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Publicado el 02 de junio, 2017

El último mensaje a Chile

Fue una Cuenta a la Nación, pero a la nación oficialista, la de los políticos de la Nueva Mayoría, a quienes Bachelet debe convencer que una probable derrota no es su responsabilidad, y a la del 30% de chilenos que aprueba su Gobierno.
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El miércoles, en una entrevista a un medio internacional, la Presidenta Michelle Bachelet daba la pauta del tono de lo que, al día siguiente, sería su última Cuenta Pública: mirando a Chile desde el majestuoso ombligo de La Moneda –cuyas paredes han estado en estos años más sordas que nunca– y mostrando satisfacción por haber cumplido con el principal objetivo que se propuso en este segundo mandato: borrar (retroexcavar, si lo prefiere) los “vestigios del modelo neoliberal”.

Más allá de las menudencias, de los datos sospechosamente equivocados (que en su Gobierno el empleo ha sido más y mejor, que la inversión ha sido mayor y la delincuencia menor, etc.) y de la interminable lista de “logros” que enumeró en dos horas y media, el último mensaje a Chile de la Presidenta Bachelet desde el Congreso Pleno refleja en toda su extensión el espíritu de su Gobierno y las huellas que ha dejado en cada uno de los pasos que ha dado. Sectario —¡y a ratos tan tristemente pequeño!—, autocomplaciente y, sobre todo, tan persistente que da un salto olímpico por encima de los malos resultados que estamos cosechando.

Fue una Cuenta a la Nación, pero a la nación oficialista, la de los políticos de la Nueva Mayoría, a quienes Bachelet debe convencer que una probable derrota no es su responsabilidad; y a la del 30% de chilenos que aprueba su Gobierno (mayoritariamente identificado con la izquierda). Durante dos horas y media no existieron los sentimientos, la frustración, los problemas que debe enfrentar, por responsabilidad de la Presidenta, la inmensa mayoría de las familias chilenas. Tan sectaria quiso ser, que terminó su discurso reconociendo que, desde marzo de 2014, tomó la “bandera de Aguirre Cerda, Frei Montalva y Allende”, confirmando que esa —y al parecer solo esa— es la “bandera de Chile”.

Además de la autocomplacencia —“hoy le hablo a un Chile distinto y mejor al que pude ver hace tres o cuatro años (…)”—, la Presidenta se regaló un discurso especialmente arrogante. Era la palabra de una salvadora a la que una mayoría (que se esfumó en los primeros cinco meses de mandato) le había entregado las llaves del reino, para hacer y deshacer: “Estoy aquí con el orgullo de quien ha recibido la misión de liderar transformaciones que no podían esperar más”.

Ayer escuchamos a una Presidenta contenta con la reforma laboral, porque “fortaleció el sindicalismo” y garantiza “mejores condiciones laborales”. Ni una palabra sobre los miles de chilenos que perdieron su trabajo y están hoy en la calle, recibiendo lo que pueden, sin contrato ni cotizando para sus pensiones, y ciertamente sin opción alguna de sumarse a un sindicato. Optimista, prometiendo, a diez meses de salir de La Moneda, las reformas que paralizó en marzo de 2014, básicamente porque estaban firmadas por Sebastián Piñera: Ley de Migración, servicios para la infancia y los jóvenes en riesgo social, fin del CAE, entre varias otras anunciadas (todas ellas urgentes, porque hemos perdido tres valiosos años).

Todo el discurso estuvo cruzado por esa retórica que adora una izquierda más cercana al Frente Amplio que a la coalición oficialista: las transformaciones, la desigualdad, la lógica de mercado, los privilegiados, el lucro, los derechos sociales (antagonistas de los bienes de consumo). Y un eterno etcétera que busca siempre dividir a Chile entre unos pocos malos que buscan aprovecharse de unos muchos buenos.

Se cierra así la última opción de la Nueva Mayoría, que ya prácticamente quebrada y asumiéndose fracasada, debe enfrentar los próximos meses sosteniendo a un Gobierno para el país de un grupo cercano, de los más fieles, de los que aún creen que en un horizonte indefinido (aquello de “la historia la reconocerá”) la obra gruesa de Bachelet dará los frutos por los que han soñado por años.

Para el resto de los chilenos, que perciben a un país que ha retrocedido en prácticamente todo desde 2014, quiera Dios (y los electores) que vengan tiempos mejores.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

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