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Publicado el 15 de mayo, 2020

Eleonora Urrutia: COVID-19: Las cosas se miran según lo que creemos

Conocer nuestros sesgos de confirmación y los de los demás permite ser más objetivos al evaluar eventos culturales y políticos, incluida la actual pandemia. Así las cosas, es más probable que los progresistas se preocupen de que el COVID-19 alcance sus peores proyecciones, mientras que los conservadores las cuestionen y pongan en duda la magnitud de la respuesta pública.

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Se ha dicho reiteradamente que debido a que el SARS-CoV 2 es un virus nuevo, existe escasa información, la que, además, evoluciona rápidamente. Por ello, cuando los dos lados del espectro político -la derecha y la izquierda- abordan el tema con sus respectivos sesgos ideológicos, es fácil para ambos encontrar datos y argumentos con los que construir su caso, así como rechazar aquellos que no lo hacen. A este fenómeno se lo ha llamado “sesgo de confirmación”, tema examinado en profundidad por el psicólogo Jonathan Haidt en su libro de 2012 The Righteous Mind. Conocer nuestros sesgos de confirmación y los de los demás permite ser más objetivos al evaluar eventos culturales y políticos, incluida la actual pandemia. Así las cosas, es más probable que los progresistas se preocupen de que el COVID-19 alcance sus peores proyecciones, mientras que los conservadores las cuestionen y pongan en duda la magnitud de la respuesta pública.

Pero si podemos esperar que las personas tengan sesgos ideológicos, resulta muy preocupante la falta de objetividad de la prensa, ya que desde el comienzo de esta pandemia los principales medios de comunicación han estado casi universalmente del lado del pánico y los confinamientos, proyectando pronósticos inexactos y aprovechando todas las oportunidades para impulsar el miedo y el odio al otro.

Los primeros defensores mediáticos de los bloqueos sostenían que, o se estaba del lado del cuidado de la vida o se estaba del lado de las ganancias de las grandes empresas. Señalar el daño que se causaría a los más pobres era atentar contra la vida. Dos meses después, sabemos que el bloqueo perjudica desproporcionadamente a las personas de bajos ingresos, ya que el 20% mejor pagado ha visto un aumento en el desempleo de menos del 10%, mientras que más de uno de cada tres trabajadores del quintil más bajo ha perdido su trabajo. Peor aún, extrapolando datos de la crisis de 1930 se proyectan solo de suicidios 75.000 muertes en esta pandemia para Estados Unidos. Sin embargo, los medios siguen insistiendo en sacrificar las vidas por la vida.

Otra de las ideas por ellos difundidas ha sido que el liberalismo es la causa de la pandemia. Para muchos periodistas, que prefieren a Robespierre antes que a Tocqueville y equivocarse con Jean-Paul Sartre a tener razón con Raymond Aron, la culpa la tiene siempre el liberalismo. Sin embargo, incluso los más ignorantes deberían saber que Pericles murió de una peste en 429 a.C., y que el rey San Luis murió de lo mismo en 1270, y ninguno había siquiera escuchado las palabras capitalismo o liberalismo. Profetizan diciendo que todo cambiará, pero su mundo futuro es el que predicaban en el pasado. La frase que repiten hasta el cansancio -“nada será como antes”- busca reflotar las mismas ideas rancias que defendieron ayer, como la muerte del capitalismo, las tácticas de comando y control del estado, el fin de la globalización, el retorno a las fronteras, en fin, eligen el autoritarismo en lugar de la libertad.

Muchos países con enfoques de confinamientos muy diferentes parecen tener curvas similares de contagios y fallecimientos a raíz de este virus, en la medida en que sus diferentes registros permiten una comparación significativa. Y sin embargo, los medios obvian estas evidencias y hacen mucho ruido con Brasil por no haber tomado medidas de confinamientos generales, aun cuando tiene menos muertos que Perú, el país de Latinoamérica con el confinamiento más estricto, a quien casi no se nombra (64 y 66 muertos respectivamente por millón de habitantes). Ensalzan a la Argentina por sus medidas de encierro draconianas, a resultas de los hasta hoy 8 muertos por millón de habitantes, pero olvidan a Uruguay, con colegios, bares y restaurantes abiertos que solo tiene 5 muertos por millón. Se desquitan con Suecia, aunque la paradoja los lleve a protestar contra un gobierno socialista, porque al dejar cursar el virus lleva 349 muertos por millón, y sin embargo Bélgica, país europeo con el confinamiento más severo cuenta 768 muertos por millón.

En NYC un tercio de las muertes sucedieron en asilos porque el gobernador del estado, Andrew Cuomo, obligó a reingresar a los ancianos enfermos en lugar de preservarlos en otros hospicios. Sin embargo los medios le han rendido elogios universales a sus declaraciones a pesar de tener mayor cantidad de muertes por coronavirus que cualquier otro estado, incluido California con un décimo de las muertes de New York y más de dos veces su población. El relativo éxito del Golden State en el control de la propagación de COVID-19 no redunda en elogios a su gobernador Gavin Newsom quizás porque Cuomo ha asumido el rol de contrincante de Trump. Sí, proyecta empatía de una manera que Trump nunca lo hará, llenando un vacío de liderazgo que la gente necesita desesperadamente en este momento. Pero particularmente en tiempos de crisis, cuando el poder ejecutivo tiende a expandirse dramáticamente, los medios deberían responsabilizar a los poderosos, rubro en el que el gobernador de New York tiene muchas cuentas que rendir.

Los medios no parecen interesados en puntos de vista alternativos. La narrativa elegida -el bloqueo como herramienta vital- ha sido perseguida por casi todos los portavoces y se ha convertido en una cuestión de fe. Por ello es que Suecia, que prefirió un enfoque más modesto frente a esta pandemia (mantener abiertas las escuelas y restaurantes mientras se restringen las visitas a hogares de ancianos y sólo prohibir reuniones de más de 50 personas) ha sido tan criticada por la izquierda en la mayor parte del mundo sin mencionar, eso sí, que el primer ministro que se resiste a un bloqueo nacional autoritario y apela en su lugar a la responsabilidad individual, Stefan Löfven, es el líder del principal partido de centro izquierda del país. Si su modelo funciona, mantendría la esperanza de que el coronavirus se pueda manejar sin dejar a millones de trabajadores desempleados. Sin embargo, la actitud predominante de los medios ha sido excomulgar a los herejes.

Los detalles del modelo del Imperial College construido por Neil Ferguson y equipo para predecir la epidemia y en base al que se decretaron los confinamientos, están apareciendo y no son lindos, pero la prensa de eso no habla. Ahora sabemos que el software del modelo es un programa de 15.000 líneas y trece años de antigüedad que simula hogares, oficinas, escuelas, personas y movimientos. Según un equipo de la Universidad de Edimburgo que lo ejecutó, las mismas entradas dan diferentes salidas, y el programa arroja diferentes resultados si se ejecuta en máquinas distintas, e incluso si se ejecuta en la misma máquina usando diferentes números de unidades de procesamiento central (CPU). Peor aún, el código no permite grandes variaciones entre grupos de personas con respecto a la susceptibilidad al virus y sus conexiones sociales por lo que no refleja el hecho que una enfermera infectada en un hospital transmite el virus a muchas más personas que un niño asintomático. Como consecuencia, el umbral para lograr la inmunidad de rebaño con un distanciamiento social modesto del 50-60% implícito en el modelo de Ferguson sería un error siendo suficiente entre un 10 y un 30%. Esto confirmaría los datos de Suecia, ya que la epidemia dejó de crecer en el distrito de Estocolmo a mediados de abril, y desde entonces se ha reducido significativamente, lo que implica que el umbral de inmunidad se habría alcanzado en un momento con alrededor del 20% de la población. Pero estas cifras no se muestran.

Los medios de difusión se han centrado implacablemente en la cantidad de muertes e historias emocionales que rodean a las víctimas. Y si bien cada muerte es tremendamente triste para quien queda en vida, la importancia de un número de muertos solo puede entenderse mirando el panorama general. Esta pandemia es única en la forma en que se ha observado y medido. Esto significa que estamos testeando y contando una proporción mucho mayor de casos de Covid de los que nunca antes se hayan contabilizado para otras infecciones respiratorias. Realmente no se sabe cuántas personas mueren de gripe cada año, pero el número estimado para 2014/15 fue de 28.330 solo en el Reino Unido frente a los 33.000 actuales. En España, incluso, el número total de muertos del primer cuatrimestre 2020 es un poco menor que el de varios de los últimos seis años. Sí, el Covid es una nueva enfermedad desagradable pero no es algo tan extraordinario como para justificar el confinamiento.

Y debido a que es una infección nueva, es probable que lo que se esté viendo sea lo peor a pasar. La mayoría de los casos son asintomáticos. Los síntomas más comunes no son fiebre, tos, dolor de cabeza y síntomas respiratorios; no son síntomas en absoluto. El caso típico no sufre fibrosis respiratoria; la enfermedad no deja huella. En algún lugar, alrededor del 99.9 por ciento de los que contraen la enfermedad se recuperan. De los desafortunados que mueren, más del 90% tienen condiciones preexistentes y de todos modos se acercaban al final de sus vidas. Decir esto no es ser desaprensivo, es simplemente un hecho de la vida que las personas mayores tienen más probabilidades de morir en cualquier caso, y especialmente de nuevos tipos de infección. Pero nada de esto se menciona en los medios, a pesar de las voces de miles de médicos y científicos en este sentido.

Para dar sentido a toda esta realidad quizás se deba recurrir a la teoría de la hegemonía cultural del filósofo Antonio Gramsci. Según él, Occidente a menudo usa la ideología, en lugar de la violencia, para mantener su control sobre el poder y lo hace a través de instituciones culturales como la prensa convencional. La cultura hegemónica propaga un conjunto de valores y normas para que se conviertan en “sentido común”. Esto hace que los ciudadanos juzguen cada vez más lo correcto y lo incorrecto basándose en un conjunto de ideales que fueron inculcados por los medios en apoyo al control político de sus gobernantes. Así, la fusión entre medios y poder político puede resultar letal para el respeto a los derechos de los ciudadanos.

No podemos esperar que el problema del sesgo de confirmación desaparezca porque se trate de un virus. Lucharemos con la narrativa de esta pandemia durante los meses, años e incluso décadas por venir. Por lo mismo es útil ser consciente, al menos, de cómo los sesgos de confirmación juegan en los relatos que escuchamos y creamos para nosotros mismos, pensando y actuando en consecuencia.

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