El frenesí de la Convención Constitucional por terminar en sus últimas semanas de trabajo, a tontas y locas, el borrador de la nueva Constitución, sólo augura un mal término al carrete constituyente. Un agudo observador de twitterlandia comparaba a la Convención con los pubs ingleses, que tuvieron por casi un siglo la tradición de tocar la campana de la última copa. El campanazo obligaba a los feligreses a que se volcaran en masa a la barra a pedir su último pint de cerveza. 

En la Convención ya sonó la campana y los convencionales, cual tropa de borrachos, se abalanzó a sus ya habituales chambonadas. Me los imagino colgados de la barra de un pub a la salida del ex Congreso Nacional, gritando a viva voz: “¿Somos amigos o no somos amigos?”. A juzgar por sus resultados, es evidente que la cocina de la Convención hace rato que se trasladó al bar. Los niveles de borrachera constituyente así lo confirman. 

Los convencionales asumieron que los chilenos les habíamos regalado una barra libre, que les permitió tomarse todo lo que quisieran, sin límites. Terminaron haciendo una Constitución a punta de copetes y trasnoche. Los convencionales de farrearon, como universitarios en viaje de estudios, toda la etapa inicial del trabajo constituyente y cuándo se requería que estuvieran en sus plenas capacidades, prefirieron seguir con la juerga. El exceso de alcohol les pasó la cuenta.

El primer síntoma de todo borracho es la negación. “Te juro que estoy bien” o “a mí nadie me dice borracho”, haciendo una especie de contorsión corporal, delatando su estado etílico. Los convencionales, como buenos curados, negaron su estado de intemperancia a más no dar, acusando una campaña de desprestigio en su contra. Mientras tanto, le ponían firme al copete. Resultado: una Convención que vive en un mundo paralelo, totalmente ajena a la realidad. 

Junto a la negación, viene la pérdida de conciencia del borracho. “Estamos haciendo todo la raja” o “la vamos a matar con la plurinacionalidad” o “vamos a hacer la Constitución más larga del mundo”, son algunas de las expresiones que se escuchan frecuentemente afuera del bar del ex Congreso. Poco conscientes del daño que le causan al país y a la unidad de los chilenos, los convencionales de izquierda prefieren seguir empinando el codo. “Tomar, tomar … que el mundo se va a acabar”, suele ser la entonación favorita de los comensales.

Suena la campana de la última copa en la Convención y los convencionales, cuál manada de hooligans, se agolpan en la barra del bar. Sobre la gran mesa octogenaria, Atria, Viera y Bassa bailan animosamente y alientan a todos a correr por su última copa, saltándose todas las reglas existentes. Aprovechándose del estado eufórico de sus partidarios, enarbolan la bandera de la plurinacionalidad y prometen dividir a los chilenos con la nueva Constitución.

Dicen que no hay curado mentiroso. Hay que tomarse en serio la campana de la última copa en la Convención. Bajo la presión de los últimos minutos, queda poco espacio para beber con moderación. Y quienes padecerán la caña o resaca de la borrachera de los convencionales, seremos todos los chilenos, los que además pagaremos la cuenta con sus impuestos. 

*Todas las columnas de Spectator.

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