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Publicado el 23 de agosto, 2019

Eleonora Urrutia: Confusión empresarial

Como dijo Friedman, toda empresa debe respetar “las reglas básicas de la sociedad”, pero no tiene la obligación de funcionar como un organismo promotor del bienestar general. Quienes critican al sector privado parecen no comprender que la sociedad crea instituciones diferentes para ejercer funciones diferentes, y que a todos nos conviene que tales funciones no se mezclen.

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El pasado lunes, 181 de los 193 miembros del Business Roundtable -asociación de CEOs de las principales empresas de los Estados Unidos- acordaron vagamente que su nuevo propósito es servir y entregar valor a las “partes interesadas”, incluidas personas sin conexión directa con sus empresas. “Business Roundtable redefine el propósito de una corporación para promover una economía que sirva a todos los estadounidenses y que se aleje de la primacía de los accionistas”, dice el titular del comunicado de prensa. Así, los líderes de algunas de las compañías más grandes de Estados Unidos -JPMorgan, Walmart, Boeing, Cisco, Oracle, IBM, AT&T- están abandonando la idea de que la toma de decisiones corporativas debe centrarse en lo mejor para los accionistas y distanciándose curiosamente de sus propietarios, aun cuando por ahora esta afirmación sea simbólica.

Su antigua declaración de propósitos conformaba la idea del economista Milton Friedman de que la única obligación de las empresas es maximizar el valor para sus accionistas. Claro que, como bien comprendió Friedman, atender los intereses a largo plazo de los accionistas necesariamente requiere que los ejecutivos atraigan y retengan una fuerza laboral talentosa, brinden un buen valor a los consumidores, traten de manera justa a los proveedores y respeten las leyes y costumbres donde sea que opere su negocio. Es decir, se comporten correctamente precisamente con las partes interesadas.

Entre los compromisos asumidos el lunes pasado se encuentra la promesa de “proteger el medio ambiente adoptando prácticas sostenibles en todos nuestros negocios”. Esta declaración, que seguramente a muchos parecerá admirable, deja en duda qué se está prometiendo, ya que incluso entre los mismos miembros las opiniones parecen variar sobre si “comunidades” significa las áreas donde tienen presencia física o algo más amplio. “Las discusiones sobre las responsabilidades sociales de las empresas son notables por su debilidad analítica y su falta de rigor”, escribió Friedman en 1970. “El primer paso hacia la claridad al examinar la doctrina de la responsabilidad social de la empresa es preguntar exactamente qué implica para quién”.

El propósito de las empresas es organizar un grupo de personas detrás de un objetivo de progreso que ataque una necesidad existente de manera eficiente, lo que será recompensado con ganancias.

¿Qué implica que una empresa tenga responsabilidad social? Si esta declaración no es pura retórica, significa que debe actuar de alguna manera que no sea del interés de quienes aportaron sus ahorros. Por ejemplo, que debe hacer gastos para reducir la contaminación más allá de lo que exige la ley para contribuir al objetivo social de mejorar el medio ambiente. Hay problemas graves para los que hay que buscar solución. Pero una cosa es reconocer la importancia de esta cuestión y otra muy distinta es que, ante la tragedia, aceptemos cualquier propuesta, por disparatada que sea, para tratar de resolverla. Por el contrario, hace falta un ejercicio profundo de reflexión sobre la naturaleza del problema y la forma más adecuada de encararlo, lejos de demagogias, oportunismos y declaraciones altisonantes pero poco efectivas. Hay más que una pizca de política preventiva aquí.

Los ejecutivos -la Business Roundtable está dirigida por el CEO de JPMorgan, Jamie Dimon- saben que son objetivos políticos. Ven el socialismo en aumento, con la senadora Elizabeth Warren a la cabeza redefiniendo el gobierno corporativo y pretendiendo redirigir el capital para cumplir con fines favorecidos por sindicatos, ambientalistas y abogados litigantes, en el marco de un estado policial en que minorías agresivas cuadriculan la conducta de los demás imponiendo sus dogmas de moda. Los CEOs sin duda quieren salir al frente mostrando cuán espléndidos ciudadanos corporativos son. Es entendible. Sin embargo, se engañan si piensan que esta nueva retórica comprará a Warren y a la izquierda socialista. Por el contrario podría incluso envalentonarlos, al colocar las “partes interesadas” por encima de los accionistas, porque alimentan la creencia pública de que los mercados libres y las empresas son perversas e inmorales y deben ser frenadas por fuerzas externas, lo que generalmente significa políticos. Están abriendo una caja de Pandora, que deprime aún más porque no nace de regímenes autoritarios sino en el seno de sociedades libres. Una vez que se liberen esas fuerzas, los árbitros no serán las conciencias sociales de los ejecutivos pontificantes. El poder de control será ejercido por el puño de hierro del gobierno.

Dejando a un lado la política, la superioridad moral y práctica del modelo de stakeholders o partes interesadas no es tal. Mal definido, “partes interesadas” puede convertirse rápidamente en una licencia para que los CEOs desperdicien capital en proyectos que podrán convertirlos en héroes locales o en políticos, pero que perjudiquen a esas mismas partes interesadas si el negocio falla. Basta considerar el largo y lento declive de General Electric, cuyo ex CEO Jeffrey Immelt fue el modelo del ejecutivo pro partes interesadas, posando en Vanity Fair como un portavoz contra el cambio climático y emitiendo pronunciamientos después del pánico de 2008 sobre los fracasos del capitalismo. Sin embargo, el Sr. Immelt falló en su deber principal de encontrar un modelo de negocio que mejorara las ganancias y el valor para los accionistas y ese fracaso no sirvió ni a clientes, ni a empleados, ni a proveedores, ni a las comunidades ni a los accionistas. Desde un punto de vista moral, GE ayudó socialmente mucho más cuando se convirtió en la empresa que llevó el lavarropas y el refrigerador a cada hogar norteamericano con el ahorro de tiempo y trabajo que significó para millones y siendo en el camino extremadamente rentable para quienes aportaron su capital, que cuando perdió su foco en el desarrollo de nuevos y mejores productos y se dedicó a prácticas ajenas a los objetivos de la empresa que determinaron su decadencia.

Quienes critican al sector privado parecen no comprender que la sociedad crea instituciones diferentes para ejercer funciones diferentes, y que a todos nos conviene que tales funciones no se mezclen.

Cada institución tiene un propósito y así como para la iglesia es la trascendencia, para la familia es la crianza de los hijos y protección mutua en la vejez, el Gobierno fue establecido para proteger la propiedad y a las personas y asegurar orden en libertad, las instituciones caritativas aportan bienestar y educación, el propósito de las empresas es organizar un grupo de personas detrás de un objetivo de progreso que ataque una necesidad existente de manera eficiente, lo que será recompensado con ganancias. Esta búsqueda representa una forma fundamentalmente diferente de abordar los problemas sociales de las empleadas por los gobiernos, organizaciones benéficas, iglesias o familias. Eliminar las distinciones entre corporaciones y otras instituciones implica perder potencialmente las oportunidades de resolución de problemas que crea la empresa.

Desde luego y como dijo Friedman, toda empresa debe respetar “las reglas básicas de la sociedad, tanto las que están incorporadas en la ley como las que están incorporadas en la costumbre ética”, pero no tiene la obligación de funcionar como un organismo promotor del bienestar general. Quienes critican al sector privado parecen no comprender que la sociedad crea instituciones diferentes para ejercer funciones diferentes, y que a todos nos conviene que tales funciones no se mezclen. El intento de difamar a Friedman como amoral es falso. Su punto fue que las empresas rentables sirven mejor al bien común que los ejecutivos que gastan dinero en “responsabilidad social” pero presiden el fracaso empresarial.

Es cierto que los CEO no son populares en estos días y que no es fácil defender las ganancias. Entre otras cosas los ejecutivos deberían hablar sobre los amplios beneficios que fluyen en toda la sociedad si sus empresas tienen éxito. Pero tarde o temprano también tendrán que defender la moralidad de los mercados como la mayor fuente de prosperidad para la mayoría de las personas en la historia humana. Los empresarios no deben dejarse coaccionar y engañar por los socialistas y, menos aún, colaborar con sus fundaciones, instituciones y programas buscando prestigio social. No deben permitir que se cumpla la profecía del camarada Lenin, quien aseguraba que los propios capitalistas le venderían la soga que necesitaba para ahorcarlos. Los beneficios de un empresario honesto y competitivo son beneficios de la sociedad. Su responsabilidad social se limita a defender la libertad de mercado. Caer en la paranoica sensibilidad de lo políticamente correcto no impedirá que los socialistas al estilo Warren los coloquen primero en la línea de ejecución.

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