Luiz Inácio “Lula” da Silva, el expresidente brasileño de dos mandatos, terminó primero en las elecciones presidenciales el domingo pasado, con alrededor del 48% de los votos. Pero el actual titular Jair Bolsonaro fue, inesperadamente, muy competitivo. Dado que ninguno de los candidatos recibió más del 50%, el próximo 30 de octubre habrá segunda vuelta.

El primer lugar para Lula era esperado y sigue siendo el favorito para ganar en segunda vuelta. La sorpresa ha sido la fuerte demostración de Bolsonaro, particularmente para los expertos domésticos y extranjeros, que se supone saben algo sobre el país. El 30 de septiembre, la encuestadora Datafolha publicó resultados con 50% de apoyo a Lula frente al 36% de Bolsonaro. Unos días antes, la encuestadora IPEC tenía a Lula con 48% frente al 31% de Bolsonaro, una diferencia de 17 puntos porcentuales. Algunos medios de comunicación especularon que Lula podría, incluso, ganar sin segunda vuelta. 

Muchos brasileños acudieron a las urnas pensando en su opción menos mala. Ello explica por qué cerca del 25% del electorado se abstuvo, votó en blanco o anuló su voto. El campo y el sur del país se quedaron con Bolsonaro; el norte y el nordeste, más humildes, con Lula, excepto en las poblaciones vecinas a Venezuela, donde arrasó el actual mandatario. 

La derecha sale fortalecida

Bolsonaro pasa a segunda vuelta fortalecido, no solamente porque superó por mucho las expectativas, sino porque su fuerza, el bolsonarismo, se impuso a nivel nacional. Los notables resultados en San Pablo, con Tarcisio; en Río de Janeiro con Cláudio Castro, del Partido Liberal; y la histórica votación de Nikolas Ferreira en Minas Gerais, son algunos de los hitos del bolsonarismo el domingo pasado. En total, los candidatos a gobernador apadrinados por el actual mandatario ganaron en nueve estados, algunos de ellos muy importantes, como se ve. Los cercanos a Lula solo obtuvieron cinco gobernaciones.

Por otra parte, el oficialista Partido Liberal tendrá la mayor bancada en la Cámara de Diputados, con 99 escaños. Y en el Senado se fortalecerá, pues de los 27 senadores elegidos este año —de un total de 81— obtuvo 14, cinco más de los que tenía. Así, la derecha podrá lograr una mayoría sin esfuerzos y se consolida como una fuerza decisiva en Brasil, que trasciende a Bolsonaro como figura política. 

Lula promete moderación

El apoyo de algunos miembros de la élite a Lula recuerda las elecciones presidenciales francesas de 2002. Los partidarios de Jacques Chirac promocionaron a su candidato con el lema “vota por el sinvergüenza, no por el fascista”. En 2017, Lula fue condenado por corrupción y lavado de dinero. Recibió una sentencia de 9 años que luego fue aumentada a más de 12 años por otro tribunal. Sus amigos en el poder judicial intentaron sacarlo de la cárcel en 2018. Ese esfuerzo fracasó. Pero el año pasado, la Corte Suprema dictaminó que había sido juzgado en la jurisdicción equivocada. La condena fue anulada y fue puesto en libertad, pero nunca exonerado.

Ahora el candidato Lula vuelve a prometer moderación aunque es difícil comprender que alguien que, como él, se enfangó en las prácticas políticas más reprobables pueda presentarse ahora como un redentor. Su mayor ventaja política es su imagen de populista benévolo. Esto es especialmente cierto en el empobrecido noreste del país, donde la maquinaria política es el centro de un sistema económico feudal. Bolsonaro aumentó los pagos de transferencias a los brasileños más necesitados, pero muchos prefieren apostar por el Partido de los Trabajadores para defender sus intereses.

Esto podría estar cambiando. La semana pasada los funcionarios del gobierno anunciaron la sorprendente creación de 278.600 nuevos puestos de trabajo en la economía formal en agosto. El desempleo y la inflación están cayendo. De allí que Bolsonaro obtenga mucho apoyo de los beneficiarios de la mejora de las condiciones económicas, la creciente clase media, y en particular los pequeños empresarios.

Latinoamérica bajo un mismo signo

La vuelta al poder de Lula coronaría a una izquierda que, desde la amenaza de la “brisa bolivariana” en 2019 de boca de Diosdado Cabello, invade la envilecida civilización hispano-portuguesa. En corto lapso, personajes a la vez siniestros e incompetentes han triunfado a través de mecanismos democráticos. Seres inefables como Castillo, López Obrador o Boric se hicieron con las presidencias de países importantes en términos económicos o geopolíticos. Entretanto, las aberrantes violaciones a los derechos humanos de las dictaduras cubana, nicaragüense o venezolana no hicieron mella en la estabilidad de sus gobiernos, que en estos años se han fortalecido. Bolivia y Argentina siguen barranca abajo en todos los índices posibles, pero eso tampoco desestabilizó a sus gobiernos. Honduras se abrazó aún más fuerte al chavismo y Panamá y Costa Rica coquetean con la dictadura china. En Colombia recientemente asumió Petro y Brasil, en breve es probable que sea alcanzado por los tentáculos del castrochavismo. 

En síntesis, la zona quedó infectada con una pócima que contiene a los remanentes de la guerrilla setentista entrenada en Cuba, el narcosocialismo que hizo metástasis en todo el continente, la neo nobleza fundante del Foro de San Pablo enriquecida gracias a la obra pública, el indigenismo de origen ludista, y el lobby pobrista del Vaticano peronista.

Que Lula se siente en Brasilia sería un giro geopolítico importante, pues el gigante sudamericano es un actor importante en el planeta, a diferencia de la alicaída Venezuela, la paupérrima Cuba o la inestable Bolivia. Brasil es parte del G20 y, con sus controvertidas empresas constructoras a manos de personajes socios del poder político, tejió una red clientelar -el Lava Jato- que sometió a gobiernos cómplices de toda la región.

Un Lula empoderado en un Brasil que, aunque golpeado por la crisis y la inflación post pandemia, sigue siendo una máquina formidable de producción, podría alentar -cuando no financiar- una vez más al Foro de Sao Paulo, al Grupo de Puebla y a otros proyectos marginales como el Runasur de Morales. Por el bien de Latinoamérica, esperemos que ello no suceda.

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