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Publicado el 10 de diciembre, 2015

El mito chavista no ha muerto

Ya están surgiendo en el propio oficialismo voces que se apresuran a culpar a Nicolás Maduro y Diosdado Cabello por el descalabro en las urnas, personalizando en ellos las razones de la profunda crisis que atraviesa el país, pero eximiendo de cualquier responsabilidad a Hugo Chávez y su proyecto político original.
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Aunque se demoró casi 48 horas, el Consejo Nacional Electoral de Venezuela comunicó el martes en la noche que la oposición obtuvo 112 de 167 diputados en la Asamblea Nacional, una mayoría de dos tercios que propina al chavismo su peor derrota en casi 17 años de gobierno y que le arrebata por primera vez el control del Legislativo. Si los comicios hubieran sido rigurosamente democráticos, sin intervencionismo gubernamental en la campaña, reglas amañadas ni maniobras dilatorias de último minuto, no cabe duda de que la ventaja de la Mesa de Unidad Democrática (MUD) sería más aplastante todavía.

Un revés de esa magnitud, especialmente con una participación ciudadana inusitada para elecciones legislativas en cualquier lugar del mundo (más del 74%), señala el inapelable fracaso de un modelo de gobierno que —por autoritario, estatizante e incompetente— hace agua por todas partes: inflación, desabastecimiento, pobreza, inseguridad, corrupción, polarización, situación de derechos humanos, democracia bajo sospecha, ineficacia estatal, opacidad fiscal y una larga lista de otros males auto infligidos. En suma, una mayoría de los venezolanos, chavistas incluidos, finalmente se cansó de la pésima gestión bolivariana. Por eso quieren un cambio.

Sin embargo, el logro electoral de la MUD no señala la derrota de una idea —el chavismo—, y ya están surgiendo en el propio oficialismo voces que se apresuran a culpar a Nicolás Maduro y Diosdado Cabello por el descalabro en las urnas, personalizando en ellos las razones de la profunda crisis que atraviesa el país, pero eximiendo de cualquier responsabilidad a Hugo Chávez y su proyecto político original. Según esta perspectiva, para que finalmente triunfe el ideario del “comandante” sólo falta el líder adecuado que sepa ponerlo en práctica: Lo que falló no fue el llamado Socialismo del Siglo XXI como tal, sino la ejecución de su programa.

Muchísimos venezolanos saben que lo anterior es una falacia voluntarista, pero fuera de su país hay gente que no lo cree, o que al menos eso dice. Acá en Chile, por ejemplo, el senador del MAS Alejandro Navarro, el Partido Comunista y el líder del PRO Marco Enríquez Ominami —los dos primeros parte de la Nueva Mayoría— siguen defendiendo los postulados ideológicos del chavismo, junto con sus premisas, prácticas y objetivos. Para ellos, las duras críticas vertidas durante años contra el gobierno bolivariano por numerosos entes internacionales (públicos y privados) son parte de una campaña mundial de desprestigio orquestada por el “imperialismo” norteamericano y sus aliados, no evidencia de que la revolución deba rendir cuentas por nada.

Opiniones como ésas ponen de relieve que el desafío para los demócratas de la región va mucho más allá de desalojar al chavismo del Palacio de Miraflores, lo que al parecer ocurrirá más temprano que tarde. Desde ahora, y tal vez por largo tiempo, el principal reto será combatir el errado concepto de que la revolución de Chávez funcionó mientras él estuvo al mando y que sólo se hundió tras su muerte, por culpa de sucesores incapaces de preservar su legado.

Recordar con insistencia por qué eso es objetivamente falso será clave si queremos mantener a raya el germen de un nuevo liderazgo populista que cause estragos en alguno de nuestros países, como por desgracia les pasó a los venezolanos. De seguro no faltarán los políticos dispuestos a levantar los estandartes de Chávez y a proclamarse sus legítimos herederos, aunque sólo sea por oportunismo. Los ciudadanos de América Latina debemos exigirles a nuestros representantes democráticos que demuestren convicción y consecuencia para enfrentar ese peligro, porque todo indica que el mito chavista seguirá vivo por un buen rato. Contra su innegable poder seductor habrá que luchar con argumentos, buena memoria y mucha, mucha paciencia. La democracia lo exige y lo vale.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor de “La revolución fallida: Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez”.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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