Asegurar la vitalidad económica, o al menos no interferir en su desarrollo, es responsabilidad básica de cualquier líder de gobierno. Liz Truss, la nueva primera ministra del Reino Unido, estaba en el camino correcto cuando hace pocas semanas propuso un presupuesto basado en restricción del gasto público, recortes de impuestos y desregulación, tres elementos esenciales para el crecimiento de su país.

Pero el viernes pasado cedió a la presión política y se deshizo de gran parte de su agenda del supply side economics, y, de paso, del ministro de Hacienda que la había acompañado en la propuesta, Kwasi Kwarteng. No es de extrañar entonces que, en lo que debería ser su período de luna de miel como primer ministro, sólo la apoye 9% del electorado y que un Partido Conservador visiblemente exhausto esté en las encuestas con solo el 19%. Mientras, los laboristas y sin mediar ningún mérito de su parte, los aventajan en más de 30 puntos.

El nuevo ministro de Hacienda, Jeremy Hunt, anunció el lunes pasado que revertiría la casi totalidad de los recortes de impuestos de 45.000 millones de libras esterlinas del plan. Dio marcha atrás en materia de impuestos corporativos: la tasa máxima aumentará del 19% al 25% el próximo abril, según lo legislado por Boris Johnson, en lugar de congelarse a la tasa más baja como había prometido Kwarteng. Esto sigue a un cambio radical en los impuestos personales después de que Truss y Kwarteng abandonaran su plan de reducir la tasa marginal máxima del impuesto sobre la renta del 45% al ​​40%. Sobre ellos, ahora han suspendido indefinidamente un recorte en la tasa del impuesto personal del 20% al 19% para los ingresos medios. Y también las reversiones en los recortes de impuestos sobre dividendos y las reducciones de impuestos sobre el alcohol.

El anuncio del ministro Hunt funcionó en el sentido estricto de inducir una reacción positiva del mercado. Los rendimientos de los bonos del gobierno cayeron y la libra ganó un 1,5% frente al dólar, a poco más de 1,14 dólares. Pero este tipo de “estabilidad” que los críticos dicen añorar no es más que una ilusión.

La ministra se apega, por ahora, a su promesa de revertir un aumento del impuesto sobre la nómina de 2,5 puntos porcentuales, lo que ayudará a los trabajadores, y a una exención del impuesto de timbre, que se aplica a las transacciones sobre las ventas de viviendas. Pero la debilidad demostrada al dar marcha atrás revela hasta qué punto los Tories se han convertido en la élite del Partido Laborista. Todo esto supuestamente en nombre de la “responsabilidad fiscal”.

El imaginario colectivo ha instalado la idea de que fue el anuncio del recorte de impuestos del 23 de septiembre pasado lo que derrumbó la libra y el mercado de bonos del gobierno, porque a los inversionistas les preocupaba que Kwarteng estuviera abriendo un agujero en las finanzas del gobierno. Pero los 2.000 millones de libras esterlinas de endeudamiento adicional que implicaba el recorte de la tasa de impuestos personales que conmocionó tanto a los mercados no fue lo que provocó el pánico. De hecho, quienes argumentan esto no son capaces de explicar por qué esos mismos mercados aterrorizados por unas pocas decenas de miles de millones de libras de recortes de impuestos no se alarmaron por los 60.000 millones prometidos por Truss en subsidios a la energía, los que ahora vencerán en abril en lugar de durar dos años.

¿Cómo se llegó hasta aquí? El presupuesto parece haber pecado de incoherencia, fue mal comunicado e inadecuado a la magnitud del problema. Pero solo actuó como un desencadenante de un colapso que tardó en gestarse, sacando a la luz la fragilidad subyacente de la economía del Reino Unido.

También es cierto que Truss se apresuró a proponer un plan económico basado en lo que se llama supply side economics en un país, y con un Partido Conservador, que no lo entendía, y no se tomó el trabajo necesario para persuadir a sus colegas de sus bondades, o reprimir los nervios y sostener su posición. Las mentes de quienes piensan distinto se pueden cambiar. Pero primero hay que persuadirlos. Especialmente si las políticas que se favorecen son, por su propia admisión, “impopulares”. Por el contrario, Truss se escondió bajo tierra después del así llamado “mini-presupuesto”, desapareciendo de las ondas de radio durante días.

Tampoco se puede evitar detectar un cierto deseo por parte del conjunto internacional de castigar a la Gran Bretaña rebelde del Brexit, o al menos sacar el máximo provecho de su desgracia. Las escandalosas y sin precedentes intervenciones del FMI -primero criticando a Truss y Kwarteng por su “mini-presupuesto”, y luego diciendo explícitamente que deberían batirse en retirada- son un buen ejemplo.

Pero la razón de la crisis es otra. El verdadero responsable de las turbulencias recientes ha sido el Banco de Inglaterra (BOE) bajo la dirección de su gobernador Andrew Bailey. El anuncio de la reducción de impuestos pudo haber afectado lo suficiente como para desencadenar dificultades financieras en los fondos de pensiones con cobertura inadecuada. Pero el problema habría comenzado tarde o temprano, a medida que se subían las tasas de interés y quedaban en claro las complicaciones que Bailey y sus predecesores en el BOE provocaron al bajar bajas tasas de interés, política que empujó a los fondos de pensiones a realizar inversiones más riesgosas para mantener los rendimientos prometidos.

Las tasas de interés deberán aumentar en los próximos meses a medida que el BOE prosiga su tardía e ineficaz lucha contra la inflación más alta en cuarenta años. Los prestatarios de hipotecas verán aumentar sus pagos de tasa ajustable abruptamente. Y los fondos de pensiones con coberturas inadecuadas volverán a enfrentarse a la presión del aumento de tasas que desencadenó la venta de títulos públicos tras el anuncio de la reducción de impuestos. Y a medida que los hogares sientan el impacto de la inflación y el aumento de las tasas hipotecarias, y los fondos de pensiones y otros inversores huyan en busca de mayores rendimientos, descubrirán que las perspectivas de crecimiento económico de la economía británica se han visto afectadas por el colapso del plan de la ministra Truss.

Gran Bretaña es ahora una vez más una economía de impuestos altos, alta inflación, baja productividad y bajo crecimiento. Está perdiendo la oportunidad de convertirse en la excepción a la regla de Estados Unidos y Europa de explosiones de los subsidios a la energía, impuestos más altos y crecimiento anémico. Ojalá que lo poco que quede de la agenda de Truss sea suficiente para detener el declive de la economía y, de paso, el suyo propio. Y que los oponentes conservadores puedan ofrecer otra solución que no sea empobrecer a la clase media británica a través de los impuestos y la inflación.

*Eleonora Urrutia es abogado, máster en Economía y Ciencias Políticas.

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