El domingo se me apareció esta canción. De alguna manera Chile me recuerda al Mamut y la elite progresista, a la Palomita. ¡No me ayude tanto, comadre!

El domingo fue como si una alarma que sonaba día y noche se hubiera apagado al fin. Silencio. Paz. Estar al borde del abismo cansa y créanme que avisar que el caballo está lleno de griegos y que a uno no le crean, también. Pero más cansa que nos hicieran creer que los chilenos que amamos Chile éramos minoría, que el Chile que conocemos no existe y que hayan intentado sembrar el desprecio, el odio, la separación y el enfrentamiento entre nosotros. 

La elite que hizo este borrador a la medida de sus delirios mesiánicos e intereses quedó completamente desnuda. Cayó la máscara de buenismo y ahí están, siendo lo que siempre fueron; usurpadores de un movimiento violento al que hoy llamamos octubrismo. Le prestaron relato y épica para cumplir con un mandato moral y revolucionario. Siempre con la irresponsabilidad del que puede salir volando. Todo bien frívolo, el revolucionario chic arrasaba en Tinder y las redes sociales ardían con tanta desinteresada bondad. Hoy, narcisos heridos muestran toda su violencia que corre a victimizarse ante el cuestionamiento. Harto piojo resucitado que resulta que son del 10% más rico, (agradézcanle al “maldito neoliberalismo”, no sean así) denostando a los pobres, ignorantes, desclasados, fachos, tontos y un largo etcétera que dice todo de ellos. ¡Y nos faltan las columnas del domingo!

¡Pobre Netflix! Me permito sugerirles que reciclen el material del documental y hagan una serie: Progres que aman demasiado y los malditos pobretones que no se dejan salvar. ¿No? ¿No pasa el filtro del wokeismo? Bueno, en el casting que haga de Boric alguien de una minoría, qué se sho. No puedo hacerles toda la pega.

Chile le dijo que no en las urnas a su constitución de izquierda radical. Chile, un mamut en dos patas, le dio al mundo una lección de dignidad y no quiso saltar con las muy aladas palomitas y su moralina boutique, su feísmo, su refundación y su dignidad panfletera. Siento orgullo. 

Les falta calle y les falta campo y les falta San Lorenzo; la riqueza y dignidad de Chile está en su gente. Chile, país de mestizos, de abuelitas, nonnas y omas, de mujeres bravas y hombres parcos pero de sentimientos profundos, chilenos que aman su historia, la conocen y la respetan porque aman a sus familias y ¿qué es el amor a la patria si no eso? Chilenos que no están dispuestos a convertir todo eso en un experimento que dé material a la academia del primer mundo.  

¿Y ahora? Exigirle a los políticos que hagan lo que no hicieron el 2019; dejen de tratar de salvarse y salven Chile. Porque las fuerzas que salieron de su cloaca el 2019 siguen ahí, esta vez heridas y rabiosas. De este gobierno octubrista no espero nada, así es que avívense un poquito y no cometan el error de tratar como democráticos a quienes no lo son. La sociedad civil les dio una nueva oportunidad, la ascurria es gratis.

Esta pitonisa piensa que no debemos soltar el gustito por ser ciudadanos. No sé ustedes, pero yo he aprendido tanto estos años, que, parafraseando a Elle Woods, “me siento cómoda usando jerga legal en la vida cotidiana”. Hablemos de política, filosofía, de historia, escuchemos a nuestros viejos. Que nos una nuestra identidad y no que nos dividan unas nanoidentidades alumbradísimas

Para que cuando vuelvan las palomitas, esta vez ni siquiera consideremos subir al quinto piso y mucho menos, saltar.

*Ver todas las columnas de K Sandra.

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