A todos nos indignan los abusos y violencia, que ya se han hecho frecuentes en todo el país. En la capital, ha surgido un nuevo fenómeno delictual: las corridas de mano en el Metro. Se suben unos pervertidos o perturbados mentales (ojo, que no me refiero a los convencionales) a perseguir a las mujeres. Ello ha generado un temor justificado en el sexo femenino santiaguino, similar al horror que causa el trabajo constituyente. ¡Todos sentimos que nos están metiendo el dedo en alguna parte! 

Como solución al problema, el Gobernador Orrego -cada día más parecido al ex Alcalde Lavín- tuvo la brillante idea de sugerir que el Metro destinara carros para uso exclusivo de mujeres. ¡Pero cómo no se nos había ocurrido antes! Con ese nivel de creatividad descollante, ya tendríamos solucionados todos los problemas que sufre el país, de norte a sur. Para ello, propongo que los ministros de Transportes y de Obras Públicas, en un esfuerzo conjunto -para no agotarlos-, inauguren el “Metrotren de la Unidad”, que vendría a ser como una “Constitución de Todos”.

En el primer vagón, deberían ir todos los miembros de la Convención, de modo que sean los primeros en acusar el golpe del descarrilamiento del Metrotren. No sería una gran pérdida para el país. Al contrario, quizás nos ayudaría a unirnos como chilenos en torno a una causa común: la desaparición forzada de los convencionales. Reconozco algo de maldad en la idea, pero nada comparado con lo que ellos quieren hacer con el país: ¡tirarlo por el precipicio!

En el segundo carro, deberían ir los parlamentarios. Ellos estarían a cargo de cantar la canción nacional mientras el tren rueda cuesta abajo. Una especie de orquesta del Titanic. Teniendo todo a su mano para evitar el accidente ferroviario, se quedan sentados -de forma impávida- en sus butacas escolares del Congreso, viendo en cámara lenta como el país camina vertiginosamente hacia el barranco. Y pensar que para aprobar leyes inconstitucionales son más rápidos que un lince.

En el tercer carro, que corresponde al coche comedor, deberían ir los funcionarios del Ejecutivo. En su gran mayoría son partidarios de expropiarlo todo, incluyendo la comida del tren. A cargo de recolectar los boletos de este coche estaría el Secretario del Senado, quien fue el primer chileno en gozar de un pasaporte sanitario y culinario. Ello le permitió, en plena cuarentena, juntarse con un par de amigos fiscales a comerse unos loquitos en un boliche capitalino.

Ni hablar del resto del Metrotren, que debería tener coches para trabajadores y trabajadoras, empresarios y empresarias, religiosos y religiosas, militares, indígenas, deportistas, minorías sexuales, transformándose en un largo convoy de carros exclusivos para toda clase de chilenos, chilenas y chilenes. Sería un Metrotren de la integración e inclusión, donde todos, todas y todes son parte de nuestra nueva plurinacionalidad. 

El Metrotren de la Unidad sería algo así como la nueva Constitución: un instrumento que desune y divide al país. Una gran mayoría de sus habitantes quiere una nueva Constitución, pero no quiere que los dividan y segreguen entre buenos y malos, o entre chilenos e indígenas.

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