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Publicado el 19 de octubre, 2018

Eleonora Urrutia: Cambio climático y los Nobel de Economía 2018

La lectura conjunta de dos Nobel de Economía 2018 -William Nordhaus y Paul Romer- indica que sería hora de dejar de presionar por la eliminación del uso del carbono antes que las fuentes de energía alternativas estén listas para el reemplazo. Y para ello el mundo debe centrarse en resolver el déficit tecnológico que hace que el cambio de los combustibles fósiles sea tan costoso.

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No se ha tomado nota de la alerta máxima sobre el cambio climático que ha emitido la 48ª sesión del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático celebrada en Corea del Sur a principios de octubre. El mundo bostezó ante su nuevo informe, a pesar de advertir que la humanidad está condenada al infierno. Alertaron, literalmente, que el apocalipsis está cerca por lo que las emisiones globales de carbono deben caer un 45% para el 2030 y el mundo debe dejar de usar combustibles fósiles por tres décadas para evitar una catástrofe climática que incluya la desaparición de las ciudades sobre líneas costeras, y sequías y pestes globales.

 

Aun cuando los pronósticos del IPCC siguen cambiando porque los modelos climáticos están en una etapa temprana de desarrollo, sus científicos aseguran que la humanidad está condenada, no obstante lo cual impulsan cambios económicos inmediatos, drásticos y en gran escala que afectan todo, desde los tipos de automóviles que se conducen hasta los alimentos que se consumen, pasando por millones de hectáreas de tierras de cultivo que deberían convertirse en bosques engalanados con paneles solares y piden alrededor del 2.5% del PIB mundial en inversiones anuales para mitigar el clima durante las próximas dos décadas. Sin embargo, como señaló el economista Bjorn Lomborg, el IPCC estimó que el calentamiento global total en 60 años costaría entre el 0,2% y el 2% anual del mismo PIB. ¿Debemos gastar más ahora, entonces, de lo que costará el problema en 60 años, cuando el mundo tendrá muchos más recursos para enfrentarlo? Quizás el hartazgo ante tanta noticia falsa y la mera inverosimilitud de estos remedios explique tan sigilosa reacción al informe de las Naciones Unidas. ¿Por qué dar un vuelco a todo el sistema económico global si de todos modos estamos sentenciados? Peor aún, la urgencia por salvar a la humanidad de alguna catástrofe ha sido esgrimida casi siempre por unos pocos iluminados como una cara falsa para poder dirigirla, reclamando de paso una parte de los recursos que aportamos entre todos. Atacar la energía, como pretenden los científicos y políticos dedicados a publicitar catástrofes debidas al cambio climático, es atacar el corazón del progreso de la humanidad y lo que ha permitido a millones de hombres salir de la pobreza. Pero supone también apoderarse del gran motor que mueve al mundo. No es que no haya cambio climático. La mayoría piensa que el cambio climático inducido por el hombre es real, sólo que no muy aterrador y que las consecuencias de implementar medidas extremistas es por lejos mucho peor que lo que éste causa.   

 

Mientras se celebraba la cumbre del IPCC, la Real Academia de las Ciencias Suecas otorgó el Nobel en Economía el 8 de octubre a William Nordhaus por sus análisis sobre el impacto económico del cambio climático. Aunque descuidadamente y para decepción de los ambientalistas haya sido entendido inicialmente como el premio a otra alarma, el trabajo del Sr. Nordhaus demuestra en su última estimación publicada en agosto pasado que limitar las temperaturas por debajo de 1.5°C en los próximos 100 años como lo pide el IPCC es económica y prácticamente imposible. El resultado «óptimo» con un impuesto moderado sobre el carbono es un aumento de aproximadamente 2.5 a 3°C para fines de siglo. Reducir más los aumentos de temperatura resultaría en mayores costos que beneficios. Los combustibles fósiles proporcionan energía barata y eficiente, mientras que la energía verde sigue siendo poco competitiva.

 

Según Nordhaus, si se quiere bajar el uso de combustibles fósiles la única opción a gran escala es la energía nuclear.

 

Y acá es donde cobra relevancia el trabajo del otro Nobel premiado este año, Paul Romer por sus estudios sobre la teoría del crecimiento endógeno, que propone que el crecimiento se debe a factores que existen dentro o son “endógenos” a una economía determinada, subrayando especialmente la integración de las innovaciones tecnológicas. La lectura conjunta de ambos premiados indica que sería hora de dejar de presionar por la eliminación del uso del carbono antes que las fuentes de energía alternativas estén listas para el reemplazo. Y para ello el mundo debe centrarse en resolver el déficit tecnológico que hace que el cambio de los combustibles fósiles sea tan costoso. Esta innovación vendrá principalmente de la mano de las empresas, les guste o no a los políticos y burócratas, que son las que generan el progreso, las que desarrollan las tecnologías nuevas y por ello las que han liderado el avance de la humanidad a pesar de ser blanco de ataque de los gobiernos con impuestos, regulaciones y propaganda en contra.

 

“Es totalmente factible”, ha subrayado Romer sobre la reducción de las emisiones de carbono a la par que se implantan estándares de vida y de crecimiento económico sostenibles, si se deja espacio para la innovación tecnológica en lugar de tanta cumbre política. En el intertanto, como dice Nordhaus, si se quiere bajar el uso de combustibles fósiles la única opción a gran escala es la energía nuclear. “Parte del problema es que parece que están peleando el cambio climático con una mano, y con otra, cuando cierran las centrales nucleares, están haciendo que empeore porque aumentan las emisiones de carbono”.

 

Los Estados Unidos han sido castigados por retirarse del Acuerdo de París. Pero las emisiones de carbono allí han disminuido 14% desde 2005 por al auge del fracking de esquisto, ya que el gas natural barato ha reemplazado al carbón como la principal fuente de combustible para la generación de electricidad. Este es el resultado de las fuerzas del mercado y la innovación privada, no del control político de la inversión y del consumo global que proclama las Naciones Unidas. Si los apocalípticos del clima tienen razón, la única salvación real vendrá de los avances tecnológicos, como mejores baterías, captura de carbono o energía nuclear. Mientras tanto, los gobiernos deberían centrarse en dejar que las empresas hagan lo que saben hacer sin entorpecer su camino y dedicarse a las tareas primarias para las que fueron electos, que en ningún país los verdes son, ni por asomo, mayoría.

 

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