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Publicado el 25 de octubre, 2019

Eleonora Urrutia: Argentina y las próximas elecciones

Los cientos de miles de hombres y mujeres que fueron a la avenida 9 de julio lo hicieron con el propósito de darle un espaldarazo a su candidato y, a la vez, para acreditar que una tercera parte de la Argentina, poco más o menos, nada tiene en común con el movimiento populista que se prepara para tomar la conducción de la república antes de la Navidad.

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El multitudinario acto que tuvo a Mauricio Macri como figura protagónica el sábado pasado fue, para el oficialismo, mucho más importante que ese remedo de debate al día siguiente en el cual hicieron esgrima verbal los seis candidatos presidenciales de las elecciones del próximo domingo en la Argentina. No porque el resultado de aquella convocatoria alrededor del Obelisco porteño sea pertinente alentar esperanzas de que el balotaje se encuentre ahora -como por arte de magia- al alcance de la mano. La resonancia del evento viene dada por el hecho de que, contra las inclemencias de una economía desastrosa y un final de ciclo anunciado, la gente que votó a la actual administración salió a la calle y renovó sus votos de compromiso sin pedir nada a cambio.

No era tarea sencilla concitar el interés de cientos de miles de personas para que un sábado a la tarde marcharan a escuchar un discurso que no iba a cambiar las cosas. Sin embargo, las masas pro-gubernamentales hicieron acto de presencia como si estuviesen a punto de lograr su cometido y forzar al kirchnerismo a una segunda vuelta en el próximo mes de noviembre. En las buenas están todos. En las malas, en cambio, asoman unos pocos. Eso es lo que sucede de ordinario aquí y en cualquier otro lugar del mundo, pero el fin de semana pasado ocurrió precisamente lo contrario, no sólo en la Capital Federal sino también en varias ciudades del país.

Estas marchas no han sido tan masivas como las manifestaciones que aclamaron a Alfonsín allá por 1983, pero los muchos que llenaron Plaza de Mayo y alrededores el sábado pasado compartían los sentimientos de quienes creían, a comienzos de la recuperación democrática, que la Argentina merecía más que el futuro que le ofrecía el populismo empalagoso, corrupto y caprichosamente autoritario que durante tanto tiempo la había dominado y que, mal que les pesara, no tardaría en recuperarse del revés que le asestara el líder radical.

Evidentemente, hay esperanzas que nunca mueren. A pesar de todo lo transitado, la clase media, empobrecida y achicada, no deja de adherir al sueño argentino, el de un país decente en que se respetan ciertos valores fundamentales que demasiados políticos e intelectuales suelen despreciar. Por cierto, marchas argentinas que nada tienen que ver con el placer de la comunión tribal expresado por los que participaron en las recientes jornadas de violencia en Chile contra el capitalismo, contra el gobierno de Piñera, contra un sistema democrático en el que cada vez tienen menos votos. Eso sólo fue una especie de carnaval de la izquierda muy distinto a las verdaderas convocatorias masivas, que representan de un tercio –como en la Argentina de estas semanas– a la mayoría de la población y que, en el caso de Chile, permitirían expresar en la calle lo no conseguido en las urnas.

Puestos a conjeturar acerca de las razones del éxito de la convocatoria de Macri, no parece aventurado decir que en el ánimo de muchos de los que allí se reunieron latía el miedo al triunfo de la fórmula conformada por los dos Fernández. Los cientos de miles de hombres y mujeres que fueron a la avenida 9 de julio lo hicieron con el propósito de darle un espaldarazo a su candidato y, a la vez, para acreditar que una tercera parte de la Argentina, poco más o menos, nada tiene en común con el movimiento populista que se prepara para tomar la conducción de la república antes de la Navidad.

Tal vez por las elecciones en la Argentina o por los líos en Chile y en Bolivia, casi nos olvidamos de que en Uruguay también se vota el domingo.

La grieta está más vigente que nunca. Lo puso en evidencia el espíritu de la marcha del sábado y lo que ocurrió entre los dos candidatos excluyentes de la elección del domingo, fuera de cámaras, en donde quedó claro que no se pueden ni ver la cara, mal que quede decirlo. Lo dicho arrastra una gravedad inusitada si se piensa en las largas cuarenta noches que separan al resultado de los comicios del día de la asunción del ganador. Entre el lunes 28 de octubre y el martes 10 de diciembre se abrirá un espacio de tiempo que -en las actuales circunstancias- requerirá tanto de la colaboración de los que saldrán de Balcarce 50 como de los que tendrán derecho a entrar y quedarse allí por los próximos cuatro años.

Decir que si la relación de Macri y Fernández continua enrareciéndose estarán jugando con fuego, no es una simple metáfora. Al margen de los números de las urnas, de los festejos, de los discursos de los vencedores y de los perdedores, y de las promesas de ocuparse del país una vez terminado el recuento de los votos, están los mercados, los fondos de inversión, los bonistas y el Fondo Monetario Internacional mirando con atención el comportamiento del oficialismo y del kirchnerismo. No se necesita ser un dotado en materia de conocimiento político para darse cuenta que el mundo de los negocios se maneja con categorías distintas a las del ciudadano que mete una papeleta en la urna. Antes de saber a ciencia cierta qué va a hacer el frente de los K con la economía -tarea casi imposible antes del 10 de diciembre, si es que entonces se señala el camino- los mercados estarán pendientes de la transición. La inflación ya está jugada y su tendencia no habrá de cambiar, la recesión llegó para quedarse un rato largo y el índice de la pobreza no va a empeorar mucho más en lo que le falta recorrer a Macri hasta terminar su mandato. Pero el derrotero que seguirá el dólar y las reservas de libre disponibilidad no está escrito en ningún lugar. En buena medida, llegar al cambio de autoridades con muletas o en medio de un nuevo tembladeral dependerá de la pericia, buena voluntad, suerte y credibilidad que demuestren y sean capaces de generar los dos candidatos principales.

Una nota final para el Uruguay del que nos separa no sólo un ancho río de agua sino uno de mesura y sensatez política. Tal vez por las elecciones en la Argentina o por los líos en Chile y en Bolivia, casi nos olvidamos de que en Uruguay también se vota el domingo. Algo más que ayuda al olvido: los estilos de allá y de acá -y ahora lamentablemente también de Chile- tienen poco o nada que ver. Los jefes que la pelean arriba, el ingeniero Daniel Martínez del Frente Amplio y el abogado Luis Alberto Lacalle, del partido Blanco se llevan muy bien. La pelea política no afectó su relación. Hace 15 años que gobierna la izquierda. Lacalle perdió hace cinco y ahora vuelve a la carga, según las encuestas con más chances o, si se quiere, con todas las chances en un balotaje que se da por descontado y que coincidentemente también está previsto para la misma fecha que la segunda vuelta electoral en la Argentina, el domingo 24 de noviembre. En medio de las dos potencias del apagado Mercosur, Brasil y la Argentina, y con una economía más ordenada, Uruguay resultaría por ahora el único país en la región que ha sabido arreglárselas para pasar mejor que sus vecinos los vientos en contra de tiempos turbulentos en los que los líderes vernáculos solo parecen capaces de abrirle de par en par las puertas a los populistas, con su retórica que agita antagonismos y sus soluciones simples a problemas complejos, lamentablemente también en este caso Chile incluido.

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