Estaba fuera de Chile cuando me llegaron los ecos del incidente en que Rafael Cumsille tuvo la gentileza de realizar un acto para mostrarle a Gabriel Boric dónde está el epicentro de las preocupaciones que hoy día acaparan, casi exclusivamente, el agobio de la ciudadanía.  Cuando escuché esos ecos, pensé que el protagonista tenía que ser el hijo o el nieto del mítico personaje que en octubre de 1972 fue factor determinante, junto a León Villarín, en dirigir un paro nacional de seis semanas que le mostró a Salvador Allende que su programa para convertir a Chile en un estado marxista estaba irremediablemente muerto. Si ese mandatario hubiera entendido y asumido ese mensaje, no habría muerto apenas unos meses después.

La historia acostumbra a repetirse y hoy, otro Presidente de Chile, aunque de talla tanto menor que aquel, todavía no se da cuenta de que su programa de refundar Chile murió el 4 de septiembre recién pasado. Toda la suerte de su gobierno en adelante dependerá de la forma en que asuma ese aviso inexorable.  Y ha sido el mismo Cumsille, con 91 años de edad a cuestas, quien ha tenido que salir de su reposo para mostrarle la realidad a quien podría ser su nieto.

Conocí a Rafael Cumsille cuando fuimos compañeros en el comando gremial que planeó, organizó y protagonizó ese memorable paro de octubre y noviembre de 1972. Era Presidente de la Confederación del Comercio Minorista y, junto a los camioneros, controlaba la masa popular que se requiere para paralizar un país. Nosotros, los dirigentes de otras  organizaciones productivas, no poseíamos esa masa y teníamos que resignarnos a solo aportar recursos, directrices y consejos, pero siempre compartiendo con esos dos héroes máximos todo el rigor de la represión de un estado en manos de quienes son maestros en ella.  

El caso de Gabriel Boric es de asombro. No tiene ni cultura ni personalidad para manejar la coyuntura en que se encuentra y, tal vez, su peor tragedia es que nadie quiere evitarle que siga por casi cuatro años extraviado en funciones que no sabe cómo enfrentar. El sentido común dice que cuando alguien tiene la responsabilidad de tareas que no puede cumplir, debe hacerse a un lado, pero ciertamente que Boric no hará eso porque lo único que sostiene su ego es la majestad del cargo que encontró casi por casualidad.

Hoy día las preocupaciones de la inmensa mayoría nacional se concentran en dos situaciones críticas: el desorden social que protagonizan los violentistas de todo tipo y clase y la durísima situación económica que recién comienza a degradar el estándar de vida del pueblo chileno. Y precisamente esas son las dos tareas en que un gobierno de extrema izquierda como el de Boric es más  baldado. No puede reprimir la violencia porque surgió de la violencia y porque doctrinariamente la asume como instrumento indispensable para la trasformación social que desea imponer.  En cuanto a la crisis económica, siempre ha sido la némesis de los gobiernos izquierdistas y ello porque son doctrinariamente enemigos de la libre iniciativa que es, tras seis mil años de historia, el único instrumento conocido de impulsar el progreso material. Un gobierno como el de Boric, con los comunistas en puestos claves, no tiene ninguna posibilidad de infundir la confianza suficiente para que las fuerzas del mercado impulsen una recuperación. Eso basta para comprender que el gobierno de Boric está irremediablemente condenado a ser un fracaso.

Ahora bien, en mayor o menor grado, todas las fuerzas políticas que apoyan a Boric están inmersas en un esfuerzo enorme por ignorar la realidad que desnudó la votación del 4 de septiembre. Son presa de un escapismo que tiene mucho de cobardía y, por lo tanto, están ignorando factores determinantes. En el actual momento, toda propuesta que aparezca respaldada por el gobierno sufrirá el mismo rechazo de que él es víctima y eso puede incluso afectar la aprobación de una nueva propuesta constitucional. En otras palabras, se corre el riesgo de que cualquier votación en el futuro próximo sea leída como un referéndum sobre la aprobación o rechazo del gobierno. La historia siempre muestra que ocurre así y de que existe una estrecha relación entre el rechazo o aprobación de una propuesta con el rechazo o aprobación del gobierno que la patrocina.

Esta situación basta para hacer crítica la futura estabilidad  del actual gobierno puesto que sus patrocinadores van a empezar a comprender que el fracaso será compartido por ellos si es que prolongan su apoyo más allá de un cierto límite. Y esta es otra lección inexorable de la historia, de modo que siempre llega el momento en que el apoyo se trasforma en costo para quien lo otorga.

Volviendo a lo ocurrido con la encerrona de Cumsille, ella también le dio una lección a Boric sobre una patraña que obsesiona a Chile como es la de la famosa brecha generacional. El endeble ego de gran parte de la juventud actual usa como pomada curadora la forzada convicción de que la actual generación se diferencia de todas las del pasado por los inéditos ideales y escalas de valores, como trató de graficar el ex líder Jackson. La verdad es que esa brecha generacional sí existe, pero la provoca la ignorancia, la vulgaridad y la falta de inteligencia de un segmento de juventud que se dedicó a marchar y a destruir cosas cuando otra parte estudió y aprendió que la disciplina es parte sustantiva del éxito en la vida. Cumsille tuvo la genialidad de demostrarle a los Borics y a los Jacksons que no se necesitan arrogancias para demostrar capacidad e inteligencia.

Afortunadamente, Chile también tiene su Rafael y hace pocos días nos mostró que, aunque no pintó una “Escuela de Atenas”, tuvo todavía ánimo para mostrarle a otro Presidente de Chile “cuántos pares son dos moscas”.

*Orlando Sáenz es empresario.

Nota: En cuanto a los llamados del Presidente Boric y de la ministra Vallejo para exigir respeto, bien vale la pena recordarles que el respeto se gana y no viene automáticamente envuelto en los cargos públicos.

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