Como arriba de un carrusel, la velocidad aumenta y todo se hace borroso. La imagen nos  vino de improviso al pensar en la celeridad del tiempo político en Chile. Procesos que requerían años de maduración, de avances y retrocesos, hoy se resuelven en pocos meses. Serán los tiempos revolucionarios en que todo se acelera; es posible y es la explicación más a mano.

Los cursos de los hechos se suceden uno tras otro –véase el proceso constituyente–, avivando el respiro ciudadano y acelerando el pulso de los políticos. Como en un caleidoscopio se unen cuadros distintos, cada uno con su toque especial. Ahí están el rápido derrumbe de los partidos tradicionales junto al emerger de nuevas (y juveniles) agrupaciones que a su vez no tardan de dividirse, como en la reproducción binaria donde surgen dos referentes con el mismo gen político; y también está el abreviado tiempo en que se desgastan los iniciales entusiasmos, como el fervor en torno a la Convención o la emoción despertada por el novedoso gobierno de Gabriel Boric.

Pero no solo las circunstancias concurren a esa impresión de tiempo político apresurado, también lo que sucede a quienes han consagrado sus vidas a la política, al “servicio público” dirá alguna o algún jactancioso. Es lo que sucede con la joven elite que hoy dirige el Estado chileno. Quienes hasta ayer estaban en las calles, en las organizaciones sociales, en las belicosas bancadas parlamentarias, hoy hacen las cuentas con la dureza del poder del cual dependen los destinos de los millones que poblamos Chile. De la protesta folk y antisistema a la sala de mando del país. Es un salto que obliga al rápido crecimiento y madurez política, aunque ello signifique virajes y transacciones ideológicas (en la extrema izquierda ya hablan de traición) del Presidente y su entorno instalado en el poder central y en alcaldías y gobernaciones. Ejemplo de ello es el Estado de Excepción para para las provincias de Arauco y Biobío decretado en estos días por el Presidente Boric, que prevé la  vigilancia de las fuerzas armadas en carreteras, así como otras facultades para el jefe de la zona militar. Sin duda una medida que provocará escozor en las propias filas que sostienen al Gobierno, aparte de explosiones de furia en las redes sociales.

La política “alternativa” enarbolada los dos últimos años, siempre mirando a la calle y a las redes sociales, cede el paso a lo prosaico del día a día de la administración ejecutiva del poder, con sus propias reglas y, sobre todo, urgencias prácticas. En otras palabras, los camiones recolectores de basura deben cumplir sus horarios y recorridos; las carreteras deben estar expeditas y los hospitales públicos seguir atendiendo. Las “razones de Estado” son ahora el punto focal orientado hacia la afirmación del interés público general, que debe a menudo prescindir de las presiones e intereses de grupos particulares, aunque ello sea impopular. ¿Está o estará la nueva clase gobernante en condiciones de ejercer el poder con la consistencia (y a veces inflexibilidad) que requieren medidas como la seguridad o el orden público?

Hay señales contradictorias, demoras e intentos de vías intermedias que juegan en contra de soluciones a problemas tan acuciantes que amenazan la propia estabilidad de la democracia que, mal que mal, es la que ha permitido la robustez de las instituciones que hoy dirige la novel elite gobernante. No actuar así explica las caídas veloces de aprobación y la desconfianza y alejamiento de los ciudadanos  gobernados respecto de la política, culpable de una enésima decepción. El remedio sigue siendo la búsqueda incansable de la solución de las contradicciones del poder, para develar las debilidades y para eludir aquellas ideologías que, detrás de la declarada voluntad de revolucionar todo, terminan por instalar tan solo una nueva forma de poder, a veces funesto como las experiencias populistas de América Latina en las últimas décadas. No es necesario renunciar a los cambios propugnados para hacerse del poder, basta aplicar la vieja y eficaz fórmula del reformismo: avanzar, verificar, seguir la vía de lo posible.

Así pues, la velocidad de estos tiempos nos hace auspiciar la rápida maduración política y administrativa en los asuntos del Estado por parte de los nuevos dirigentes del país. Ello implica dejar de lado, por inútil e injusto, el movimiento de “purificación” de la política de los “30 años” y de quienes condujeron, con todos sus déficits, el periodo más exitoso de la historia chilena. Sin embargo, la premura de gobernar bien es compatible con un momento de calma, de revisión de las fugas irreflexivas de algunos personeros(as) de gobierno que dañan la confianza en el futuro y, especialmente, escuchar la voz de aquellos que pueden aportar su preciosa experiencia en la tarea común de construir un mejor y renovado país.

*Fredy Cancino es profesor.

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