En brevísimo tiempo (estamos a días de cumplir los tres meses), el nuevo gobierno ha logrado cosas que han permitido echar por tierra -y, ya que están en tierra, enterrar de una vez y para siempre- varias afirmaciones que se creían verdaderas y juicios que se pensaban fundados. 

La primera: que solo un gobierno de izquierda es capaz de dar gobernabilidad porque es el único capaz de controlar la violencia. Lo cierto es que el gobierno -tan de izquierda que el gobierno del mariscal Tito en la ex Yugoslavia parece que hubiera sido de centro- ha sido incapaz de controlar ni un solo exceso, ni un solo acto vandálico, ni una sola quema de bus, ni un solo incendio intencional, ni una sola violenta toma de colegio, ni una sola celebración de la primera línea en Plaza Italia (ex Baquedano) y desde luego ni un solo ataque de terroristas en la Macrozona Sur, además, claro, de un largo etcétera. Consecuentemente, nunca más la ciudadanía ha de emitir su voto, en cualquiera venidera elección o plebiscito, con el temor de votar otra vez a la izquierda para evitar males mayores. La izquierda es el mal mayor.

La segunda: que un Primer Mandatario debe cumplir con requisitos mínimos, que el actual que nos gobierna definitivamente no cumple. A saber, que sea letrado en todos los aspectos de buen gobierno, un buen conocedor de la historia de Chile desde sus orígenes, de las relaciones diplomáticas y comerciales con países vecinos y con los principales socios comerciales, ser un cabal negociador y sobre todo, poseedor de un intelecto que supere largamente al del 90% de la población y, por supuesto, superior al mío. Es para el ciudadano común de nuestra República indignante verse ante la disyuntiva de votar por un tipo inferior o abstenerse.

La tercera: que los colaboradores que asuman puestos clave en ministerios, partiendo por cierto por los propios ministros, deben también ser idóneos para desempeñar adecuadamente sus funciones y por supuesto tener, al igual que el presidente una inteligencia que sobrepase largamente al menos al del 80% de la población, es decir, en jerga constitucional, los 4/5. La lista de los funcionarios que no satisfacen esta barrera, partiendo por la ministra del Interior, Sra. Izkia Siches, podría llenar tantos tomos como antaño llegó a tener la Enciclopedia Británica. Al contrario, la lista de aquellos que sí satisfacen esta exigencia -porque supongo que los habrá- caben en un folletín. Nunca debemos ser impasibles ante nombramientos de amigos que porque fueron compinches en las trincheras desde las que tiraron dardos cargados de ignominia e incendiarias proclamas -además de alguna que otra piedra o Molotov- pasen a ser funcionarios de alta jerarquía, en agradecimiento y pago de favores. 

La cuarta: que en cualquier futura Constitución que se redacte debe haber un mecanismo para, así como tenemos 3 meses para devolver un producto que salió fallado o que no nos sirvió, tengamos el modo de devolver al presidente que en mal momento se eligió, pensando en que sería lo que a la postre no resultó ser. De haber contado con esta cláusula, el actual presidente estaría seguramente ya sobre (o bajo) el árbol que tantas veces lo cobijó en su natal Punta Arenas, disfrutando de una vida reposada y lejos de las tensiones que el poder tornan inmanejables cuando no se saben controlar.

Por último, no en estricto rigor del gobierno mismo, pero sí de las fuerzas que lo apoyan y le dan sustento, ha quedado demostrado que nunca debe confiarse la redacción de una Carta Magna a un grupo de pelafustanes ignorantes, ideológicos in extremis, soberbios, incultos, mentalmente inestables, bipolares, mentirosos y violentos como la mayoría de los que redactaron el bodrio de propuesta de constitución que se deberá plebiscitar el 4 de septiembre. Las Constituciones son materia tan seria, que solo los más connotados expertos deben ser llamados a generarlas o perfeccionarlas. Y si tampoco esto les satisface, déjennos a Joe Black y a mí redactar una que, a no dudarlo, dejaría mucha más gente conforme y saldría aprobada por abrumadora mayoría. 

*Todas las columnas de Etiqueta Negra.

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