Dejaron de ser sorpresas las sorpresas. Hace algunos años, si un presidente, cualquier presidente, hubiera mostrado un aumento tan feroz en los niveles de desaprobación tras solo un mes de gobierno, como le sucede a Gabriel Boric, políticos opositores habrían salido a vociferar a los cuatro vientos lo mismo que ya en el 2011 dijo Osvaldo Andrade, presidente del PS de la época, respecto del apoyo a Sebastián Piñera: “Chile no se merece un Presidente con este nivel de desaprobación”. Entonces, el Presidente Piñera obtenía un 53% de rechazo y un 35% de respaldo. Todo esto a poco menos de 18 meses de gobierno. Hoy, Gabriel Boric tiene, según Pulso Ciudadano, un 51% de desaprobación y un 27,8% de aprobación. Así las cosas, ¿Chile se merece el Presidente actual?

Más allá de cualquier consideración o juicio, lo cierto es que tenemos el presidente que nos merecemos. La abulia en el cumplimiento del deber ciudadano de votar y la alta abstención consecuente no solo genera incertidumbre respecto a lo que la ciudadanía en realidad quiere, sino que permite que sean electas personas que de otro modo no conseguirían los votos necesarios. Ocurrió así en la elección de los convencionales -eso fue brutal- y en realidad en casi todas las elecciones que hemos tenido desde que hay voto voluntario. Opino que es fundamental e ineludible volver al voto obligatorio, aunque pueda resultar impopular al principio. Por lo menos se acabarían las especulaciones sobre lo que la ciudadanía eligió. Esas especulaciones se limitarían a temas algo más mundanos, como por ejemplo si Irina y Gabriel son o no son pareja, con abstracción de que besos vengan y besos vayan. 

Si bien el voto obligatorio despejaría dudas sobre la voluntad popular, no resuelve el tema de elegir un mandatario capaz de asegurar un buen gobierno o evitar uno que haga de la improvisación y el azar su sello de gestión. Incluso con voto obligatorio es muy probable que Gabriel Boric hubiera sido electo. Eran muchas las promesas de cambio y de mejoras virtualmente inmediatas que la población recibiría con solo sentarse en el sillón presidencial el primer día de gobierno. Es justamente esa frustración en las aspiraciones las que explican por una parte las bajísimas notas que saca el nuevo gobierno, notas que se las asignan tanto votantes como no votantes. Reflejan la opinión de la ciudadanía con el quehacer gubernamental, con la falta de liderazgo de Gabriel Boric, con la impericia del jefe del comité político y de la ministra del Interior. El rápido derrumbe de los liderazgos de la Izkia Siches y de Giorgio Jackson es irreversible y anticipan los días aciagos que en todos los niveles del gobierno los noveles funcionarios políticos deberán enfrentar. Además, la propia izquierda extrema que ungió al Mandatario le está dando la espalda y convirtiéndose rápidamente en oposición a su propio gobierno. 

Es una incógnita anticipar qué hará el Presidente Boric como consecuencia de este actual escenario de frustraciones. ¿Buscará apoyos en la vieja reserva de políticos de fuste de la centroizquierda? ¿Se hará más radical su postura, despegándose de la mesura? O como nos recuerda El Quijote “Y, lo que sería peor, hacerse poeta; que según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”. A Gabriel Boric bien puede la razón de la sinrazón enflaquecer su razón. Veremos…

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