Que el Partido Comunista chileno fue y es el más ortodoxo de los que nacieron en el primer cuarto del pasado siglo, al alero del Comintern de la Unión Soviética, ya es un axioma. Eso lo convierte en el más predecible, porque es cuestión de tener presente la doctrina y la praxis marxista–leninista para adelantar lo que hará o dirá en determinadas circunstancias. Esa ortodoxia es la que nos enseña que nunca hay que tomar en serio las aparentes discrepancias al interior de ese partido, porque siempre son finalmente ficticias y también nos enseña que nunca hay declaraciones casuales o imprevistas u ocasionales sin que apunten a un propósito cuidadosamente deliberado, mucho más si se trata de expresiones verbales de algún alto dirigente.

Eso es lo que le da importancia a las declaraciones que el domingo 30 de octubre emitió el Sr. Teillier, presidente del PC, en una entrevista que difundió en la radio Nuevo Mundo. Esas declaraciones hay que entenderlas motivadas por el entonces planificado cónclave del oficialismo en que el Presidente Boric pretendió alinear a todas sus bases en un bloque común y acordado en su contenido y su tiempo de desarrollo. Como las declaraciones de Teillier tenían el propósito evidente de pautear esa reunión, lo más probable es que el Presidente, advertido de ello, la transformara solamente en una maratón de discursos fraternales que en lo básico no decidieron nada en cuanto a cambios en el programa de gobierno o a algo parecido a un cronograma de iniciativas concretas.    

¿Qué es lo que Teillier adelantó entonces? Adelantó que el PC exigirá que el régimen ignore lo que ocurrió el 4 de septiembre, que se olvide también de los acuerdos que se pueden lograr en un Parlamento que ya tiene 18 actores, alguno de ellos en proceso de desprender de su seno nuevos referentes, y que avance en el programa radical de la primera vuelta presidencial utilizando las facultades administrativas del Poder Ejecutivo. Por lo tanto, los demás participantes en el cónclave proyectado supieron, de antemano, cuál sería la terca posición del Partido Comunista y seguramente planteadas en términos de “todo o nada”, si es que en ese cónclave se persistía en la idea de decidir un plan concreto de acción común. Todavía más, al anunciar un par de días después que el PC renunciaba unilateralmente a la candidatura de una de sus diputadas a la presidencia de la Cámara de Diputados, entendieron claramente que Teillier advertía que llegaría al cónclave, además, con una exigencia de compensación por el sacrificio que se le imponía.

Es indudable que al fijar de antemano ese marco, el PC acotó el encuentro de tal manera que debería inhibir la asistencia de todo el que no esté dispuesto a considerar ese radical camino. El PC está tachando de “derrotismo” el hacerle caso al resultado del 4 de septiembre. No deja de ser irónico ese apelativo, puesto que Boric, desde el mismo día de ese plebiscito, está jugando a ignorarlo como si él no hubiera sido el gran derrotado en el evento. No conozco a nadie que esté en el gobierno que muestre señales reales de escuchar el veredicto de la ciudadanía. No existe en el Ejecutivo chileno ningún miembro que no haya sido partidario del “Apruebo”, lo que es una clara señal de ignorar ese sonoro diagnóstico. De ese modo, tachar de “derrotista” al gobierno es solo una forma de enfatizar que para el PC es mandatorio continuar con el programa original de Boric a pesar de que ha sufrido tal contundente prueba de su rechazo. Esto solo basta para poner de manifiesto la vocación antidemocrática de ese partido.

Así las cosas, el PC le ha marcado la cancha a Boric aunque su famoso cónclave no haya sido más que una colección de discursos fraternales que eludieron resoluciones concretas. En realidad, sigue teniendo por delante solo tres posibles caminos: o tomar el rumbo de la izquierda democrática que pasa por reconocer como imperativo el resultado del 4-S y buscar la  factibilidad de la acción del gobierno a través de acuerdos negociados en el Congreso Nacional, con riesgo cierto del retiro del PC de su gobierno; tomar el rumbo de la izquierda radical, lo que significa confrontar a todas las fuerzas políticas aparte del PC y del Frente Amplio a las que no quedaría otra cosa que constituirse en un bloque de oposición; o prolongar el  juego de piernas que oculta los quiebres detrás de la inacción gubernamental como es lo que ha estado haciendo hasta ahora. 

Nada refleja mejor la definición intransigente del PC que el convertir en “casus beli” la candidatura de la comunista Karol Cariola para presidir la  Cámara de Diputados. No puede caber duda de que, para una política transaccional en el Congreso, es imposible proponer un elemento más impropio que la tal parlamentaria, famosa por su intransigencia comunista y contendora de Boric en  la dirección de la campaña del “Apruebo”. Si el PC quisiera de verdad apoyar al gobierno en una política de acuerdos en el Congreso, no necesitaría señal alguna para tomar él mismo la iniciativa de bajar la candidatura  de Cariola sin exigir compensaciones al respecto.

De paso, las declaraciones de Teillier a la radio Nuevo Mundo ilustran la costumbre de la historia de siempre repetirse. En octubre de 1972 el gran paro nacional de seis semanas fue el equivalente del 4-S actual, o sea que fue una clarísima señal de que el programa radical que encarnaba Salvador Allende había dejado de ser factible en un sistema democrático. En ese entonces, también la coalición de gobierno, y en particular el PC, se jugaron a ignorar eso para proseguir con su radical programa, como si nada hubiera pasado. Todos sabemos a lo que eso condujo y deberíamos tenerle mucho temor a que se repitieran esos nefastos resultados. En realidad, los verdaderos asesinos del Presidente Allende fueron los que le impidieron rectificar rumbos de una manera que hubiera podido salvar la legitimidad de su gobierno. Soy de los que creo que él estaba ya dispuesto a ello, como me lo demostró en la impresionante última reunión que sostuvimos, cuando ya era muy tarde.  

No quisiera que, esta vez, “la historia vuelva a repetirse” como asegura un conocido tango.

*Orlando Sáenz es empresario.

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