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Publicado el 17 de mayo, 2019

Elena Serrano: El príncipe, nosotras y lo sagrado

Abogada Elena Serrano

Una sensación de frustración une hoy a las mujeres que son madres. Eso de sentirse inadecuadas, agotadas, derrotadas y sin realización propia la mayoría del tiempo. Olvidamos lo maravilloso e incomprensible que es parir un hijo.

Elena Serrano Abogada
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“Esta ha sido la experiencia más increíble que jamás podría haber imaginado. Cómo hacen las mujeres lo que hacen está más allá de toda comprensión. Estoy muy orgulloso de mi esposa”. Las palabras son del Príncipe Harry de Inglaterra, quien ha sido padre por primera vez, al anunciar a la prensa el nacimiento de su hijo, que lo tiene “absolutamente emocionado”.

Me queda dando vueltas la expresión de sorpresa del príncipe al declarar que está más allá de lo comprensible lo que hacemos las mujeres al parir a un hijo. De tanto verlo, conocerlo, esperarlo y participar en él, hemos dejado de lado lo sagrado del proceso. Ese cuerpo que se desprende de otro cuerpo luego de un largo tiempo conectado, que asoma al mundo y abre por primera vez los ojos mientras la madre respira hondo por última vez con alivio infinito, es el acto más natural de nuestra especie.

Sí, es lo que hacemos, Su Alteza, por lo que agradezco el que usted, desde su lugar de privilegio, ponga en palabras sencillas y cálidas lo que no solemos escuchar en boca de padres, maridos y parejas: el orgullo y el reconocimiento por traer niñas y niños al mundo. Lo grave, sin embargo, es que nosotras tampoco lo sentimos ni lo decimos así. Como si la autoría de tan tremendo acontecimiento no nos perteneciera, olvidando que su grandeza casi milagrosa es enteramente nuestra.  

Las expectativas sobre nosotras nunca habían sido tan altas y el apoyo tan escaso.

Hace poco celebramos el día de la madre. Ese horror comercial y sentimental que nos coloca en un pedestal de mentira, solo por un día, lleno de flores y declaraciones rimbombantes sobre el rol que jugamos y cuánto nos quieren, mientras las imágenes de electrodomésticos y perfumes nos envuelven, así como el deseo de que el día termine luego. No dudo de la sinceridad de esos esfuerzos, solo creo que destacan todo lo que nos agobia.

Barajando las contradicciones entre el príncipe, el día de la madre y nuestra poca apreciación, me encuentro con Beth Berry, terapeuta de mujeres que son madres y autora de un ensayo llamado “Por qué la maternidad moderna es tan frustrante”. Sostiene que esta frustración es lo que une a las mamás de hoy, a pesar del intenso amor por sus hijos. Es una mezcla de estrés, inseguridad, angustia, vergüenza de las vidas caóticas que llevan y de no poder dar a sus familias lo que se espera de ellas. La ironía es que estas madres son las más informadas, con mayores recursos y más instruidas que en todas las generaciones anteriores. Sin embargo, predomina la sensación de ser inadecuada, agotada, derrotada y sin realización propia la mayoría del tiempo.

La autora hace una lista de lo que sus pacientes cuentan con mayor frecuencia. Comienzan con el relato de su realidad y de lo que no es satisfactorio de ella. Luego inevitablemente aparece la gran pregunta: ¿qué estoy haciendo mal? Ahí está el grave error: esa es la conversación que nos entrampa, nos confunde, nos aísla y nos desempodera. Porque es ,en su esencia, el reflejo de una cultura patriarcal que todavía no entiende cuán esenciales son para una sociedad sana la salud y el bienestar de las madres.

La esperanza está en reconocer y aceptar nuestras imperfecciones, así no perderemos tiempo precioso en tratar de ser distintas y en sentir el miedo de hacerlo mal.

Ocurre que hay buenas razones para este estado de cosas. Las expectativas sobre nosotras nunca habían sido tan altas y el apoyo tan escaso. Existe un bombardeo de modelos imposibles de lograr, nuestros instintos han sido minimizados, tenemos más deberes que nunca, siempre creemos que debemos hacer más, no existe la aldea, la comunidad ni la tribu que nos acoja, la familia extendida vive muy lejos. La mentada flexibilidad laboral es un mito, los trabajos a tiempo parcial escasean, los niños no tienen un barrio donde jugar con otros niños, las relaciones de pareja sienten el estrés y en muchos casos somos la jefe de hogar. Encima de todo, estamos desconectadas de las historias de mujeres, los mitos, rituales y tradiciones.

Hay caminos, sin embargo. Hemos trabajado duro en proponer otras formas de vida, en diseñar políticas públicas y laborales que se hagan cargo de las “trampas” del sistema. Hemos insistido en la “corresponsabilidad” con el padre en el hogar, lo que también es un camino. Siempre que haya padre, lo que puede no ocurrir. La esperanza está en reconocer y aceptar nuestras imperfecciones, así no perderemos tiempo precioso en tratar de ser distintas y en sentir el miedo de hacerlo mal.

Merecemos una mejor conversación. Una que sea creada por nosotras, para nosotras, y al servicio de todos. Una que nos lleve de regreso a ese momento sagrado en que el niño sale de nuestro cuerpo a vivir otra vida, y de cómo nuestros brazos se abren para darle la bienvenida.

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