Es entendible el revuelo que se generó por la muchacha que le dio vuelta una botella de agua al Presidente en la cabeza. Pero esa estupefacción reposa en un error garrafal. A Piñera no lo estaban agrediendo, lo estaban bautizando.

Muchas culturas milenarias han usado el agua para sus ritos de iniciación y finalización. Marcan el ingreso o el egreso, a la vida, a la religión, a la muerte. El ritual con agua más conocido es el bautismo.

Esta semana a Sebastián Piñera le dieron vuelta una botella de agua en la cabeza. Mucha gente puso el grito en el cielo, porque eso supuestamente significaba una afrenta a la mismísima institución de la Presidencia de la República. Se habló de violencia política. Se cuestionó la seguridad del Palacio de La Moneda. ¡Pudieron matarlo!, dicen que gritó la única funcionaria genuinamente piñerista que queda en el edificio.

Es entendible el revuelo; pero este reposa en un error garrafal. A Piñera no lo estaban agrediendo, lo estaban bautizando. El agua sobre la cabeza del Mandatario marcó su ingreso a un nuevo estadio de su vida. Es el comienzo de su existencia en la Orden del Silencio Perpetuo.

¿No les llamó la atención que el supuesto abuelo de la joven “agresora” subiera al despacho presidencial a “pedirle perdón” al Presidente? ¿No les pareció raro? ¡Obvio que era raro! ¡Era inverosímil!

Es que el abuelo no era ningún abuelo. Era un monje de la Orden del Silencio Perpetuo, que venía a sellar el trato entre Piñera y la Orden, y a darle la bienvenida. Por eso el abrazo tan apretado.

El ingreso de Sebastián Piñera a la Orden le traerá como beneficio que la izquierda internacional y la derecha doméstica no lo perseguirán de por vida y hasta lo ignorarán para siempre. A cambio, claro, de su silencio.

El silencio de Piñera tiene valor. No por las razones expuestas en el chiste de los mafiosos, “porque sabía demasiado”. No, esto es puro y simple agotamiento. Casi nadie quiere escuchar nunca más los tres sinónimos seguidos cuando habla, los lugares comunes, la justificación de todos sus errores, y hasta la sonrisa fake. Nunca más “piñericosas”, ni interpretaciones antojadizas de la historia, ni desvaríos ideológicos… nunca más el intento de nunca quedar mal con nadie.

Todo indica que el “abuelo” no era un abuelo sino un sensei. Seguramente será el maestro de Piñera, quien le enseñe el arte de callar. Piñera será su pequeño saltamontes, su kung fu panda en los huesos.

Última reflexión: no hay que olvidar que a Gabriel Boric también le vaciaron un líquido en la cabeza cerca de Plaza Italia en la época post 18/O. Era un fluido más amarillento, eso sí; ojalá haya sido cerveza. Para muchos eso fue el comienzo del fin de su ascenso al poder. Pero resultó ser todo lo contrario. Ahora lo sabemos, fue el rito de iniciación de su meteórica carrera política, que lo tendrá en La Moneda en los próximos días. Para Boric fue “agua bendita” (suponiendo que fue agua lo que escurrió por su pelo). Para Piñera será igual, pero en el sentido opuesto.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta