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Publicado el 26 de julio, 2019

Eleonora Urrutia: El cambio climático: el argumento de hoy para darle más poder al gobierno

Los estatistas han utilizado innumerables pretextos para fundir la voluntad de la clase política dominante con la de las clases dominadas, los contribuyentes. Un método recurrente ha sido la creación de un enemigo común. En las últimas décadas, una de sus herramientas favoritas en este sentido es el asunto del cambio climático.

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Quienes creemos que la libertad individual debe primar siempre frente a los poderes coercitivos del Estado miramos con desconfianza cualquier propuesta que incremente el poder de la clase gobernante a costa de la libertad y propiedad privada del resto. Sabemos que a lo largo del tiempo esta relación ha sido inversamente proporcional: a más Estado -o mayor poder político- menos libertad y viceversa. No es casualidad que el totalitarismo se alce como un modelo en el que impera la anulación del individuo. Siempre, los más tenaces ataques a la libertad proceden de los gobiernos. Y es que el problema consustancial al artefacto gubernamental viene de lejos y toca fondo desde el momento en que advertimos la verdad radical del asunto, que el Gobierno ha nacido de la agresión y por la agresión.

Los estatistas han utilizado innumerables pretextos para fundir la voluntad de la clase política dominante con la de las clases dominadas, los contribuyentes. Un método recurrente ha sido la creación de un enemigo común. Esta táctica ha sido utilizada indistintamente por comunistas y nazis: las conspiraciones del capital o los Protocolos de los Sabios de Sión amenazaban la supervivencia de la clase trabajadora o del pueblo alemán, de ahí que hubiera que masacrar a los terratenientes y a los judíos.

En las últimas décadas una de sus herramientas favoritas es el asunto del cambio climático, que estará en la palestra en Chile por los próximos meses, ya que entre el 2 y el 13 de diciembre el país será sede de la COP25, o cumbre sobre el cambio climático. Chile fue declarado anfitrión, habiendo estado designado Brasil hacía tiempo, cuando al asumir Bolsonaro rechazó su lugar antes fervorosamente propiciado por sus antecesores socialistas, todos ellos miembros del Foro de San Pablo.

Ante una nueva conferencia climática vale la pena recordar de dónde viene todo esto. Los militantes del cambio climático presentan sus verdades como si no hubiera dudas sobre la existencia de una inminente tragedia climática planetaria. Destaca concretamente el dogma de fe, histérico y catastrofista, acerca de los presuntos cambios climáticos que puede producir un supuesto calentamiento global provocado por el incremento antropogénico del efecto invernadero. Una estrategia demagógica típica es la propaganda alarmista respecto de la posibilidad que la Tierra se convierta en Venus, lo que fomenta el miedo de los ciudadanos, facilita la aplicación de intervenciones estatales coactivas y distrae de los auténticos problemas.

El tema, sin embargo, es mucho más complejo de lo que se quiere presentar. Solo por dar un ejemplo, la conexión causal entre el CO2 y el calentamiento global parece un dogma irrefutable y, sin embargo, los datos históricos de miles de años obtenidos en exploraciones en el hielo de la Antártida no muestran evidencia de tal conexión. Las concentraciones de los gases responsables del efecto invernadero han aumentado un 50% en los últimos 150 años sin ningún calentamiento asociado, y datos históricos de periodos geológicos muestran concentraciones muy altas de CO2 sin efectos apreciables sobre el clima y glaciaciones con altos niveles de CO2. Más aun, las fluctuaciones climáticas resultan ser mayores en épocas de bajos niveles de CO2, y niveles altos de CO2 pueden promover la estabilidad climática y evitar cambios drásticos y peligrosos. No desconocemos que se dan explicaciones a estos argumentos, pero eso mismo demuestra que el tema es más complejo a como se lo presenta.

Ante una circunstancia futura potencialmente problemática sería razonable verificar, utilizar e incrementar el conocimiento acerca de la realidad para poder prever dichos acontecimientos y actuar de forma efectiva y eficiente. Una actuación precipitada y equivocada hace que el falso remedio sea peor que la enfermedad no demostrada. Y sin embargo los políticos y activistas no miran con aprecio soluciones que permitan continuar incrementando el progreso de las personas. En efecto, los estudios de crecimiento económico muestran que siguiendo la tendencia del uso de combustibles fósiles de las ultimas décadas, es posible lograr un crecimiento del 2% anual y para el 2100 aumentar el producto bruto mundial de 90 a 450 trillones de dólares americanos. Corregida esta cifra por el porcentaje máximo estimado de incremento de las temperaturas en los propios modelos de cambio climático, su aumento sería de 7% menos, es decir alrededor de 400 trillones, siempre debido al desarrollo de las naciones hoy más rezagadas. Una humanidad tanto más rica que la actual tendría posibilidades mucho mejores para preparase contra posibles efectos adversos producidos por su propia actividad. Negar la posibilidad a millones de seres humanos de salir de una pobreza equivalente a la que tenía el mundo desarrollado hace 100 años debiera al menos incluir la posibilidad de dejarlos opinar acerca de tal situación.

El argumento moral a favor del uso de combustibles fósiles

La realidad es que las políticas contra el uso de combustibles fósiles – principal medida propiciada para combatir el cambio climático – quedan sin sustento, además de todo lo expuesto,  porque el uso de energía barata, abundante y confiable a partir de combustibles fósiles está aumentando drásticamente la esperanza de vida y la prosperidad en el mundo subdesarrollado. Por otra parte, no hay una economía moderna en el mundo que sea alimentada por energía solar y eólica, porque son fuentes de energía inferiores y poco confiables. Se lee habitualmente que Alemania ha demostrado que la energía solar y la eólica son fuentes viables de energía pero no lo son. Sus paneles solares y molinos de viento pueden generar menos del 5% de la electricidad necesaria en una semana determinada, siendo que se trata del líder mundial en energía solar y el número tres en energía eólica.

Nuestro clima nunca ha sido más habitable. La estadística clave aquí que por desgracia casi nunca se menciona es “muertes relacionadas con el clima”, incluidas sequías, inundaciones, tormentas y temperaturas extremas. Hace décadas, los principales ambientalistas afirmaban que el uso de combustibles fósiles de ayer haría un hoy desastroso. Bill McKibben – el líder de la Marcha Climática de los Pueblos que veremos en Chile seguramente – escribió en 1989: “La elección de no hacer nada —de seguir quemando cada vez más petróleo y carbón— no es una opción. Nos llevará, si no directamente al infierno, a un lugar con una temperatura similar”. John Holdren a mediados de la década de 1980 predijo que el uso de combustibles fósiles podría matar a mil millones de personas a través de hambrunas inducidas por el clima para 2020. ¿Y qué ha pasado realmente? En los últimos ochenta años, a medida que las emisiones de CO2 se han intensificado más rápidamente, la tasa anual de muertes relacionadas con el clima en todo el mundo ha disminuido 98%. La verdad que debemos asumir es que el clima siempre es extremadamente volátil y peligroso, y siempre va a cambiar. La clave de la habitabilidad climática es la construcción de una civilización duradera y dinámica que sea altamente resistente al calor extremo, el frío extremo, las inundaciones, las tormentas, etc. Hasta la calidad del agua ha mejorado en todo el mundo. Aunque se enseña a pensar en el uso de combustibles fósiles como ensuciamiento del agua, el acceso al agua potable ha aumentado drásticamente en los últimos 25 años a medida que los países han utilizado más combustibles fósiles a través de plantas purificadoras para limpiarla.

En 1998, Bill McKibben –– avaló una prohibición del 60% del uso de combustibles fósiles de entonces para frenar un cambio climático catastrófico, aunque eso significaría, en sus palabras, que “cada ser humano podría conducir un coche estadounidense promedio nueve millas al día. Para cuando la población aumente a 8.500 millones, en aproximadamente 2025, bajaría a seis millas al día la cantidad permitida. Si tuvieras coche compartido, quedarían tres libras de CO2 en tu ración de emisión diaria, suficiente para tener un refrigerador altamente eficiente. Olvídate de tu computadora, tu TV, tu equipo de música, tu estufa, tu lavavajillas, tu calefón, tu microondas, el agua corriente, tu reloj. Olvídate de tus ampolletas, sean LED o no”. Estos pensadores todavía hoy abogan por políticas similares; de hecho en su libro de 2010, Bill McKibben respalda una prohibición del 95% sobre el uso de combustibles fósiles, ¡ocho veces más grave que el escenario descrito anteriormente! Admite que su objetivo no es la prosperidad humana, sino un desarrollo humano reducido, un «mundo más humilde» con menos seres humanos en el que estén menos preocupados por la prosperidad y la felicidad.

El racionamiento energético y los impuestos sobre la energía causarían graves perjuicios económicos y empobrecimiento generalizado, especialmente a los pobres y a los países menos desarrollados, pero si de verdad los gobiernos estuvieran tan seguros del tema deberían imponer tales medidas disuasivas, a pesar de su impopularidad – basta ver en tal sentido el episodio de los chalecos amarillos que debió enfrentar Macron. Pero como no quieren ser responsables de medidas no queridas recurren a imponer que sean las empresas las sindicadas frente a las personas, en lugar de transparentar su accionar. Asi las empresas devienen en responsables por contaminar, pero también por no producir suficiente energía eléctrica o por sus cortes debido a la obligación del uso de energías alternativas menos estables.

Los problemas medioambientales pueden resolverse mediante el conocimiento científico, el avance tecnológico y el desarrollo económico. Los libres acuerdos fomentan la eficiencia de los medios de transporte y plantas de energía, y la correcta asignación y defensa de derechos éticos de propiedad impide las agresiones contaminantes. Sin embargo nos movemos en un mundo en el que no solo se sospecha de todo menos del poder político, sino que, además, se recurre a él como panacea cuando la historia muestra hasta el cansancio el error de tal conducta. Ojala en el capítulo de Chile sobre cambio climático la autoridad aporte alguna novedad en este sentido.

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