Mientras toda Roma ardía, el emperador Nerón tocaba su lira y cantaba. No bastó con esto para apagar el fuego, como bien sabemos. Acá, tampoco se apagarán los ardores de la convención constitucional mientras el Presidente Boric recita sus últimos sonetos a Irina, que solo mira al cielo, aunque no necesariamente embelesada. Pero para ser bien justos, no importa lo que intente hacer el Primer Mandatario; nada apagará una convención inflamada por los delirios de grandeza, de refundación, de odios y de desprecio al sentir de Chile. Para apagarla, todos los chilenos debemos ser bomberos y rechazar abrumadoramente la propuesta el 4 de septiembre. 

Especialistas y expertos en las lides de la política, la contingencia pública y los devenires del arte de gobernar concuerdan en señalar que el gobierno del Presidente Boric y la convención constitucional tienen sus destinos de tal modo entrelazados, que el primero cesaría de existir como proyecto político si la segunda fracasa al resultar rechazada. Le pasaría a Boric lo mismo que le pasó a Piñera; un proyecto se va al tacho de la basura y a lo único que puede aspirar es a reciclar lo que se pueda. Una dosis de realismo que le vendría extraordinariamente bien a este vilipendiado Chile nuestro. A partir de ahí el norte es de reconstrucción, de aprendizaje, de equilibrios y de olvidos.

Resulta sorprendente ver que aún hay ciudadanos de este Chile tan a mal traer, que piensan que la convención constitucional será capaz de llegar a una propuesta que sea una mucho mejor Carta Magna que la que aún nos rige y ha dado estabilidad política desde el retorno a la democracia. Se argumenta hasta la saciedad que la Constitución de 1980, transformada en la de 2005 y firmada por el Presidente Ricardo Lagos y su completo gabinete, tiene una ilegitimidad de origen, sin advertir que precisamente la firma del Presidente Lagos la terminó por legitimar porque es su Constitución. Su discurso en ocasión de la entrada en vigencia precisamente constata esto sin lugar a ambigüedades ni dobles interpretaciones y su última entrevista en Radio Duna hace menos de una semana también así lo confirma. 

Por el contrario, lo que tiene una ilegitimidad de origen es la convención constitucional, que surge producto de una violencia desatada cuyo objetivo siempre fue romper el orden institucional de nuestra República y refundar el País, negando la historia y la tradición republicana de dos siglos. Nunca se cumplieron las condiciones de paz prometidas que dieron origen al “Acuerdo por la Paz” y ya eso deslegitima la convención… desde su origen. No es la Constitución que nos rige la ilegítima, es la convención llamada a crear otra. Lo anterior no niega ni desconoce, por supuesto, que es un imperativo ineludible crear una solución, en el seno del Congreso, que responda al sentir de cambio constitucional que la ciudadanía solicitó en las urnas. Son, en este contexto, varias las opciones que pueden explorarse para concordar aquella que en efecto logre concitar un mayoría clara e inobjetable, cosa que jamás conseguirá la propuesta que se delira en la convención. 

A la convención se le encargó la construcción de la casa de todos y los arquitectos que eligió una parte menor de la ciudadanía, pero que superan los 2/3 que la componen, construyeron un conventillo de cartón piedra, planchas de zinc y plástico recubierto de paja. Nos equivocamos profundamente en la elección de los arquitectos y lo que obtendremos será una profunda desigualdad, incluso ante la ley, la pérdida de libertades, de bienes que son nuestros y de esperanzas y sueños truncados. No podía en estas condiciones salir una Constitución o Carta Magna como la que Chile se esperanzó en tener, aunque sí saldrá algo que rima: una aberración magna. 

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