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Publicado el 11 de octubre, 2019

Eleonora Urrutia: 70 años de China comunista

Tal como lo hiciera Mao Zedong hace 70 años, la semana que pasó el presidente chino Xi Jinping subió a la puerta de Tiananmen, a la entrada de la Ciudad Prohibida, y frente a la famosa ágora se dirigió al mundo. Lo hizo para conmemorar la Revolución que llevó a los comunistas al gobierno y con un mensaje de poderío: desplegó el mayor desfile militar de la historia del país.

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Hacia el sur de la Ciudad Prohibida, en el centro de la capital de China, se levantan dos vistosas puertas dispuestas en el eje que conduce al acceso principal de la urbe. En la más famosa de ellas, la Puerta de Tiananmen, cuelga desde hace décadas un retrato gigante de Mao Zedong. De un lado, está la opulenta Corte, el último gran vestigio del pasado señorial y del vasto imperio que supo ser China. La foto de Mao le da la espalda. Mira hacia el frente, hacia el futuro comunista: allí está la plaza de Tiananmen, el moderno y simbólico centro del estado que él creó, lugar de celebraciones u horrores, según se mire. En ese lugar, frente al centro neural del imperio milenario, Mao proclamó la República Popular de China el 1 de octubre de 1949. Y fue allí también, en el lugar residencia del último emperador, donde Mao se convirtió en el “Gran Timonel” que no solo cambió el destino de la nación, sino que la gobernó por más tiempo y con un poder que no ha vuelto a tener otro líder chino desde el fin de la dinastía Qing.

En su conocido documental The Story of China, el investigador británico Michael Wood cuenta que la sucesión de hechos que dio paso al ascenso de Mao y del Partido Comunista Chino fue uno de los mayores accidentes de la historia. Según Wood, todo comenzó cuando en 1927 se iniciaron los enfrentamientos por el poder entre los comunistas, liderados por Mao, y los nacionalistas del Kuomintang seguidores de Chiang Kai-shek que, aunque habían derrocado al imperio en 1911, no lograrían concluir la revolución, y al final de la contienda contra los comunistas terminarían exiliándose en Taiwán. Sería Mao quien finalizaría la revolución, gracias a una personalidad muy inteligente, pero sobre todo muy despiadada.

Pero no es posible entender el liderazgo de Mao sin la ayuda que recibió más allá de las fronteras de China, desde Moscú. “Pese a que no era bien visto por la Internacional Comunista por su interpretación del marxismo, fue Stalin quien ayudaría a que el movimiento comunista mundial se rindiera ante Mao», señala el historiador Alexander Pantsov, autor de la biografía Mao, The Real Story. Porque, pese a las tensiones con las visiones de Mao, Stalin pudo comprender que detrás del campesino rebelde se ocultaba un potencial líder que ayudaría a extender el modelo soviético en las fronteras orientales de la URSS.

Líder en el que todo era grande, empezando por él mismo: el Gran Timonel, la Gran Marcha, el Gran Salto Adelante, la Gran Revolución Cultural Proletaria. Pero lo cierto es que lo único grande fueron sus purgas y la cantidad de muertos que dejó a su paso. La década ominosa entre 1966 y 1976 tuvo de Revolución sólo lo más sangriento, y de Cultural su sustitución por el fanatismo doctrinario. Se persiguió, torturó y asesinó a los profesores, a los intelectuales y a cualquiera que pudiera pertenecer a las Cinco Categorías y que bien podían reducirse a una: los que no gustaban a la banda de Mao, fundamentalmente a su esposa Jiang Quing y a su brazo ejecutor y armado Lin Biao. Fue la Gran Purga. Después, como siempre, llegó el caos, el todos contra todos y el hundimiento una vez más de China y los chinos. Y tras ello, de nuevo la represión y así hasta 1976, año de la muerte del Gran Timonel.

Según el libro How China became Capitalist, el desarrollo que experimentaría el país no se debería principalmente a las reformas de Deng Xiaoping, sino a lasrevoluciones marginales llevadas adelante por millones de chinos y que provinieron de esa capacidad innata de todo ser humano para descubrir las oportunidades de ganancia que surgen a su alrededor y aprovecharlas.

Tal como lo hiciera Mao Zedong hace 70 años, la semana que pasó el presidente chino Xi Jinping subió a la puerta de Tiananmen, a la entrada de la Ciudad Prohibida, y frente a la famosa ágora se dirigió al mundo. Lo hizo para conmemorar la Revolución que llevó a los comunistas al gobierno y con un mensaje de poderío: desplegó el mayor desfile militar de la historia del país.

La celebración, sin embargo, estuvo acompañada de una paradoja. China es hoy más poderosa que hace una década, pero también es menos libre y el mundo mira sus agresiones y ansias de expansión con preocupación. El ascenso de China después de Mao, liquidada la Banda de los Cuatro e impulsado por el aperturismo económico de Deng Xiaoping, no ha tenido paralelos en el mundo moderno. La aparición en escena de los dos gatos más famosos de la historia, el negro y el blanco, el aprovechamiento de los mercados de occidente y el señuelo que representaban para los inversores extranjeros 1.400 millones de chinos como potenciales consumidores sacaron, a partir de 1976, a cientos de millones de la pobreza y convirtieron a China en un gigante de las exportaciones y, más recientemente, de la tecnología. Ronald Coase y Ning Wang explican en su libro How China became Capitalist que el desarrollo que experimentaría el país no se debería principalmente a las reformas de Deng Xiaoping, sino a lasrevoluciones marginales llevadas adelante por millones de chinos y que provinieron de esa capacidad innata de todo ser humano para descubrir las oportunidades de ganancia que surgen a su alrededor y aprovecharlas, las que no estaban disponibles hasta entonces. Como fuere, todos nos beneficiamos de estos resultados.

Incluso por un tiempo después de la masacre de la Plaza de Tiananmen, el 4 de junio de 1989, pareció posible que el país evolucionara para tolerar mayor libertad política, hacia una democracia estilo japonés o hacia algún intento de gobierno federal de impronta asiática, con un grado de apertura y tolerancia reconocible por occidente. Así, Deng Xiaoping trató de buscar un mecanismo político que evitara el eterno culto a la personalidad que había implantado Mao, obligando a renovar los cargos políticos cada diez años. Pero estas esperanzas se fueron desvaneciendo con el ascenso de Hu Jintao primero y especialmente desde Xi Jinping, que a la usanza de la izquierda de hoy resumió todo el poder en su persona y lo ejerce despóticamente para alejar a quienes no comulgan con su particular manera de manejo político, a los que acusa de corruptos. Pareciera que el comunismo es el comunismo y jamás se reforma.

Las últimas tres administraciones americanas han construido una alianza flexible de estados en la zona, especialmente con Japón e India, destinados a contrarrestar el poder chino.

China hoy sigue izando la bandera del Partido Comunista contra los propios chinos, fabricando eufemismos, re-educando, escondiendo la miseria y fascinando a los de siempre, en particular a esa izquierda reumática occidental que nunca quiso ver que  la Revolución Cultural no fue un asunto de intelectuales, sino de analfabetos. Internamente las reformas se han estancado a medida que se imponen mayores controles políticos sobre las finanzas y debido a la negativa a reformar las empresas públicas. Efectivamente, no es casual que la reducción del ritmo de las reformas y por ende la disminución del crecimiento económico coincida con un control político draconiano, encarcelamiento de abogados de derechos humanos, medidas antirreligiosas y la aplicación de inteligencia artificial para el reconocimiento facial en casos políticos, es decir, a medida que se configura la pesadilla orwelliana del control estatal sobre las personas.

Muchos políticos y chinos que sólo ven la televisión estatal creen que esta situación viene a acomodar las cosas después de casi dos siglos de agitación interna y subyugación a las potencias extranjeras, y que China estaría destinada a dominar el siglo XXI a medida que Estados Unidos retroceda en medio de su caos democrático y declive cultural. Pero los políticos chinos también saben que ya no se trata de un accionar sin consecuencias. La política de Trump, que recientemente ha expuesto la vulnerabilidad del modelo de exportaciones chino basado en conductas predatorias sobre las compañías extranjeras y con control de capitales para detener la huída de dinero chino a refugios fiscales, refleja un nuevo consenso estadounidense bipartidista respecto que los abusos económicos chinos deben ser confrontados. Las últimas tres administraciones americanas, a más dato, han construido una alianza flexible de estados en la zona, especialmente con Japón e India, destinados a contrarrestarla.

En esta línea de pensamiento, el test de las próximas generaciones será ser capaces de coexistir con China, cooperando cuando haga sentido pero empujando hacia atrás cuando viole normas masivamente aceptadas. Por lo mismo, cómo siga la relación de China con Occidente depende del Partido Comunista chino. Su legitimidad está atada al crecimiento económico del país, que será cada vez más difícil de sostener si no es capaz de innovar para producir más y mejor en un contexto en que el resto del mundo no le va a permitir robar su ascenso a la cima. Por otra parte, este intento de socialismo a la china, el híbrido entre mercado y comunismo, ha generado demasiada corrupción en el seno del Partido como para que funcione el mercado y la política del hijo único lo enfrenta con una población envejecida que demanda recursos públicos y que cada vez vive más tiempo.

No se debería asumir, sin embargo, la caída inminente del Partido Comunista chino así como el fin de la Unión Soviética no significó la extinción del comunismo. Pero es cierto que los autoritarios que parecen fuertes a veces no lo son y la insistencia del control político y el personalismo del Partido puede terminar siendo su ruina.

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