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Publicado el 25 de febrero, 2017

¿El mercado es el problema?

Gran parte de las deficiencias de nuestras escuelas ya habría sido solucionada si se organizasen bajo los lineamientos del mercado.
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Las últimas discusiones respecto de la selección en los procesos de admisión escolar, y la categorización de lo que es o no es un colegio de excelencia, deben ser aprovechadas por todos quienes creemos en la libertad, puesto que nos permiten demostrar cuál es el origen de los problemas de nuestro sistema escolar y, por cierto, anotar cuál sería la solución ideal.

Esas discusiones dejan  en evidencia que nuestro sistema escolar, a pesar de lo que muchos pretenden dar a entender, no se rige por las lógicas del mercado, sino que por el contrario, depende absolutamente del  Estado, del Gobierno y los legisladores de turno. Son el Gobierno y sus funcionarios los que determinan las escuelas que son o no de calidad, así como los parámetros para hacerlo. Son ellos los que señalan las pruebas estandarizadas a aplicar, si se difundirán o no sus resultados, y en caso de hacerlo, cómo será aquello. Ellos determinan el sueldo de los profesores y la manera en que serán evaluados. Ellos determinan los contenidos a enseñar, incluso llegando a indicar cómo hacerlo. Y son ellos los que determinan, tal como anota el artículo 7 de la Ley N° 20.845, los criterios bajo los cuales se permitirá crear una nueva escuela. Es evidente que la educación se encuentra al arbitrio de lo que los burócratas y políticos dictaminen.

¿Es acaso la intromisión del mercado la causante de todos los males de la educación chilena? ¿El culpable es ese espacio donde se encuentran con plena información la oferta y la demanda? Más bien, como alguna vez señaló Ronald Reagan: “El Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el Gobierno es el problema.”

El motivo de los problemas de nuestro sistema escolar es simple, y es la deficiente administración junto a la cada vez mayor estructura estatal, la que como señalase nuestra Nobel poetisa Gabriela Mistral, es un centurión que fabrica programas y que apenas deja sitio para poner sabor fuerte de alma.

Sucede que la infinidad de maneras en que pueden ser organizadas las técnicas o metodologías de enseñanza es de envergadura tal que no es factible que lo haga una solo entidad. Unas cuantas personas, por más mérito que tengan, no tienen la capacidad de establecer qué es lo que el resto debe aprender ni tampoco la forma de hacerlo. A lo anterior se debe sumar que, al ser el Estado el artífice de nuestro sistema escolar, este se convierte en un monopolio, y estos por definición son ineficientes. En los monopolios no hay progreso ni innovación, no hay  incentivos, no hay competencia, no hay mejoras, no hay clientes satisfechos. Cada problema de nuestro sistema escolar es provocado por una decisión mal tomada, la mayoría de las veces de manera jerárquica o centralizada, como las circulares de alguna superintendencia o los reglamentos dictados por un ministerio.

Gran parte de las deficiencias de nuestras escuelas ya habría sido solucionada (o jamás hubiesen existido) si se organizasen bajo los lineamientos del mercado. Únicamente una educación libre y descentralizada es capaz de satisfacer los innumerables requerimientos educativos de las familias, distintos según las características, necesidades e interesen de quienes los requiere.

Muy ilustrativas son las palabras de John Stuart Mill, quien en 1859 escribió lo que sigue en su libro “Sobre la Libertad”: “Un hombre no puede conseguir un traje o un par de botas que les estén bien, a menos que se los haga a la medida o que pueda escogerlos en un gran almacén; ¿y es más fácil proveerle de una vida que de un traje, o son los seres humanos más semejantes unos a otros, en su total conformación física y espiritual, que en la configuración de sus pies?”

Siguiendo el ejemplo del pensador inglés, sin problema podemos indicar que el monopolio educativo estatal no genera opciones, entregándoles a todos los alumnos las mismas botas, aunque les queden pequeñas y sus pies no quepan en ellas.  Y además son de uso obligatorio, haciendo el Estado que cada alumno se ajuste a ellas, tal como lo hiciese Procusto con sus desdichados invitados. Así, las familias y los alumnos no pueden escapar de los malos docentes y de los inadecuados programas de estudios, evidenciándose una clara carencia de libertad. Tal vez, con la claridad de comprender lo anterior, es que hace pocas semanas el congresista estadounidense del Partido Republicano, Thomas H. Massie, haya señalado que ni el Congreso ni el Presidente, a través de sus designados, tienen la autoridad para dictar cómo y qué deben aprender nuestros hijos.

Las ofertas educativas no se pueden centralizar, diferentes perfiles de las personas reclaman diferentes metodologías de enseñanza. Al igual que como se pueden encontrar miles de calzados, se debería poder acceder a muchas metodologías y currículos a estudiar. Ahora, ¿cómo se logra eso? Entregando la más amplia libertad de enseñanza, accediendo a que surjan libremente las escuelas con proyectos educativos y currículos propios, inspirados en los anhelos de las familias, tal cual lo hacen los emprendedores que día a día se abocan a satisfacer las necesidades de quienes los requieren.

Es el libre mercado el único capaz de proveer una oferta que se ajuste a la demanda, y no una ley, por más que ella haya sido aprobada por la mayoría de los parlamentarios. El ingenio y la innovación surgen de la libertad creadora del ser humano, por esencia expansiva, y es ella la única capaz de suplir todas las falencias de nuestro sistema escolar.

 

Iván M. Garay Pagliai, director ejecutivo de Cheque Escolar

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO

 

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