Hay gente a la que no le gusta la política. No me refiero a la pelea chica o la extravagancia que con frecuencia se toma la escena pública, sino a otra cosa: hay gente a la que no le gusta la deliberación, la confrontación racional de ideas, los acuerdos, sino el dogma. Son personas que, incluso aunque en principio se dediquen a la política, lo hacen con un ánimo de trinchera, de defensa férrea de posiciones: lo suyo son las declaraciones de principios, la afirmación de su identidad a partir del quiebre radical con el adversario. No creen en la política, desconfían de ella. 

Esa actitud, que dominó la Convención Constitucional y la condujo a su estrepitoso fracaso, encuentra nuevas versiones en el escenario post plebiscito. El espíritu del órgano constituyente no fue el de escuchar al país y buscar un consenso amplio para los próximos cien años, sino el de imponer unos principios abstractos y de nicho, ajenos al sentir de la ciudadanía. Fue la apuesta del todo o nada de un puñado de voluntaristas, un proyecto de refundación vertical que terminó por ser decididamente resistido por los chilenos. Lo que ahí se rechazó no fue la política sino la antipolítica, la intransigencia sorda, la cerrazón de los que se aferraron con obstinación a sus propias banderas, una actitud que encuentra paralelismos en otros sectores.   

El momento actual es paradójico. Por una parte, el 4 de septiembre los chilenos reaccionaron contra el voluntarismo autoritario, en parte gracias al diálogo de las fuerzas democráticas de todos los sectores, que favorecieron la transversalidad del resultado. Por otra, surgen voces que vuelven a negar la política, ahora desde otra trinchera, y pretenden dar por zanjado el tema constitucional según sus preferencias, sin mediar deliberación; buscan interpretar unilateralmente la voluntad de los votantes y adueñarse de un triunfo que contiene un único mensaje claro, que es el rechazo del texto propuesto, y califican de entreguismo cualquier acuerdo. Obviamente la deliberación política presupone principios, pero para estos actores, todo es cuestión de principios: cada aspecto del proceso constituyente ⎯sus contenidos, mecanismos, actores o plazos⎯  se defiende con la misma vehemencia que la dignidad humana. No hay matices, prioridades ni margen para acuerdos. Y quien no comparte esto, traiciona.

Esta tentación antipolítica es, hasta cierto punto, un espejo del octubrismo: mi postura o nada. Es la continuación de una dinámica pendular que solo conoce la confrontación revanchista y que entiende la política con la lógica de las planificaciones globales, de la instauración vertical de modelos cerrados preconcebidos, en lugar de una práctica que mira la realidad histórica y situada de la sociedad que se busca conducir. Continuar con esa lógica en el Chile de hoy es posible pero seguramente estéril. Negarse a cualquier acuerdo sería olvidarse de cómo llegamos hasta este punto y simplemente echar tierra sobre una crisis que, si no se resuelve, más temprano que tarde nos va a pasar la cuenta. 

Hay gente que desconfía de la política pero, afortunadamente, son voces minoritarias. Por el contrario, ella parece estar de vuelta. El puente que se abrió entre la centroderecha y la centroizquierda durante la campaña es un hecho inédito que ofrece una oportunidad de acuerdos duraderos, impensable hasta hace poco tiempo. El camino de salida de nuestra crisis requiere trabajar en muchos niveles (la cuestión constitucional es solo uno de ellos) y las soluciones posibles son diversas, pero las que se impulsen deben contar con legitimidad. La afirmación de identidades por confrontación con el adversario puede ser simbólicamente relevante, pero difícilmente construye algo. Algunos prefieren los dogmatismos, pero el regreso de la política es una buena noticia para Chile. 

*Francisca Echeverría es investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta