Uno evacuó la bandera de Chile mientras el otro declamaba un texto que por sí solo era nauseabundo. Todo entre los vítores de los asistentes; familias, según se ha dicho. La animadora, con la honestidad de un ministro que se deja llevar por la conversación en Twitch, deja en claro que semejante cometido solo podría molestar a los bots fachos, que como se sabe, no damos el ancho intelectual para comprender tan sublime metáfora…ja, ja, ja. 

Al ver el video sentí esa congoja que vengo sintiendo desde el 2019. ¿O no recuerdan un espectáculo similar frente a la Casa Central de la UC? ¿No se vejó nuestra bandera, emblemas, monumentos y patrimonio repetidamente? ¿No ocurrió todo esto con el beneplácito de unos que vivían en un carnaval y el silencio temeroso de otros? ¿No se homenajeó, protegió y romantizó a los más violentos? 

Sincerémonos, esto no pasó de un día para otro. Por eso nadie se cuestionó siquiera la invitación ni la performance ni la organización, y si no nos hubiéramos enterado, este hubiera sido otro sábado cualquiera. El gobierno se nos puso potijunto y se querelló (pa’ que no digan que no se querelló), pero no por ultraje a la bandera. 

Al día siguiente, se produjo un enfrentamiento entre ciclistas y una fundación costumbrista. Una oportunidad para empatar en algunas cabecitas. Y tuvimos videos sesgados y sin contexto, hechos con prejuicio para un público muy específico y que también necesita confirmar sus idénticos prejuicios, a saber: los huasos son malos, son latifundistas usurpadores y fascistas que vienen a azotar a inocentes ciclistas del mismo modo en que seguramente hacen con sus inquilinos. Básicamente, El Señor de la Querencia on tour. Todo esto, desde luego usando conceptos como “intento de asesinato”. Por cierto, los piedrazos a estos caballos no contaban, porque se trataba de caballos fascistas, no “sintientes”. El modus operandi del octubrismo; prejuicio, información sesgada y tendenciosa, juicio, veredicto y condena sin investigación por el mismo precio, doble moral y todo desde la comodidad de las redes sociales. La revolución instagrameable. Igual les agradezco por las risas, amiguitos citadinos, porque escuchar hablar de caballitos de tiro, probablemente de las criaturas más mansas y tímidas que existen, como si se tratara de Tormenta, el caballo de Genghis Khan, es de un absurdo, aquí sí, galopante.  

Estos dos eventos, ejemplifican perfectamente lo que el octubrismo nos viene mostrando hace casi tres años, el mismo viejo libreto y, sin embargo, vimos una disposición diferente. Del mismo modo en que la proverbial gota derramó el vaso, el chiste repetido se descompone y el encanto se convierte en hartazgo, parece que al octubrismo le toca enfrentar su destino; el viento cambió y los deja naufragar en su propia tormenta. Y como otros antes, sus adalides, no se dieron cuenta. Esto es testimonio, una vez más, de que quienes le prestaron relato al octubrismo pertenecen a una elite cultural, académica y también económica que adhiere a ideas de una izquierda radical y bien puritana, palaciegos y desconectados de la gente que se supone conocen y defienden. No se dieron cuenta que algo cambió. 

¿Murió el octubrismo? Esta pitonisa piensa que no. Pero me parece que está herido de muerte, desnudo en su violencia, agresiva y victimizada al mismo tiempo, esta vez condenado a no tener los aplausos ni la protección que le permitieron crecer. 

¡Y va a caer y va a caer, el octubrismo va a caer! Ya estaba bueno. 

*Ver todas las columnas de K Sandra.

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