Mi tata era regüeno pa’la fabula criolla y esta era de sus favoritas. 1937, Instituto Nacional (recuérdenme que hablemos del Instituto Nacional otro día), tercer año de humanidades, o sea, animalitos como de 15 años. Matemáticas, el profesor entregaba los resultados de la última prueba. Al llegar al penúltimo alumno, mientras le extendía su “1”, el adolescente se despachó la siguiente frase: “No me importa, total, yo voy a ser abogado”. El profesor, acercándose a la criatura, le dijo: “¿Usted por qué cree que le enseñamos matemáticas? Para que aprenda a pensar ordenadamente. Sí señor, es posible que usted logre ser abogado y será abogado, pero tonto”. Si hay algún arbolito perdido leyendo esta columna, tómense un ratito. Yo sé que esta historia los vulnera. Era otra época, sin overoles blancos y sin #meofende.

La reciente visita de la señora Mazzucato me recordó este relato, porque lo que el profesor estaba enseñándoles era y es importante. Vimos en tiempo real dos fenómenos interesantes. El primero es lo penca de los referentes frenteamplistas. Estos slogans suenan perfecto en un pub en Londres o una cafetería en Boston, echaítos pa’ atrás, pensando en cómo dar el golpe de gracia al neoliberalismo (sic), porque evidentemente no tiene la más remota posibilidad de implementarse en el primer mundo. Hay que ser muy de élite y estar muy desconectado para abrigar ideas que apuestan con vidas ajenas allá lejos.

De todo lo que dijo, me encantó esto: “Me siento como Simón Bolívar, he ido de país en país. Estuve en Colombia, Argentina y ahora Chile”. Cuánto éxito económico en una sola frase. Sigue: “Y vengo aquí, no a predicar. Sino a aprender, también de este gobierno que es joven, algunos dicen inexperto, no lo sé, pero es increíblemente ambicioso en cuanto a la dirección del crecimiento, las nuevas herramientas que propone, como obtener royalties del litio y reinventar todo el ecosistema, con el fin de que no se trate sólo de extracción, sino tener una verdadera economía dinámica e innovadora para una transición sustentable de crecimiento”. ¿Khé? Y pensar que nuestro baby Lenin se iba a ir a estudiar con ella… 

Scendi dal pony cara, Cile non sarà mai neomarxista!

La segunda cosa, la más preocupante, es cómo la academia occidental, la intelectualidad, es considerada per se como referente, sin que se someta a un juicio crítico las ideas. Digamos además que en muchas universidades hay una hegemonía clara de la izquierda, sin o con muy poco contrapeso.

Hoy, las credenciales de quien habla son el elemento más importante a la hora de juzgar el mérito de una idea. No estoy lanzándome contra los expertos, solo estoy diciendo que un doctorado no es una licencia a perpetuidad para opinar sobre todas las materias y tampoco un certificado de pureza y objetividad, como si sus portadores no tuvieran sus propios sesgos o incluso, agendas. Como si se tratara de opiniones asépticas. Recordemos la CC misma y los cientos de académicos de Chile y el mundo con un CV como para hacerse un juego de sábanas dispuestos a avalar el engendrito. O veamos a algunos ministros y subsecretarios, harta Beca Chile para estar contra los TLC sin mucho más argumento que sus pulsiones adolescentes y el sentir de su corazón latinoamericanista.

Esta pitonisa piensa que es importante evaluar las ideas en su propio mérito, atreverse a cuestionar, porque es peligroso seguir a ciegas las credenciales. Como dijo ese brillante profesor Institutano, se puede ser abogado (o economista), pero tonto.

*Ver todas las columnas de K Sandra.

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