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Publicado el 10 de marzo, 2015

El nepotismo en el socialismo del siglo XXI

El nepotismo surge con particular intensidad en todo régimen represivo, sea de izquierda o derecha. La democracia, por su lado, no garantiza la inexistencia del nepotismo.
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Iba a escribir sobre el tema obligado en estos días en Chile –los casos Penta y Dávalos Bachelet-, pero me impactó tanto la información sobre el nepotismo del Presidente Daniel Ortega en Nicaragua, que me sentí obligado a reflexionar sobre el revolucionario sandinista. De paso subrayo que al comentar este nepotismo extremo –comparable al de la dinastía de los dictadores Somoza, que Ortega derrocó-, no pretendo desentenderme de las tareas pendientes que tenemos en Chile con respecto a las relaciones entre política, dinero y Estado.

El caso de Ortega es realmente de Ripley y se regó por el mundo causando asombro, burlas y pintando a América Latina como el continente donde campea en grande la corrupción: El Presidente, hombre de izquierda, identificado con el socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez, aliado de los Castro y supuestamente representante del “pueblo” nicaragüense, tiene a su mujer, Rosario Murillo, de ministra de Relaciones Exteriores, a sus hijas Luciana y Camila de asesoras presidenciales, y a su hijo Rafael Laureano de encargado de las negociaciones con el empresario chino Wang Jing para la construcción de un segundo canal que una el Pacífico con el Atlántico. El proyecto, inaugurado en diciembre del 2014, asciende a 50 mil millones de dólares. Como comenta irónicamente la prensa: el poder está firme en la familia Ortega Murillo.

Me tocó ver por primera vez a este revolucionario de izquierda en La Habana, en los 70, cuando era uno de los comandantes dirigentes del Frente Sandinista que estaba a punto de derrocar a Somoza. El objetivo de los jóvenes revolucionarios de barba y melena era entonces loable y emotivo, al menos en términos retóricos: se inspiraban en la revolución cubana, el socialismo y la democracia popular, y supuestamente iban a liberar a Nicaragua del imperialismo y el capitalismo, de la explotación del hombre por el hombre, y llevarían igualdad y prosperidad a Nicaragua.

El sandinismo no es ajeno, por lo demás a los chilenos: varios compatriotas formados militarmente en Cuba arriesgaron su vida al solidarizar con los sandinistas y combatir contra la dictadura de Somoza. ¿Qué pensarán hoy los sobrevivientes al ver al líder del sandinismo convertido, según se dice, en una de los potentados de Nicaragua, y residiendo en mansiones expropiadas a los poderosos de antes de 1979? En La Habana, sin embargo, eran vistos en un inicio casi como reencarnación de los barbudos de verde olivo de la Sierra Maestra.

Pienso al mismo tiempo en esos miles de jóvenes europeos occidentales que en los años 80 hacían colectas de dinero y ropa en sus ciudades y que viajaban a Nicaragua a hacer trabajo voluntario para apoyar al frente sandinista, supuestamente vanguardia de todo el pueblo. Tanto sacrificio para que al final la esperanzadora revolución sandinista, al igual que la cubana, terminara en un fracaso estrepitoso, generando nuevos ricos, defraudando a tanto joven que creyó en la pureza de los ideales del socialismo, cobrando incluso la vida de muchos.

Hay que ser justos: el nepotismo no es patrimonio exclusivo del socialismo, sea el de corte estalinista o el del siglo XXI, proclamado por Chávez. El nepotismo surge, en todo caso, con particular intensidad en todo régimen represivo, sea de izquierda o derecha. La democracia, por su lado, no garantiza la inexistencia del nepotismo, pero la separación de poderes que reina en ella a menudo permite detectarlo, denunciarlo, juzgarlo y castigarlo. Si el socialismo muestra la tradición más sólida y prolongada de nepotismo, esto se debe a su falta de libertades ciudadanas e instituciones independientes.

Bastan un par de ejemplos para probarlo: En Cuba, Fidel Castro entregó el poder a su hermano después de ejercerlo por más de cuatro decenios. Vilma Espín, esposa de Raúl, fue hasta su muerte la encargada de la Federación de Mujeres de Cuba e hizo de primera dama, ya que el gobernante nunca presentó al país a su esposa real, pues nadie debía empañar ni en un ápice la imagen del gran líder comunista. Se comenta hoy en la isla que un hijo de Raúl Castro es el hombre clave en el cruce entre la inteligencia civil y la militar, y en muchos de los negocios jugosos. La lista de ejemplos es larga y la pueden conocer consultando simplemente los programas de televisión de Miami de la periodista María Elvira Salazar.

Que el nepotismo encuentra tierra fértil en el socialismo lo muestra también Corea del Norte. Allí el poder pasó del abuelo Kim Il Sung a su hijo Kim Jung Il, y de éste al nieto Kim Jung Eun. Se trata de una monarquía comunista férrea y hermética, donde el máximo líder del partido de los trabajadores es una suerte de divinidad. Debemos recordar que el hermano del actual dictador perdió su carrera al trono porque cuando joven fue descubierta su identidad en un aeropuerto de Japón mientras viajaba anónimamente a un parque Disney de diversiones.

Aquel faux pas, que le debe haber costado la cabeza a algún agente de seguridad norcoreano, frustró el desarrollo del hermano de Kim Jung Eun. No hace mucho nos enteramos que este hizo fusilar a su tío, el militar más importante de Corea del Norte, acusándolo de traición, y circula el rumor de que ordenó lanzar sus restos a perros hambrientos. Poco se sabe de la esposa del general, que fue una de las mujeres más influyentes en el reinado anterior.

No es necesario dar más ejemplos sobre nepotismo en el socialismo, basta con mencionar a la Rumanía de Ceaucescu, y el socialismo del siglo XXI, que dirige Nicolás Maduro. Según la oposición venezolana, los descendientes de Chávez controlan, entre otras empresas, a la petrolera estatal PEDEVESA, hoy en serias dificultades. Como no se reconoce el legítimo papel de la oposición ni se permite la justicia independiente ni la existencia de prensa libre, el nepotismo florece sin límites en el socialismo. Peor: se vuelve una de sus características básicas.

La última vez que vi en persona a Ortega fue en un foro internacional en México. Allí sorprendió a todos: en la ronda de negociaciones oficiales, sentado detrás de la bandera de Nicaragua, estaba con su esposa. Ante los ojos de las delegaciones diplomáticas parecían una pareja en viaje privado, ajena a las sesiones de trabajo.

Hace unos meses me tocó ver en televisión el discurso del sandinista ante una masa que conmemoraba una fecha revolucionaria. Cerca de él estaba Maduro, pero entre ellos, como ocupando una silla vacía, había un busto en bronce de tamaño natural, de Chávez. Ambos representantes del socialismo del siglo XXI se dirigieron en sus discursos a la estatua como si el comandante hubiese estado vivo.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE/AGENCIAUNO

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