, la ocupa Cristina Fernández. Por otro lado, en el no peronismo la estructura bonaerense es de Cambiemos con la actual gobernadora María Eugenia Vidal; por eso muchos dirigentes como Urtubey, Lavagna, o el propio Massa pensaban que la Gobernadora les resolvería este problema, yendo con ella como candidata en todas las listas.

Para darse una idea de lo que significa empezar a hacer política en la provincia de Buenos Aires no solo hay que tener en cuenta a los intendentes de los 135 distritos y colgar de esas candidaturas a los concejales y consejeros escolares y tener listas de legisladores, senadores y diputados en las 8 secciones electorales de la provincia. Se trata también de contar con 16 mil fiscales de mesa para cada elección.

Así las cosas, el otro propósito de Cambiemos es conseguir la reelección de María Eugenia Vidal en la provincia. Alrededor de este problema se abrió, con la presentación de la alianza entre Lavagna y Urtubey, una gran incógnita: qué potencial tendrá en ese distrito decisivo. Las adhesiones que obtengan con Consenso Federal provendrían de la cantera de Cambiemos, al menos en la primera vuelta electoral. Por eso ellos son, desde el martes, los principales aliados de la fórmula Fernández-Fernández: si su coalición prospera en detrimento del oficialismo, podría ampliarse la diferencia entre el kirchnerismo y el gobierno. Incluso hay un escenario en el que esa distancia sería capaz de determinar el triunfo de Fernández-Fernandez en primera vuelta. Esa hipótesis se realizaría si Lavagna y Urtubey resisten con éxito la marcada polarización que organiza la política. Es decir, si logran evitar que muchos ciudadanos para los que el regreso del kirchnerismo resulta intolerable entienden que votar por Consenso Federal puede ser una forma indirecta de elegir a la expresidenta.

Por lo mismo, y paradójicamente, de haber una segunda vuelta entre los dos principales rivales, esos votos favorecen a Macri-Pichetto.

Pero por otra parte, la candidata a la gobernación de la coalición de Lavagna será Graciela Camaño, en cuyo caso resulta mucho menos claro si la carrera de esta sagaz diputada se hará a expensas de Vidal o de Axel Kicillof, el candidato kirchnerista. El peronismo de Camaño es muchísimo más nítido que el de Lavagna. Y puede convertirse en un problema para Kicillof, identificado con un perfil más de izquierda en una tierra netamente peronista. Camaño podría causar a Kicillof, en beneficio de Vidal, el daño que Lavagna le causaría a Macri, en beneficio de Alberto Fernández. En términos prácticos: podría haber un corte de boleta significativo para combinar a Fernández y Camaño.

Finalmente podría ocurrir que Lavagna representara el lugar que Geraldo Alckmin ocupó en Brasil: la plataforma de un centro que se hundió por el impacto del enfrentamiento de dos olas de repudio, contra Bolsonaro y contra el PT, o, en el caso argentino contra Macri y contra la expresidenta. Esto no resultaría raro. Si uno se opone a la corrupción rampante, no sería factible acercarse al kirchnerismo. Asimismo, ensañarse con Macri por los resultados concretos de su gestión sin oponerse frontalmente al rumbo que ha emprendido es demasiado ambiguo para atraer a sectores que son conscientes de la inviabilidad de ser competitivos sin las reformas necesarias.

En esta última hipótesis, resulta útil recurrir al psicólogo social Johnatan Haidt: “si quieres saber qué van a votar los ciudadanos, no preguntes por sus anhelos o aspiraciones; averigua qué odian”. Así, la consultora Synopsis sondea en encuestas sobre quién no quiere la gente que gane. En junio se extremó la grieta con una paridad total: 46,5% respecto del odio al otro bando. Es el crecimiento de la polarización. El voto espanto.

Respeto al voto útil – es decir, la predisposición a cambiar la decisión en función del rechazo – también el empate es casi milimétrico. Entre los que no quieren que ganen los Fernández, un 76,6% cambiaría su voto si su candidato no le garantiza que Alberto-Cristina pierde. En la vereda de enfrente, el porcentaje está en 75,5%.

El resto de las alianzas aportan más o menos en partes iguales a los principales binomios presidenciales.

¿Existe realmente una grieta?

A ojos del oficialismo, la ciudadanía tendrá que elegir entre la decencia o la cleptocracia. Para el grueso de la oposición, el asunto no es tan claro. En su opinión la gente optará entre un ajuste permanente y el retorno de la casi normalidad argentina: que los políticos roban un poquito, pero quieren reactivar la economía estimulando el consumo. No es que toda la oposición apruebe la corrupción; es que la estiman de importancia relativa.

A la luz de las ofertas políticas, lo que aparece al análisis no es, en cambio, una disyuntiva entre un modelo republicano y otro populista, sino un populismo suavizado y un proyecto aún frágil de republicanismo. Las dos fórmulas que disputarán con chances la Presidencia tienen al jefe del Estado y a su predecesora como protagonistas decisivos, pero ya no excluyentes. Pichetto y Fernández operan como acompañantes incluyentes. En la conformación de ambos binomios se buscó atenuar los aspectos negativos de cada uno o, por la positiva, ampliar los continentes que habían encogido sus presentes y pasados. Desde luego habrá que ver qué impacto tiene esta combinación en la opinión pública.

Lo que en definitiva mostrarán los dos espacios es menos macrismo, menos cristinismo y más peronismo. ¿Será finalmente, como decía Perón, que “peronistas somos todos”? Tal vez lo más adecuado sea concluir que con el peronismo no alcanza, pero sin el peronismo no se puede. Y si no se puede, mejor unirse.

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