“Chile despertó”, se dijo hasta el cansancio en medio de protestas masivas, violencia desatada, quemas de transporte público e iglesias (no olvidemos el edificio Enel). El proceso que hoy tiene a Gabriel Boric ostentando el cargo de Presidente y a sus correligionarios dirigiendo lo que creen es un país contó con la ilustre participación de chilenos capaces de quemar varias estaciones de metro y de desatar el caos en las ciudades más importantes, todo al mismo tiempo. Como no soy experta en la materia y tengo mala memoria, aceptaré, junto a los 19 millones de compatriotas que habitamos esta larga y angosta faja de tierra, la tesis de que un puñado de anarquistas, delincuentes, saqueadores a los que se les acabó la paciencia con los políticos agarraron unos bidones de acelerante, que todos guardamos en el patio trasero de la casa, y decidieron usarlo, cada quien siguiendo la máxima moral kantiana y ejerciendo su derecho a la desobediencia civil. (Recuerde que estábamos en dictadura). Ah, (siempre se me olvida) tampoco haré mención del informe por el que fue interrogado el Presidente Piñera en el que se le advertía del ingreso de un batallón de agentes bolivarianos al país. Esas cosas mejor no recordarlas. De todas maneras, es importante notar que los chilenos, junto con afirmar que habíamos despertado, tomamos con toda naturalidad la coordinación y eficacia del puñado de narcos y delincuentes denominados Primera Línea

(Extendamos la ironía). Y es que es parte de nuestra cultura. En las escuelas, a vincularnos con el entorno, para proteger y cuidar el medioambiente. De ahí que sea de toda lógica que sepamos usar acelerantes para diverso tipo de explosiones, hacer reconocimientos en terreno, estudios de medición de tiempos y rutinas, coordinación de horas (todos los relojes debían estar a la misma hora para la explosión simultánea en las estaciones). En ese marco aprendemos a asignar misiones a los más idóneos -en este caso, quién quema cuál estación y quiénes se preocupan del edificio y de las iglesias-, para lo cual es necesaria la construcción de maquetas, varias pruebas de elementos de comunicaciones y, lo más importante, la parte logística: fondos, un proveedor de los explosivos, armamento, celulares o radios, entre otras cosas. Para todo eso no se requieren meses de preparación; es que es espontáneo. 

¿A pito de qué viene tanto cuento?, se estará preguntando con justa razón. Uno pensaría, por el título de esta columna, que hablaríamos de la inflación, la salida de capitales, la ausencia de inversión, el descalabro institucional, la promesa incumplible de la condonación del CAE, la caída de la confianza empresarial, el pesimismo de los ciudadanos que ya no ven salida a nuestros problemas en la Convención Constituyente y todas las consecuencias que cada uno de esos aspectos de nuestra realidad tendrá en el corto plazo. Pero yo decidí hablar del «despertar de un despertar», o sea, de un despertar en dos etapas. La primera puede servir para una novela del género real maravilloso, pues la gran mayoría de quienes votaron Apruebo lo hicieron esperando que la incertidumbre institucional mejorara sus condiciones materiales de vida. Hoy el hechizo de ese sueño en el que muchos creyeron haber estado, por fin despiertos, se ha disipado. La crisis económica recién comienza, aunque no debe asombrarnos su aparición y profundización: se dijo hasta el cansancio que una inyección de liquidez de esas proporciones, IFE + retiros, nos conduciría al despeñadero. Pero nada de lo que se ofrecía era suficiente y, bajo la amenaza de un nuevo estallido, el gobierno decidió extremar las dos políticas públicas por las que será recordado: medidas sanitarias tiránicas y plata a destajo. 

Así, una parte importante de la ciudadanía está viviendo su primer despertar. Me refiero al quiebre de esa ilusión de que, por arte de magia, una nueva Constitución resuelve los problemas. Si hay algo que podemos decir de quienes votaron Apruebo y hoy están por el Rechazo es que entendieron que con un papel escrito no se construye país; que no alcanzaremos el desarrollo por decreto y que la crisis económica actual solo puede empeorar si siguen con el experimento en el que nos sumió una clase política insolvente que entregó su poder a otros, para endosarle su responsabilidad. Lo que no sabemos es si quienes vienen despertando del hechizo de los derechos sociales elevados a rango constitucional entienden que un país sí puede destruirse con una mala Constitución. En caso de que estuviesen conscientes, los despiertos serían los mejores amigos de la Constitución de Lagos de 2005 que debiera ser plebiscitada este mismo año.

Lamentablemente, este despertar no es el más importante. El problema más profundo de Chile es la violencia institucionalizada por grupos de narcoterroristas en el sur, mientras en el norte las compuertas siguen abiertas para la entrada de todo tipo de violentistas confundidos con ciudadanos desesperados, y el gobierno legitima su origen antidemocrático. ¿Exagero?

La ministra de Justicia, Marcela Ríos, no sólo se negó a afirmar la culpabilidad de Celestino Córdova, que quemó vivos a los Luchsinger-Mackay, sino, además, declaró que el “indulto a los presos de la revuelta es un compromiso, es una prioridad”. Somos muchos a los que nos encantaría seguir “despertando” y entender quiénes son esos presos, cuántos de ellos están realmente involucrados en los hechos de violencia coordinada y organizada que exceden con creces las capacidades de un vándalo, anarquista y simple delincuente y por qué son ellos una prioridad. Así entenderemos qué nos pasó y cómo remediarlo antes de que la única crisis que no puede resolverse sin altos costos humanos se desate despiadada en nuestra casa. Y es que no necesitábamos una nueva Constitución para saberlo: Chile siempre ha sido la casa de todos, de nuestros antepasados y de las generaciones por venir. Ahora depende de cada uno de nosotros hacer lo que esté a su alcance para ayudar a su restauración. 

*Vanessa Kaiser es directora de la cátedra Hannah Arendt, Universidad Autónoma de Chile

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