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Publicado el 09 de agosto, 2019

Eleonora Urrutia: Elecciones en la Argentina: las PASO

De ganar la fórmula Fernández-Fernández por un porcentaje no despreciable en estas primarias, el gran temor del gobierno es que se proyecte ese resultado a la primera vuelta electoral, para la que restan poco más de dos meses, y en el ínterin el tipo de cambio y riesgo país se disparen como profecía autocumplida.

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Acaso sería demasiado exigirles a los políticos pensar cómo solucionar o, por lo menos, atenuar los problemas que la Argentina ha sabido acumular en el transcurso de los años. Son tan graves y están tan arraigados, que a ninguno le gustaría arriesgarse formulando propuestas constructivas para el país tal y como es. Intentarlo los obligaría a reconocer que la paupérrima economía nacional no está en condiciones de seguir soportando un gasto público exageradamente sobredimensionado, que el sistema educativo fabrica más cuasi analfabetos que personas preparadas para los desafíos que aguardan en las décadas próximas, que la miseria estructural se debe a algo más que las deficiencias evidentes del “capitalismo local”, que para muchos la corrupción es normal, y así largamente.

Sí, la realidad es tan mala que no sorprende que tantos políticos estén más interesados en aprovecharla en beneficio propio que en modificarla, aunque fuera mínimamente. He aquí una razón por la que les encanta dar prioridad a las peleas internas o, mejor aún, a las batallas electorales, además de alejarlos de las aburridas tareas administrativas. En este escenario llegan los argentinos a las PASO del próximo domingo.

La presidencial de 2019 es la sexta elección nacional consecutiva que se realiza con este tipo de primarias.

Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) son un sistema para elegir candidatos, originado en el Uruguay. Todos los partidos eligen sus candidatos el mismo día (simultáneas), es obligatorio votar ese día (obligatorias) y en consecuencia lo hacen tanto quienes están afiliados y los que no. En el país, hacia fines de 2002, dos cada tres argentinos decían estar identificados con la consigna “que se vayan todos”. En un intento por revitalizar la representación política que estaba en crisis, el entonces presidente Eduardo Duhalde propuso una serie de medidas, entre ellas, la ley que establecía las PASO. La intención era clara: todos se involucrarían más en la política al incidir en la elección de los candidatos y éstos surgirían con una representatividad y legitimidad mucho mayor que antes. El sistema se utilizó por primera vez en 2009, volvió a ser utilizado en la elección de 2011 (presidencial), la de 2013 (legislativa), de 2015 (presidencial) y de 2017 (legislativa). La presidencial de 2019 es la sexta elección nacional consecutiva que se realiza con este tipo de primarias. Son nueve los binomios para presidente y vice en carrera, pero en ningún caso habrá competencia, dado que todos presentan lista única. Por ello es que se habla más de una encuesta, que de una interna.

De todos modos, dado el particular sistema de ballotage de la Argentina, estas primarias son una instancia vital. El sistema electoral aprobado en la Reforma Constitucional de 1994 establece que, para ser presidente, el candidato más votado debe obtener 45% de los votos, o más del 40% con una diferencia de diez puntos con el segundo. Al no existir el piso habitual del 50% para ser presidente, en la primera vuelta no se logra “votar con el corazón”, como dicen los franceses, y obliga a “votar con la cabeza”, como si se tratara de una segunda vuelta. Las PASO funcionarían, virtualmente entonces, como una primera vuelta tradicional, permitiendo votar a quien se quiera sin temor a resultar en un presidente electo con menos que la simple mayoría.

Esta diferencia institucional argentina es clave para entender, por ejemplo, cómo una candidata con tanto nivel de rechazo como Fernández de Kirchner (49% aproximadamente) pueda asomarse a la posibilidad de un triunfo electoral. Techo bajo pero piso alto en la intención de voto, más la modalidad particular de la doble vuelta argentina, le dan esta alternativa. Por lo mismo, el gran temor del gobierno –de ganar la fórmula Fernández-Fernández por un porcentaje no despreciable en estas PASO– es que se proyectara ese resultado a la primera vuelta electoral, para la que restan poco más de dos meses, y en el ínterin el tipo de cambio y riesgo país se disparen como profecía autocumplida.

Así las cosas, la fórmula Fernández-Fernández se impone al binomio Macri-Pichetto en prácticamente todas las encuestas de empresas conocidas. La mayoría sitúa la diferencia en un rango que oscila entre cuatro y cinco puntos. Hay una excepción y es la de la brasileña IDEAI Big Data, que procura ganadora a la fórmula oficialista en las PASO por tres puntos. Se trata de una encuestadora no tradicional, la única que anticipó el triunfo de Bolsonaro y Trump. Su metodología parece marcar la diferencia: procesar y analizar patrones de comportamiento de las personas que reúnen un cúmulo de información muy dispersa, permanente y abundante, para dar un resultado basado en inteligencia artificial que hasta ahora ha resultado certero.

No es raro, entonces, que los argentinos estén condenados a votar entre lo malo y lo peor. Es parte del impulso autodestructivo de este país “condenado al éxito”.

Por ser tan enormes las diferencias que separan a Macri de Fernández en términos de la opinión popular y en materia institucional, aunque quizás no económica, no sorprende que los políticos que han procurado brindar la impresión de ocupar un lugar equidistante de los dos hayan visto disminuir sus posibilidades. Si uno se opone a la corrupción rampante, aunque sólo fuera por entender que hace mucho más difícil la relación del país con los miembros más ricos y poderosos de la comunidad internacional, no sería factible acercarse al kirchnerismo. Asimismo, ensañarse con Macri porque los resultados concretos de su gestión han sido magros sin por eso oponerse frontalmente al “rumbo” que ha emprendido, es demasiado ambiguo como para atraer a sectores que son conscientes de que el orden sociopolítico actual es inviable en un mundo cada vez más competitivo, pero preferirían que otros pagaran los costos de las reformas que intuyen son indispensables. Y aunque “la grieta” de que tantos hablan angustia a los convencidos de que la prolongada decadencia argentina se debe a la incapacidad de los políticos de alcanzar acuerdos duraderos, no habrá forma de eliminarla. Si fuera cuestión de las diferencias entre socialistas y liberales, tendría sentido proponer una tercera vía al estilo de Tony Blair, pero intentarlo combinando la corrupción institucionalizada del kirchnerismo con un estrategia económica parecida a la ensayada por Cambiemos sería absurdo.

T.S. Eliot no aludía a la Argentina cuando señalaba que “el ser humano no puede soportar demasiada realidad”, pero al poeta británico-estadounidense no le hubiera sorprendido la voluntad de buena parte de sus habitantes de reemplazarla por algo menos exigente. Frente a reveses que en otras latitudes serían atribuidos a fenómenos que nadie está en condiciones de prever, la convicción de que debería haber una alternativa de gobierno menos exigente a la estrategia adoptada por el actual suele cobrar tanta fuerza que resulta imposible resistirla y caen en la trampa los propios oficialistas. No es raro, entonces, que los argentinos estén condenados a votar entre lo malo y lo peor. Es parte del impulso autodestructivo de este país “condenado al éxito”.

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