En los nuevos estudios de generaciones a catalogar y clasificar, hay tantas como obvio no puedo recordar. 

Millennials, niños índigo, generación X, los Romanos, los Otomanos, los nómades, los recolectores, los sedentarios, los capricornio con la luna en Júpiter y así…

En mis propios estudios e investigaciones y Universidad personal, llegué a la conclusión que pertenezco a la generación Metapío y en lo particular con tendencia al sedentarismo reiterativo.  

El Metapío era un líquido que se ponía en las heridas para desinfectarlas y era como ácido muriático con kerosene en versión 3.0, dolía más que te sacaran la madre y a veces era preferible amputar que metapío usar. 

Una generación donde dolía más el antídoto que la caída. Haberse ronceado sobre el maicillo o pista de recortan sin duda era doloroso, pero que llegara la mamá o tía con el metapío y no lanzar un aullido con lágrimas de dolor, era infinitamente más escandaloso. 

En mi generación del metapío nadie te preguntaba qué querías almorzar, ni menos en la mesa principal te podías sentar, a la mesa del pellejo nos mandaban a almorzar. En la generación del Metapío te hacían bullying y calladita te la tenías que bancar. Olvídate acusar, porque por hocicón era mucho peor lo que te podía pasar. 

Mi abuela, una mujer moderna entretenida y sabia, cuando el mayor de mis primos tenía 13 y el menor 4, nos mandaba solos a buscar huevos de gaviota en unos acantilados en Horcón que jamás habríamos alcanzado a llegar ni menos escalar, nos pagaba 5 mil el huevo de gaviota, que en esa época era como tener un millón de dólares. 

Mujer sabia, con eso se aseguraba y libraba para dormir siesta sin que ningún nietito la molestara y nos fuéramos toda la tarde a emprender una aventura inigualada, con el único riesgo de que algún nieto no llegara, o con alguna rasmilladura que rápidamente sería con Metapío curada. Sumado algún ordinario y vencido parche curita de dudoso pegamento encima, que era como estar enyesado y servía para hacerse la vístima una semana. Una mujer sabia sin duda. Años más tarde trataría de emularla, pero los niños pidieron los huevos de gaviota por Corner Shop y me fregaron. 

Con la mejor de las intenciones y la mayor de las ignorancias, nuestra generación trató de hacer camino al andar, pero como andábamos todos a pie y nadie nos iba a buscar a ninguna parte ni muy lejos íbamos a llegar. Cuando se iba a una fiesta y estaba mala, con resiliencia supina te la bancabas, si no caminabas más que Kung-Fu para cambiarla. 

Nuestra generación veía el Jappening con ja los domingos y aprendimos a ser graciosos a costa del otro. 

No había elección ni elecciones. A nadie le interesaba mucho lo que uno pasaba, ni menos te preguntaban si había algo que te acongojaba, ni menos al sicólogo alguien te llevaba. 

Si había que ir el sábado a ver a la tía Olguita o a la abuelita y te daba latita había que ir no más, con la carita llena de risa y aburrirse en algún sofá, y como decía mi abuela «los tontos se aburren», había que inventar algún panorama sin celular.

En los desayunos no había jamón ni yogurt, ni menos cereal, unas hallullitas con margarina o paté agradecido te podías zampar. Se batía el Milo como el mejor chocolate del Starbucks, todo lo hacía uno mismo con una cuchara y mucha voluntad. Se comían guisos de coliflor y tomaticán y nadie podía reclamar. Los veranos eran donde decidían los papás y no donde quería uno ir a taquillar, las mismas zapatillas se daban vuelta todo el verano sin chistar. 

Nuestras primeras incursiones en el amor y la sexualidad eran los Corín Tellado y algunos en la santa misa con el padre Karadima se iban a confesar o peor aún, era su guía espiritual y en quien podían confiar temas que con los papás no podíamos conversar ni menos la impertinencia de preguntar.

Pasábamos veranos enteros creyendo que cuando fuéramos grandes el amor y la sexualidad de la mano iban a llegar en algún pueblo de Sevilla un galán nos iba a enamorar o al oído palabras de amor susurrar. Sin embargo, y a nuestra desgracia, no faltaba el tío o el curita que nos quería manosear o abusar y sin poderlo acusar ¿para qué? Si nadie nos iba a creer, ni validar. 

La generación Metapío tuvo solita que poder curar y sanar tantos temas como abordar y ya de adultos tratar solitos de solucionar. 

A la generación Metapío le costó el doble volar, porque las alitas nos querían coartar porque todo era pecado o desubicado de hablar o pensar. 

Hoy ya estamos a cargo de los parches curitas y las mentiritas de nuevas generaciones que nos quieren reemplazar, pero cuando se ha usado Metapío en grandes heridas ya venimos de vuelta y no hay más pomadas ni metapíos  que nos puedan echar. 

La generación Metapío se tuvo que bancar dolores que de grandes el doble nos iban a costar. 

Jo March 

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