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Publicado el 06 de diciembre, 2015

Elecciones en Venezuela: Votación sin democracia

No nos engañemos creyendo que habrá sido una elección realmente democrática, tal como debemos entenderla: equilibrada, con respeto a la ley, en paz, transparente y justa. Eso, ni por asomo.
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La elección parlamentaria de hoy podría ser un hito político de marca mayor porque, por primera vez en década y media de chavismo, la oposición venezolana aparece con una clara ventaja en las encuestas. Pero incluso si el oficialismo sufre y reconoce una derrota en la Asamblea Nacional -y esto último no es para nada claro, si le creemos al Presidente Maduro-, no será razón para brindar por la buena salud de la democracia en Venezuela.

Esto es importante recalcarlo por algo que allá entendieron hace tiempo: para tener democracia no basta con celebrar elecciones periódicas. Contrariamente a lo que sostienen los bolivarianos y sus aliados en la región, algunos de ellos en Chile, concurrir a las urnas es sólo uno de los pasos que debe cumplir un proceso electoral que se defina como democrático, pero por sí solo no garantiza su legitimidad. Después de todo, muchos dictadores organizan “elecciones” que, faltando otros ingredientes esenciales, no los convierten en demócratas.

La prescindencia electoral del gobierno es una de esas condiciones mínimas. No se trata de que el oficialismo no tenga candidatos ni llame a votar por ellos, sino de no prestarles el poder del Ejecutivo como plataforma de campaña. En una competencia democrática, los candidatos deben correr por medios propios, obtenidos según la ley, con certeza de que no se usarán recursos públicos -o sea, de todos los ciudadanos- para apoyar un proyecto político determinado. Se trata de que compitan entre sí, no contra un aparato estatal que apadrina a los partidarios del gobierno de turno.

En esta elección, como en todas las anteriores desde 1999 a la fecha, la oposición compite contra el Estado bolivariano y sus enormes recursos, comenzando por un erario nacional puesto al servicio de los postulantes chavistas. En Venezuela, los opositores del gobernante PSUV no son rivales políticos, sino enemigos de la nación, tal como los describe hoy incesantemente el discurso del Palacio de Miraflores. Esa es la lógica que justifica que el partido y sus candidatos sean financiados con dineros fiscales, mientras que la oposición depende de los fondos privados que recaude por su cuenta.

También es lo que justifica, en la óptica chavista, que la poderosa red estatal de radio y televisión se use exclusivamente en favor de los representantes del gobierno. Toda su programación -política, cultural, económica, de opinión, de entretención, etc.- se dirige a impulsar la opción bolivariana y a denostar las alternativas, con una cobertura de prensa ideológicamente sesgada que invisibiliza o descalifica a la oposición. Para hacerse una idea, es cosa de sintonizar online la desembozada propaganda gubernamental de Venezolana de Televisión hasta la víspera de los comicios. Todo esto, por cierto, contraviniendo la normativa electoral fijada por el propio gobierno, como muchos han señalado.

La paz social es otro requisito de cualquier proceso electoral en verdad democrático, pero es evidente que la campaña parlamentaria venezolana se desarrolló en un clima de crispación y violencia latente que fue alentado desde la propia Presidencia de la República. A la desazón ciudadana generada por la agresiva retórica del Mandatario -con gruesos insultos a la oposición y amenazas públicas de que no aceptará su eventual victoria- hay que sumar ataques físicos contra varios de los candidatos opositores, incluso uno asesinado en pleno acto de campaña.

Diversos organismos internacionales han hecho ver que estos y otros problemas ponen en duda la legitimidad democrática de la elección de hoy, como ocurrió en procesos anteriores (el cuestionable diseño de los distritos electorales, la movilización bajo presión de empleados públicos, y los mecanismos electrónicos de sufragio y conteo de votos también están bajo sospecha hace rato). A la luz de lo anterior, otorgarle pocos puntos a la democracia electoral bolivariana no es tomar partido en su contra, sino evaluar objetivamente los hechos.

Ojalá que haya largas filas para votar y que los venezolanos participen en número récord bajo una atmósfera de tranquilidad. Pero más allá del resultado, no nos engañemos creyendo que habrá sido una elección realmente democrática, tal como debemos entenderla: equilibrada, con respeto a la ley, en paz, transparente y justa. Eso, ni por asomo.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor de “La revolución fallida: Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez”.

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/AGENCIAUNO

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