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Publicado el 22 de julio, 2017

El poder de los sin poder

La importancia de una sociedad civil vigorosa no se da sólo en el plano de la eficiencia, sino al entender como decía Vaclav Havel, que las personas son “seres que quieren estar con los demás, que ansían coexistir y cooperar de diversas formas”.
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La mayoría de las candidaturas que vimos para las elecciones primarias (y otras propuestas que seguramente veremos para las de fin de año), tenían en común la idea de que los problemas del país se solucionan entregando nuevas herramientas al aparato burocrático para que éste sea el encargado de resolver y ordenar el naipe social.

Sin embargo, las opciones son muchísimo más amplias si recurrimos al rico tejido social, que además de desconcentrar el poder, permite que las propias personas sean constructoras de su presente y futuro. Según el historiador Niall Ferguson, la sociedad civil es una “caja negra” que ha estado sellada por largo tiempo y tiene un potencial insospechado, pero que está en riesgo y debe ser defendida, puesto que ni las redes sociales ni el Estado pueden reemplazar su función.

Para eso podemos echar mano al ejemplo de Vaclav Havel, dramaturgo y ex Presidente de República Checa, que no sólo lideró la oposición ciudadana al régimen soviético, sino que tuvo una especial preocupación por fortalecer a una sociedad civil descompuesta luego del paso del comunismo. Havel constató que la red de personas e instituciones que se vinculan y organizan para dar respuesta a sus problemas había sido absorbida por servicios estatales centralizados, extinguiendo las múltiples formas de organización social para responder a los problemas públicos, y que era urgente tomar cartas en el asunto: los países no pueden prosperar sin un tejido social dinámico. Por eso hablaba de “los sin voz”, no como un colectivo o un órgano cuyo sentido común ha quedado silenciado por el poder (lo que implica otro populismo), sino de individuos que, en su atomización, desnudos frente a la burocracia de un Estado extendido, han perdido capacidad para decidir, de poder ejercer su condición política: la palabra.

¿Qué condiciones se requieren para potenciar la sociedad civil? Havel identifica tres aspectos: primero, libertad de asociación en su sentido más amplio, no sólo en la empresa, sino también en cooperativas locales, clubes, asociaciones de regantes, cuerpos de ayuda o sindicatos; segundo, una fuerte -y verdadera-autonomía descentralizadora para los gobiernos locales, con funciones y patrimonio propios que permitan un verdadero impacto en las realidades particulares; tercero, que el Estado central delegue funciones hacia otras instituciones no estatales, utilizando mecanismos de eficiencia y transparencia. ¿Significa esto que el Estado debe dejar de existir? De ninguna manera: debe cumplir un rol subsidiario, coexistiendo con el resto de las instituciones creadas por las propias personas.

La sociedad civil es tan importante para Havel, que la entiende como la única garantía de un sistema democrático sólido, porque disminuye el riesgo para los ciudadanos de ser excesivamente afectados por las malas decisiones políticas. Este efecto moderador tiene consecuencias importantes para el sistema, ya que así un cambio de gobierno no tiene el potencial de convertirse en un terremoto -o una retroexcavadora– que no deja nada en su lugar. Se trata de una garantía no sólo para las personas, sino para el tejido social en su totalidad. De esta manera, un gobierno limitado, que trabaja en conjunto con una sociedad civil viva, permite mejores oportunidades de desarrollo a las personas.

Sin duda, la restauración de la sociedad civil es una tarea enorme. La razón es evidente: la sociedad civil es un tejido vivo intrincadamente estructurado, muy frágil, a veces incluso misterioso, que se demora décadas, si no siglos, en crecer. Este crecimiento tiene mucho que ver con la cultura de un país, pues hunde sus raíces en la identidad, los usos y el lenguaje, configurando el sentido común de la sociedad en el sentido de traspasar competencias desde el Estado hacia la sociedad civil.

Pero la importancia de una sociedad civil vigorosa, viva, no se da sólo en el plano de la eficiencia o de la respuesta a los problemas que tiene la vida cotidiana. Se trata ante todo de entender, como decía Havel, que “los seres humanos no son sólo fabricantes, productores de ganancias o consumidores. Son también –y esta podría ser su cualidad más esencial– seres que quieren estar con los demás, que ansían coexistir y cooperar de diversas formas, que quieren influir en lo que ocurre a su alrededor”.

El contraste con Chile debe hacernos reflexionar. ¿Estamos conscientes de la necesidad de una sociedad civil fuerte? ¿Existen espacios de descentralización efectiva, tanto territorial como económica? ¿Se hacen cargo los representantes, por ejemplo en el Congreso, de entregar herramientas útiles a las comunidades locales, como en el caso de los nuevos intendentes regionales sin poderes ni presupuesto? La respuesta a muchas de estas preguntas en general es un “no” rotundo. Pero eso no debe ser una traba para trabajar por que las cosas cambien. Más bien, para todos los que promovemos una sociedad libre, debe ser una motivación para derribar las barreras que impiden a las personas organizarse, responder, vivir en libertad. Quizás con el esfuerzo de muchos buscando un cambio cultural, logremos ese horizonte que Havel vislumbraba hace tanto tiempo, y conseguir el poder de los sin poder.

 

Rodrigo Pérez de Arce, coordinador del área de Cultura de la Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: SEBASTIAN RODRIGUEZ/AGENCIAUNO

 

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