No, no los voy a patear, mis queridos tres lectores (¡hola mami!), pero tenemos que hablar.   

Ahora que sabemos que somos mayoría y que más gente lo cree y saca la voz, parece pertinente decir todas las cosas incómodas que hay que decir sin que se nos acuse de campaña del terror. Recordemos cómo empollamos la violencia que hoy nos desborda. Les recomiendo en este punto mandarse su ansiolítico.

“La primera línea protege a la gente de loh pacoh (sic)”, “por supuesto que nadie valida la violencia PERO no es acaso violento que (inserte aquí lo que estime pertinente: pensiones, salud, educación)”, “evadir no pagar otra forma de luchar”, “yuta asesina”, “la deresha quiere criminalizar la protesta”, «Lamento que mi protesta colapse tu tránsito, pero tu indiferencia colapsa mi país”. 

El “noeslaformismo” fue vilipendiado 24/7 porque solo un fascista poco empático podría criticar la forma cuando el fondo era tan noble. Cualquiera que fuera alguien debía dejarse ver “dando cara” (sic), un barricadapalloza. Performances de todo tipo, especialmente las más perversonas (Freud se haría una parrillada y al día siguiente un ajiaco con el octubrismo), la afectación de la prensa; “A esta hora se registra una marcha que se desarrolla de manera pacífica, con pequeños incidentes aislados que finalizaron en un gran acto cultural” con la imagen al lao de Santiago en llamas. Campearon los videos virales sin contexto, incluso de otros países, para demostrar que todos estos años nuestras fuerzas de orden y seguridad estaban compuestas por sociópatas y no nos habíamos dado cuenta. Hasta centros de detención imaginarios. No había tanto llanto con las feis nius en esa época. Creo que ya nos he revictimizado suficiente para hacer el punto.

Primero, si aceptamos que el Estado tiene el monopolio del uso de la fuerza, aceptemos también que no puede perder, porque cada vez que pierde invita a ser desafiado. Y lleva mucho perdiendo porque pelea con las manos amarradas. 

Segundo, cada vez que alguien quiere hablar en serio de orden y seguridad, se le hace retroceder con las reliquias del octubrismo; “a ti no te importan los DDHH”, “la violencia no se resuelve con más violencia, hay que ir a los problemas de fondo”, “no se puede criminalizar la protesta ni dejar de atender las legítimas demandas de (inserte aquí según se trate de norte, sur, Santiago)”. Del mismo modo en que la tolerancia y la empatía son usados como estandarte y embudo para neutralizar a los adversarios políticos, deconstruidos hasta no tener significado hoy, cada vez que alguien acepta inclinarse y buscar la absolución de estos narcisos compasivos, inmediatamente queda a su merced y su discurso pierde potencia. Y hasta ahí llegamos. Basta. Quienes creemos en la democracia liberal, el orden público y los DDHH no amparamos ni justificamos la violencia y punto. Ese es el estándar y desde ahí es que avanzamos.

La tercera cosa es difícil; aun atendiendo a todos los protocolos y resguardando los DDHH, siempre es posible que alguien resulte herido o incluso muerto. Nadie quiere, pero si eso sucede, la responsabilidad es de quienes recurrieron a la violencia y no de Carabineros o las FFAA. No podemos seguir tolerando que la primera reacción sea la de culpar a nuestros uniformados, como si no existiera para ellos la presunción de inocencia. Como si sus vidas valieran menos.

Nadie quiere criminalizar a los manifestantes, pero sería hora de volver a criminalizar a los criminales. Porque esto, Chile, no da para más. 

*Ver todas las columnas de K Sandra.

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