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Publicado el 16 de diciembre, 2015

El renacer de la política exterior y la Cancillería argentina

Dejando de lado el mismo sesgo ideológico-populista que caracterizara a Cristina, la política exterior chilena debe trabajar en favor de una "asociación estratégica" con Argentina, aunque ello incluya a comunistas chilenos con neoliberales argentinos, porque los gobiernos son temporales y nuestro vecino será siempre nuestro vecino.
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El triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias en Venezuela y presidenciales en Argentina tienen a muchos felices y a un gran número de analistas especulando en torno a un nuevo pendulazo ideológico en América Latina: el fin de los populismos (ALBA, bolivariano, kirchnerista, indigenista, correista, etc.) y su sustitución por democracias de centroderecha o neoliberales.

Euforia aparte, lo que pocos advierten es que ganar elecciones no significa necesariamente un seguro para mantener el poder. En concreto, recuperar la democracia en Venezuela y gobernar en la Argentina serán dos desafíos titánicos.

El multifacético y polarizado MUD ha conseguido los dos tercios de la Asamblea Nacional, gracias -aparentemente- a la postura de las FF.AA. venezolanas que habrían exigido a Maduro el reconocimiento oficial del resultado de la votación popular en contra del chavismo (con la más alta participación histórica). Pero, de ahora en adelante, y a pesar del quórum de que dispone, la amplia mayoría de ese nuevo Parlamento tendrá que manejar sus propias divisiones internas y -al mismo tiempo- romper el blindaje del chavismo en la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (dominado por el gobierno), desde donde pueden tumbar las leyes de la Asamblea Nacional partiendo por una potencial Ley de Amnistía (liberación de presos políticos).

Por su parte, un realista y pragmático Macri se preocupó de ir sumando fuerzas políticas para llegar al poder (centroderecha, radicales, demócrata cristianos, peronistas desafectados, etc.), pero ahora tendrá que vérselas con una lucha sin cuartel desde el kirchnerismo y la oposición de sindicalistas y otros a sus eventuales ajustes y reformas económicas. Así como Maduro todavía domina el Tribunal Supremo y el poder judicial, muchos seguidores de Cristina siguen enquistados en la burocracia, el legislativo y la justicia.

En definitiva, el problema de fondo no es sólo contener la rabia de Maduro y Cristina, sino entender que ellos se rigen por el manual del Foro de Sao Paulo en 2008, que plantea el acceso de la izquierda latinoamericana al gobierno por la vía democrática y, sobre todo, el mantenimiento indefinido del poder con todas las artimañas de las dictaduras.

Economía y política exterior

Está claro que el Presidente Mauricio Macri tiene grandes desafíos por delante, partiendo por la reconstrucción de una ruinosa economía que va a depender en gran parte de un re-posicionamiento de la Argentina en el mundo: créditos, inversión extranjera y mercados para las exportaciones (divisas). Para esto último, necesitará cambiar la orientación ideológico-confrontacional que marcara a la política exterior de la familia K, a la vez que tendrá que recomponer el tejido profesional del Palacio San Martín (Cancillería), un servicio exterior ferozmente diezmado por las fuerzas del kirchnerismo (La Campora y el grupo Kolina).

Cambiar el «latinoamericanismo bolivariano» por un aperturismo pluralista

El primer paso de Macri para cambiar la política exterior argentina fue nombrar a Susana Malcorra como Canciller. La ingeniera eléctrica, ejecutiva de empresas, consultora y funcionaria internacional santafecina (2004-2015) de origen político radical, cuyo último puesto fue la jefatura de gabinete del secretario general de la ONU (2012-15), es una tomadora de decisiones por excelencia, buena negociadora y muy respetada fuera de la Argentina.

Malcorra impondrá, por cierto, un cambio de estilo respecto de la diplomacia prepotente y de amigos y enemigos que llevaron a cabo los Kirchner a través del obsecuente y mediocre Héctor Timerman.

Ella tendrá la dura tarea de revisar los cambios de alianzas efectuados por el régimen anterior (ALBA, Irán, Rusia) y enmendar las relaciones con socios tradicionales (EE.UU., UE, países vecinos), factores por los cuales la Argentina sólo cosechó aislamiento e indiferencia en el mundo. Una de las primeras prioridades será recuperar la dinámica económica y política del Mercosur, entendiéndose con Brasil, acercándose a la Alianza del Pacífico y concluyendo un pacto comercial Mercosur-UE. También se habla de derogar el acuerdo con Irán (AMIA).

Una señal temprana del realismo que caracteriza a la Canciller ha sido su rectificación parcial (por ahora) de lo planteado por el Presidente Macri de aplicar la cláusula democrática del Mercosur contra Venezuela, con lo cual el argentino se había desmarcado claramente del resto de los silenciosos mandatarios latinoamericanos.

Para la apertura del Mercosur y su aproximación a la Alianza del Pacífico, la integración física y económica con Chile resulta vital. Por ello, más comercio, conectividad e inversiones parece ser la nueva tónica entre ambos países. El uso de puertos chilenos del norte (Mejillones) y el impulso al corredor bi-oceánico Aconcagua son ejemplos de vías importantes para importaciones (gas) y exportaciones argentinas (soja y alimentos) al Asia.

Poner fin al copamiento kirchnerista de la Cancillería

Para emprender esa nueva política exterior, Macri y Malcorra necesitarán de un buen servicio exterior en el Palacio San Martín. A tal efecto, el nuevo gobierno quiere devolverle el reconocimiento y el prestigio a la carrera diplomática argentina, tan vapuleada por el kirchnerismo desde 2003.

Con un profundo desprecio por los diplomáticos de carrera (considerados frívolos, retrógrados y no comprometidos), la familia K estaba convencida de que sólo los jóvenes kirchneristas serían capaces de ejercer una diplomacia populista. La Cámpora (grupo juvenil militante con Máximo Kirchner a la cabeza) y la Corriente de Liberación Nacional «KOLINA» (movimiento de burócratas presidido por Alicia Kirchner, hermana del difunto y actual gobernadora de Santa Cruz) se propusieron copar la Cancillería argentina, ocupando las principales direcciones generales en Buenos Aires y las misiones diplomáticas más importantes en el exterior (más de la mitad de los 140 cargos críticos), en tanto que el joven zar económico del gobierno -Axel Kicillof- se encargaba de controlar el área económica de la Cancillería.

Sólo en 2015 hubo en Cancillería 100 decretos de nombramientos políticos, porque, como ha dicho públicamente un joven camporista, “La historia militante es la historia política por la cual la Presidente designa a sus funcionarios. ¿O vos pensás que va a la puerta de la Universidad a buscar a los mejores?”.

También se hicieron concursos «brujos» para aumentar las dotaciones con militantes partidistas y se intentó -sin éxito- cambiar la ley del Servicio Exterior, entre otras razones, para designar sin límites a embajadores políticos (hoy existe por ley un tope de 25 embajadores políticos). Si la cancillería argentina cuenta hoy con un total de 6113 empleados (administrativos, empleados locales en el exterior, diplomáticos, científicos, y autoridades), a los que se agregan 1700 «precarizados» (empleados fuera de planta y con contratos temporarios), durante el curso de este año el inefable Timerman llamó a un concurso irregular y poco transparente para sumar a la planta permanente unos 755 nuevos ingresos.

Ahora bien, lo peor de todo es que toda esta campaña -durante más de una década- contra el Servicio Exterior de la Nación terminó por producir una creciente división de los propios diplomáticos de carrera, entre los partidarios (kirchnerista) y los contrarios al régimen (pisan fuerte los radicales, macristas, y peronistas disidentes o massistas).

Si bien la flamante Canciller anunció que no había llegado a su cargo para ejecutar «vendettas» (eventuales despidos), ella tendrá que destinar bastante energía para re-profesionalizar el servicio diplomático argentino. De partida, ha elegido a un profesional de carrera como Carlos Foradori para ser su vicecanciller, con estudios en Harvard y Johns Hopkins y fuera embajador en Zimbabwe y en Guatemala (también vinculado a los temas limítrofes con Chile). Y, para la importante Secretaría de Relaciones Económicas Internacionales se ha estado mencionando al hasta ahora embajador en Sudáfrica, Carlos Sersale di Cerisano.

Cuáles son las moralejas para Chile

Después del grave error cometido por la Presidente Bachelet (seguramente mal aconsejada) de llamar al candidato peronista Daniel Scioli previo a las elecciones presidenciales argentinas, ella y la diplomacia chilena tienen la oportunidad de redimirse si se involucran con decisión en el «empuje» integracionista de Macri.

Dejando de lado el mismo sesgo ideológico-populista que caracterizara a Cristina, la política exterior chilena debe trabajar en favor de una «asociación estratégica» con Argentina, aunque ello incluya a comunistas chilenos con neoliberales argentinos, porque los gobiernos son temporales y nuestro vecino será siempre nuestro vecino. Con todo, no se trata de concebir y firmar más memoranda, convenios o tratados, sino de emprender proyectos, programas y acciones de interés común para hacer avanzar la integración chileno-argentina. Ese es el mejor antídoto contra nuestro actual aislamiento regional.

Seguir el ejemplo argentino también nos podría redituar con respecto a la despolitización y profesionalización de la Cancillería chilena. Nosotros también hemos sufrido los embates de los equivalentes chilenos a La Campora y Kolina, cuya permanencia en el tiempo mantienen al servicio exterior chileno completamente desmoralizado.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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