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Publicado el 08 de septiembre, 2018

Eleonora Urrutia: Argentina: otra crisis, las mismas soluciones

Es probable que esta crisis termine relativamente bien, pero desafortunadamente se ha echado mano a las soluciones de siempre. Más impuestos y una mínima baja del gasto allí donde no se afectan los bolsones clientelistas y prebendarios.
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El 10 de diciembre de 2015, Mauricio Macri sorprendió a sus votantes cuando creyó oportuno en los balcones de la Casa Rosada bailar al compás de una canción popular. La fiesta reemplazó al esperado discurso presidencial cuyo eje debió versar sobre la pesada herencia recibida. El triunfador decidió privilegiar el optimismo pueril a expensas del repaso del pasado. En ello influyó un diagnóstico equivocado del problema que tenía por delante y de los resortes que tendría para enfrentarlo.

 

Los resultados, transcurridos treinta y tres meses, no requieren comentario. Inestabilidad cambiaria, alta tasa de inflación estimada en 42% para el 2018 con un crecimiento de -2,4% y endeudamiento de $50.000 millones de dólares para financiar el déficit fiscal 2018/19. En lo que va del año, el peso argentino se ha depreciado 53% frente al dólar. Las inversiones que Macri tanto esperaba no vinieron porque no se hicieron las reformas necesarias. En cambio, se despilfarró el financiamiento disponible y el blanqueo de capitales, y se convalidaron los inflados gastos fiscales y los números del IPC.

 

Ahora es tarde para lamentarse, lo que no significa que la administración de Cambiemos deba darse por vencida.

 

Hoy carece de importancia seguir pasando revista a aquello que era menester hacer y que no se hizo por ignorancia, cobardía política o incompetencia. Está claro que entonces, cuando el gradualismo fue elevado a la categoría de dogma de fe, se perdió una oportunidad inmejorable. Ahora es tarde para lamentarse, lo que no significa que la administración de Cambiemos deba darse por vencida.

 

Macri cuenta con el apoyo no sólo de Christine Lagarde y Donald Trump, sino de un 35% de argentinos que se resisten a bajar los brazos y que sabe que esta crisis es producida originalmente por Kirchner. No cabe duda tampoco que de no ser por el destape del entramado de corrupción puesto en marcha durante la era de los Kirchner y hoy en proceso de judicialización, pocas serían las chances de elección de algún candidato del partido de gobierno o de algún otro candidato razonable.

 

La Argentina ha tenido a lo largo de su historia varios ciclos recesivos y los más importantes se han concentrado en las últimas cuatro décadas. El Rodrigazo de 1975, la hiperinflación de Alfonsín de 1989 y el corralito de De la Rúa de 2001 están en la memoria reciente y producen una sensación de vivir en una economía vulnerable que podría entrar en cualquier minuto en un caos conocido con la gente agolpada en los bancos pidiendo su dinero. De los 13 ceros que perdió el peso argentino desde 1883 (año en que aparece por primera vez la moneda nacional única) a la fecha, 11 ceros fueron tachados desde 1983: en junio de ese año se restaron cuatro ceros (peso argentino), en junio de 1985 tres ceros (austral) y en 1991 cuatro ceros (vuelta al peso argentino).

 

El argentino quiere más gasto, sí, pero que lo paguen los “ricos”. Y aunque individualmente confiesa ser muy conscientes a la hora de pagar sus cargas, alegan que hay gran evasión fiscal.

 

En la Argentina rige un sistema de vida populista: demagógico, proteccionista, intervencionista, burocrático, clientelista, inflacionista, devaluacionista, con gasto público excesivo, corrupto, de altos impuestos y debilitamiento del poder judicial. Al argentino le gusta vivir más allá de sus medios y que otro pague la cuenta. El relato funciona más o menos así: la mayoría de la población cree que el estado presta servicios públicos caros e ineficientes a pesar de lo cual consideran que partidas como salud, educación, pensiones, subsidios al transporte, al gas, electricidad, etc. deberían reforzarse con más recursos públicos, abogando así por nuevas subidas impositivas. A la par, la mayoría cree –y no se equivoca– que paga muchos impuestos por estos mismos servicios, pero piensan –equivocadamente- que los más ricos no pagan los suficientes. Es decir, quieren más gasto, sí, pero que lo paguen los “ricos”. Y aunque individualmente confiesan ser muy conscientes a la hora de pagar sus cargas, alegan que hay gran evasión fiscal; pero evaden otros, “yo no”. No hay que decir entonces que ante cada crisis quienes terminan pagando son los que generan algo de renta, haciendo inviable invertir en el largo plazo y con ello imposibilitando un genuino crecimiento.

 

A diferencia del reciente escándalo judicial que involucra a políticos y empresarios, conocido como el “caso de los cuadernos Gloria”, cuya resolución es incierta y que tiene tangencialmente influencia en este conflicto, es probable que esta crisis termine relativamente bien, pero desafortunadamente se ha echado mano a las soluciones de siempre. Más impuestos y una mínima baja del gasto allí donde no se afectan los bolsones clientelistas y prebendarios. El Ejecutivo impulsó cambios a su política tributaria sobre las exportaciones reintroduciendo las retenciones para obtener una recaudación extra equivalente al 1% del PBI. El derecho de exportación para la soja y subproductos quedará cerca del 29%; los demás cultivos, incluidos trigo y maíz, en torno al 11%; los productos mineros, 10% y el resto de las exportaciones, incluidos los servicios, 3 ó 4 pesos por cada dólar exportado. En números, el incremento de las retenciones implicará una recaudación adicional en 2019 de algo más de $7.000 millones de dólares al tipo de cambio actual.

 

Para llevar el déficit fiscal primario (previo al pago de vencimientos de deuda) a 0% en el 2019 se recurrirá a ahorros del Gasto de Capital por obras de infraestructura, en subsidios por traspaso de la Tarifa Social Eléctrica y Transporte Automotor, en remuneraciones, gastos operativos y gastos corrientes, suspensión por un año de la reducción de aportes patronales y el ingreso adicional por retenciones.

 

Queda una esperanza. En su mensaje al país, el presidente Macri expresó: “Sabemos que es un impuesto malo, malísimo (las retenciones), que va en contra de lo que queremos fomentar: más exportaciones para generar más trabajo en cada rincón de la Argentina. Pero les tengo que pedir que entiendan que es una emergencia y que necesitamos de su aporte“. Ojalá este programa de emergencia le resulte al gobierno y, pasada esta tormenta, la lenta agonía y el bajo crecimiento posterior logren revertir estos conceptos equivocados que impiden la inversión y el crecimiento y siguen ahogando a los únicos que producen la renta del país. Esta esperanza se basa en que no se trata de un partido de peronistas, que quizás Cambiemos entendió que no encarar las reformas tiene un costo muy alto, que cree en las inversiones como fuente genuina de crecimiento según palabras de sus dirigentes y que un porcentaje importante de la población -de las provincias necesarias para ganar una elección- no quiere que vuelva otro gobierno populista.

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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