En una extensa entrevista, René Cortázar –fue ministro de los gobiernos de Aylwin y Bachelet– dijo tener una opinión formada del borrador elaborado por la Convención Constitucional. La resumió en términos inequívocos: “constituiría un retroceso para la unidad del país, un retroceso para la claridad de nuestra convivencia democrática, y un retroceso desde el punto de vista del desarrollo futuro”. Su juicio es lapidario: “el resultado es muy negativo”.

Se trata de opiniones –la de Cortázar y las de otros personeros de la centroizquierda– que se apoyan en razones fundadas para rechazar la propuesta constitucional. Las han esgrimido con rigor argumental. No resulta fácil refutarlos desde la vereda del Apruebo, donde, aunque se suelen reconocer los problemas que exhibe el borrador, se impone rotundamente el factor emocional, imposiblemente mejor expresado en la evocación de Juan Carvajal del romántico verso de Pablo Milanés, “no es perfecta, más se acerca a lo que yo simplemente soñé”, a propósito de la Carta Fundamental todavía en estado de borrador.

Pero no solo no es perfecta, sino que presenta problemas severos, algunos de la mayor significación para la que ha de erigirse como la ley fundamental, la regla supuestamente liberada de la deliberación política del día a día. Los 499 artículos que contribuyen a darle al borrador un sabor más propio de un programa de gobierno serán cómo pasto seco para inflamar la pradera legislativa y desde ya corregir sus reconocidos defectos (esto último auspiciado por conspicuos adherentes del Apruebo). Si la propuesta de la Convención fuera ratificada, las reformas constitucionales serán el pan de cada día. Al Apruebo le sobrevendría indefectiblemente un periodo marcado por la “constitucionalitis” (Eugenio Tironi dixit).

¿Pero qué tipo de sueño puede ignorar esos problemas y defectos tan abiertamente? ¿Cualquier texto distinto al “escrito por cuatro generales” y redactado por la mano impertérrita de Jaime Guzmán? ¿El anhelado fin del neoliberalismo y el advenimiento del estado de bienestar, con el Estado de protagonista estelar? Qué duda cabe, a estos sueños la propuesta constitucional los satisface sobradamente.

Pero el debilitamiento de nuestra democracia y el freno al desarrollo –Cortázar lo llama retroceso– podría transformarlos más temprano que tarde en una pesadilla, de esas que abaten la gobernabilidad democrática y arruinan a las naciones. Sería un precio demasiado alto a cambio de sueños que no justifican semejante riesgo. Países que otrora tocaron a las puertas del desarrollo (Venezuela), o que incluso las cruzaron en sus mejores momentos (Argentina), se debaten hoy en la pobreza y la desesperanza, entre estados fallidos y democracias desfallecientes. Son casos que no deberíamos pasar por alto, por mucho que se trate de realidades no del todo comparables.

Lo cierto es que en pocas ocasiones de la vida republicana reciente fue tan imperativo atender razones como en esta encrucijada y habitar ese “ámbito que se llama racionalidad y a cuyo dictamen hay que someterse”, como escribió Carlos Peña hace unos días, también a propósito del borrador constitucional. Conviene a todos que no solo los sueños sean los que inspiren nuestro voto en la urna, sino que sobre todo las razones, que suelen ser las que impulsan el progreso y el desarrollo humano.

*Claudio Hohmann es ingeniero civil y ex ministro de Transportes y Telecomunicaciones.

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