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Publicado el 05 de abril, 2019

Elena Serrano: Muerte en el metro

Abogada Elena Serrano

Los observadores y expertos una vez más advierten sobre los dramas de la salud mental y de cómo somos un país altamente deprimido. Pero nadie sabe cómo contestar mis preguntas. ¿Qué le pasó a esa persona? ¿Por qué eligió esa precisa manera de morir? Es probable que no existan respuestas.

Elena Serrano Abogada
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“El vagón se detiene brusco antes de llegar a la estación Cal y Canto. Se apagan las luces, se enciende el parlante, hay silencio total. Una voz temblorosa y entrecortada pide disculpas a los pasajeros por el frenazo. En el silencio se escucha la respiración entrecortada del conductor. Tenemos que detener el servicio, una persona se ha arrojado a las vías… estamos sobre esa persona, dice con la poca voz que le queda. Otro toma el micrófono, secamente, sin emociones, nos instruye salir del tren por la parte delantera y abandonar la estación. Afuera veo personal del metro mirando abajo, por entre las vías, buscando algo debajo del tren. Niño o adolescente, oigo decir. Tengo la horrible sensación de estar caminando sobre un muerto”.

Así relata un pasajero lo vivido hace pocos días en Santiago. Los números sostienen su relato. Los suicidios han aumentado en los últimos años: 18 víctimas en 2017, 25 en 2018 y 11 en lo que va del 2019, enero a marzo. Las estaciones más “populares” son Las Rejas y El Llano. El 64% de las víctimas son hombres, el 55% de ellos tiene entre 18 y 30 años. El impacto financiero y de imagen para la empresa es grave, aunque no tanto como para la vida diaria de las miles de personas que van en esos carros. Se requiere que concurran bomberos, fiscales y policía para reanudar el servicio.

Me imagino que todos nos hacemos preguntas básicas: ¿Qué le pasó a esa persona? ¿Por qué eligió esa precisa manera de morir? ¿Lo tenía ya bien pensado? ¿Le dio miedo dar el salto? Buscando respuestas, me encuentro con Kevin Briggs, un policía de la ciudad de San Francisco. Lleva 23 años patrullando el puente Golden Gate, que ha resultado ser “un imán para suicidas”. Mil seiscientas muertes desde 1937. A través de los años, su trabajo de patrullaje se ha transformado en la última barrera entre un potencial suicida y el salto al vacío. Toda su persona denota la compasión y la responsabilidad que siente frente a ello. Ha salvado a muchos.

“Los que llegan aquí con esa intención creen profundamente que la caída los va a liberar de dolores y angustias. Y que el agua abajo les limpiará el alma. No se imaginan lo que les espera y lo terrible de esa muerte. Órganos destrozados durante la caída, huesos quebrados, y a veces ni siquiera mueren. Durante años no supe qué decirles mientras intentaba detenerlos; luego comprendí que no había nada que decir, solo escuchar para entender. He pasado muchas horas escuchando las historias de su vida y cómo llegaron aquí. Y así he comprendido que yo, un modesto sargento de policía, puedo ser el punto de inflexión entre su vida y su muerte. He visto su desesperanza. Hace poco un muchacho de 32 años, con quien estuve largamente en esta conversación, me miró finalmente a los ojos y me dijo: Lo siento, me tengo que ir. Y saltó. El daño colateral del suicidio es horrible: afecta a mucha gente”.

Sí, tanto en el Metro de Santiago como en el Golden Gate de San Francisco hay protocolos establecidos para estos eventos. Hay capacitación y contención para los guardias, trabajadores y policías. Hay cartas y visitas a los parientes, condolencias, rituales. Los observadores y expertos una vez más advierten sobre los dramas de la salud mental que ningún sistema de salud toma en serio, seguido de múltiples especulaciones sobre la depresión que llevó a esas personas a terminar su vida en este mundo. Y de cómo somos un país altamente deprimido. Está bien, pastelero a tus pasteles. Pero nadie sabe cómo contestar mis preguntas. Es probable que no existan respuestas. Quizás los andenes y los puentes sean el purgatorio… y quizás los rieles y el agua sean el camino hacia un ansiado refugio, un lugar sin dolor, que los demás no tenemos cómo vislumbrar.

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO

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