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Publicado el 31 de mayo, 2019

Elena Serrano: El obispo, las mujeres y el reino

Abogada Elena Serrano

Las mujeres no la llevan. Aún siendo la mitad del mundo, abundan la falta de poder, las barreras, la discriminación.

Elena Serrano Abogada
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El recién designado obispo auxiliar de Santiago demuestra entusiasmo cuando se le pregunta en una entrevista por los movimientos feministas y el rol de las mujeres en la iglesia católica. “Tengo muchas colaboradoras que me han ayudado aquí, son muchas mujeres; ellas la llevan, son la mitad del mundo”. Sí, Monseñor. Sin duda que ellas hacen bien su trabajo, y saben “colaborar” con los que son de mayor jerarquía. Es más, es lo que las mujeres hacen mejor. Pero no la llevan. Aún siendo la mitad del mundo, abundan la falta de poder, las barreras, la discriminación.

“Quizás a ellas mismas les guste estar en la trastienda”, continúa. No, Monseñor, eso no es verdad. Me sorprende su sordera a los tonos del tiempo, parece vivir en otro planeta. Queremos estar en primera fila para crear, trabajar, participar, cambiar leyes y estructuras que nos oprimen a todos. Queremos reclamar nuestro espacio en el reino de este mundo.

Luego entra Monseñor en ese terreno minado que es “somos iguales, pero distintos” hombres y mujeres. Lo estamos escuchando hace siglos, es el gran premio de consuelo. Porque no somos iguales, y aunque suena inclusivo y progresista, no hay cómo convencernos de ello. Mire a su alrededor, Monseñor. Seguro que conoce  las encíclicas que nos prohíben la anticoncepción, adhiere al dogma de la virgen-madre como modelo a seguir, y es indiferente a la servidumbre casi esclavitud de esas monjas que trapean los mármoles del Vaticano, cuando deberían estar oficiando codo a codo con ustedes. Por supuesto que somos distintos, mal que mal eso solo se refiere a reproducir la especie. Y al sexo, por supuesto. Una pena. Más fácil y más sano habría sido vincularlo al amor.

¿Sería partidario de un rol más relevante de las mujeres en la Iglesia? La respuesta es firme: “Jesucristo nos marcó ciertas pautas, y si queremos ser la iglesia de Jesucristo tenemos que serle fieles”. Monseñor, con todo respeto, no entiendo. Las pautas que Jesús marcó se refieren al amor: hacia nosotros mismos, hacia los pobres, los olvidados, los que sufren. Ahí está nuestra redención. Las pautas que usted menciona fueron agregadas algunos siglos después, por la  iglesia en fidelidad a Pedro y a Pablo, quienes nunca reconocieron a las mujeres como sus pares. Por lo tanto, esas pautas no vienen de Jesús, sino de la institución que capturó su mensaje.

Finalmente, llegamos a María Magdalena, una de las pocas mujeres con un papel destacado en los Evangelios. Sabemos que ella fue una compañera muy cercana de Jesús, fue su “discípula amada”. Algunos investigadores sostienen que el papel del apóstol Juan (el discípulo amado) en realidad lo cumplió ella, y que cuando la jerarquía decidió cuáles eran los evangelios canónicos (o sea verdaderos) para los católicos, se borró el rastro de María Magdalena y se cambió por un seguidor más aceptable por ser masculino: Juan. Incluso se asegura en los evangelios gnósticos (llamados también apócrifos) que ella escribió el evangelio que luego fue adjudicado a Juan. Jesús la honró teniéndola presente en los momentos más importantes de su vida en la tierra: su muerte y su resurrección. Fue ella quien lo lloró en el Gólgota y ella quien encontró el sepulcro vacío.

Pero esas historias no hacen mella en Monseñor, de quien se esperaría una cierta altura de miras, por lo menos en doctrina. “Es cierto que en la última cena no había ninguna mujer sentada en la mesa y eso también tenemos que respetarlo”. ¿Qué última cena está mirando usted, Monseñor? ¿Esos cuadros pintados siglos después donde el discípulo amado apoya la cabeza en el hombro de Jesús? No sabemos con certeza quiénes estaban en esa cena. ¿Por qué razón podría Jesús dejar fuera de esa noche y de su reino a la mitad de la humanidad? ¿Y qué tal si es María Magdalena la que apoya la cabeza en el hombro de Jesús, acongojada por lo que todos saben va a ocurrir? Quiero creer, sin dogmas, que ella nos representa a todas las que vinimos después y con las cuales usted y su Iglesia están en deuda. Se nos prometió el reino. Allí queremos llegar.

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