Irina Karamanos, nuestra Primera Dama, se las trae. Y se las trae en grande. A través del cambio del nombre del gabinete de la primera dama a “Gabinete Irina Karamanos” quiso conquistar la gloria y, por cierto, el poder presidencial. Pasando a llevar toda la normativa sobre transparencia y, en forma silenciosa, Irina tenía todo escondido bajo siete llaves. Ni siquiera lo habían publicado en el sitio web del gobierno. Pero en menos de 24 horas de publicado, debió echar atrás su sueño monárquico.

La ministra vocera, Camila Pellejo, debió salir a apagar el incendio. Un verdadero autogol que se propinó el gobierno. No encontraron nada mejor que apelar a “un error administrativo”, como si los chilenos fuéramos giles. La idea de Camila es salir del problema lo antes posible, asumiendo el error y dando vuelta la página. Pero el daño ya está hecho. La credibilidad del gobierno ha quedado seriamente dañada.

Un gobierno que llegó al poder anunciando el término de beneficios y privilegios, ahora mostraba su verdadera hilacha. Esa hilacha del poder que embriaga hasta el más humilde de los funcionarios. Criticando a todos los gobiernos anteriores y a los empresarios, se comprometieron durante la campaña a romper con las malas prácticas de la antigua política. La nueva política venía con una moralina y soberbia refundacional propia de cierta izquierda progresista. Ahora, esa moralina y soberbia les estalla en la cara.

De todas las primeras damas, Irina ha sido la única que aún no sabe qué hacer en el cargo. Su rol está totalmente desfigurado. Ante la ausencia de un proyecto concreto, optó por hacer lo que hacen los ególatras: mirarse el ombligo. A diferencia de Irina, sus antecesoras dejaron un profundo legado en su paso por el gobierno: doña Leonor, la Fundación de las Familias; Martita, el MIM; doña Luisa, las orquestas juveniles y Sonrisa Mujer; y Cecilia, Elige Vivir Sano. Cada una, en su estilo, le imprimió su carácter y sello personal al cargo. 

Irina, en cambio, será recordada para siempre como la más ambiciosa. Lo suyo no es la labor sociocultural de La Moneda. Lo suyo es el poder. Sólo así se entiende que personalice el cargo. Pero también será recordada como una hipócrita, pues cuando asumió el cargo lo hizo con el compromiso de eliminarlo y luego de “reformularlo”. En lugar de ello, Irina “la única” se lo apropió. 

Como bien dijo alguien en twitter, Irina será la primera y última “Irina Karamanos”. Una «Karadepalo».

*Todas las columnas de Spectator.

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