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Publicado el 11 de junio, 2017

El peor de los socialismos

Del socialismo renovado la izquierda de la Nueva Mayoría parece haber tomado lo más peligroso: el giro “sesentayochista”, la ideología liberacionista. Ese parece ser el caldo de cultivo del “progresismo” que invoca.
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Las recientes declaraciones de la Presidenta Bachelet en Canadá constituyen todo un epílogo de su cuenta pública. Breves, pero al grano. Pasaron más o menos desapercibidas, pero son fundamentales: al fin una orientación explícita sobre el sentido ideológico de sus reformas.

La búsqueda de una explicación a este estilo no es menor. Casi todos nos hemos preguntado más de una vez qué lleva a nuestra Presidenta a realizar reformas, pretendidamente estructurales, que no encuentran adhesión en la población, que no parecen prioritarias, o que amenazan con agitar más nuestra ya intranquila vida ciudadana.

“Chile es un país que ve a Canadá como un país con las mismas ideas”, dijo el domingo pasado. Una frase de buen oficio diplomático que debe ser estrujada a fin de salpicar todo su sentido.

En realidad, no es que Canadá y Chile tengan las mismas ideas. Bachelet se refiere al país gobernado por el izquierdista Justin Trudeau. Me imagino que no le sirve el Canadá gobernado hasta hace poco por el conservador Stephen Harper. Pero aún con esa salvedad, esas “mismas ideas” no pueden aplicarse a todo el país del norte, y ni siquiera a todo el partido -el Liberal- liderado por Trudeau. En materia de aborto, por ejemplo, éste se ha visto envuelto en fuertes polémicas al interior de su partido, por amenazar a sus miembros con inhabilitar sus candidaturas si apoyan la vida del no nacido.

En consecuencia, las ideas comunes no son, en rigor, las de Canadá y Chile, sino las del actual Primer Ministro y de la Presidenta en un diálogo persona a persona. ¿Cuáles son esas ideas comunes? Las que provienen de la “mirada progresista” del mundo, afirmaron ambos expresamente. Ideas que permiten tratar “de una misma manera los temas que afectan a ambos países”. Como el aborto, ejemplifica Trudeau. O el “comercio”, agrega la Presidenta, sentenciando que incluso éste tiene que ser “progresista”.

Pero Trudeau se equivoca. Y la Presidenta no.

Del socialismo renovado la izquierda de la Nueva Mayoría parece haber tomado lo más peligroso: el giro “sesentayochista”, la ideología liberacionista. Ese parece ser el caldo de cultivo del “progresismo” que invoca. Aunque le falte el sustrato teórico de sus pares canadienses, aunque le salga casi por intuición o por mímesis.

Para el “progresismo”, el campo de batalla ya no son las relaciones de producción, el espacio del capital y del trabajo, sino los referentes morales de la población, el modo de percibir las realidades que durante siglos el pueblo consideró “naturales”. Los nuevos ilustrados se ofrecen a ilustrarnos, a re-educarnos en la materia. De ahí el papel de la educación como caballo de batalla. Prometen liberarnos de las realidades naturales porque nos hacen mal. Si eres madre, eres esclava; si crees en el amor indisoluble, eres intolerante; si rezas, eres pueril. La era progresista necesita incluso que utilicemos un nuevo lenguaje, como que hay que ser “inclusivo”, junto a un largo etcétera. Quieren separar rápidamente a los “correctos” de los “repudiables”.

Para allá vamos. Marcuse, uno de los padres de la nueva izquierda, le dio un nombre a todo esto en un brillante ensayo escrito en 1969: el “fundamento biológico del socialismo”.

De todos modos, Trudeau cae en un error. No comparte las mismas ideas con la Presidenta Bachelet. La Nueva Mayoría ha demostrado que tiene algo más, mucho más,  una querencia irrestañable por el viejo socialismo.

No lo olvidemos. Para la izquierda de la Nueva Mayoría la estructura del sistema económico también es un ámbito de lucha. Las banderas, por cierto, no son las mismas que en épocas pasadas. No podrían serlo, con lo que ha avanzado el país. Ya nadie habla de (ni quiere) abolir la propiedad privada. Subsiste, sin embargo, ese grito rencoroso de la reivindicación desnuda de lo colectivo, esa atávica adhesión al panóptico estatal, ese amor perdido por una burocracia que reglamente nuestras vidas, esa acerada filosofía de la sospecha contra toda iniciativa privada. ¿O es que alguien piensa que la nueva Constitución que se traían entre manos era algo distinto a una lápida de piedra fría al llamado modelo chileno?

Si atamos los dos cabos sueltos –el progresismo nuevo y el izquierdismo viejo- tenemos la peor versión de los socialismos. Un proyecto fundado en tales rieles podría salvarse, quizás, con varios giros de realismo político. Pero esto parece misión imposible para un Gobierno que, desgraciadamente, se encuentra disociado entre la ideología y la realidad.

 

Julio Alvear, director de Investigación, facultad de Derecho de la Universidad del Desarrollo

 

 

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