Dispuesta a cocinar para la pensión, afilé mis cuchillos para emprender la tarea del corte y confección. Tan contenta estaba canturreando al ritmo del sofrito, cuando de pronto, ¡¡zas!! 

La mano derecha no supo lo que hizo la mano izquierda (no sé por qué me acordé de Chile) y el cuchillo pasó junto con la cebolla a cortar el dedo gordo de mi mano. Como toda ninja, traté de bajarle el perfil y lo enrrollé en servilletas para seguir con mis labores, pero ya parecía prieta con cebolla de primer corte. Le traté de hacer el quite a la ida a Urgencia, camuflando ineficientemente y estúpidamente el corte con un parche curita (no sé por qué nuevamente me acordé de Chile), hasta que al final tuve que partir. Y como una ya te conoce el privilegiado sistema de salud, sospechaba que por lo bajo me tendrían 5 horas 59 minutos para recién entrar al “box” , que es la forma siútica de decirle a la camillita con papel craft encima y cortinita de Tur Bus mediante, donde seguramente me atendería un alumno en práctica con batita blanca y lapiz Bic en la solapa, que ni siquiera había envuelto bien el regalo del día de su madre, con 15 metros de scotch y gasa. 

Como una es visionaria, me quise anticipar al desastre (me volví a acordar de Chile), sabiendo que serían 8 horas para dejarme vendada como la Momia de los Titanes del Ring. Me acerqué al mesón con mi carita más dulce y de vístima que pude y pregunté:

-¿Habrá mucha espera para que pueda volver hacer dedo a la playa? ¿O mejor me pongo Masking Tape, la hacemos corta y nos olvidamos del asunto? 

Fue en ese momento cuando bajó una luz del cielo y apareció un enviado del señor: Miguel Ángel, oriundo de Chillán y sus cecinas, quien corroboró mis sospechas: 

-Señorita (adoro que me traten con tanto cariño), hay 6 horas de espera y se nos cayó el sistema. Tendría que pagar «particular» y después hacer el reembolso por su cuenta en la única sucursal funcionando, ubicada en Chiguayante 609 donde atienden de 9:00 a 10:00 am y quizás para ese momento su dedo se haya caído. Se ve que usted es bonita y vivita (le acepte el piropo encantá), así que manito derecha a la obra y hágalo usted misma (me volví acordar de Chile).

Me pasó por debajo de la mesa tres sueros fisiológicos -con más expertise que quien pasa droga en la frontera- y me dijo:

-Se baña usted en suero y en piscola, para desinfectar y para el dolor, y se pasa a comprar puntos a la farmacia del doctor Chapatín y se cura usted misma (pa’ lo que me cuesta). 

Me acordé que tenía un trajecito de enfermera guardado para eventos, brillo y emergencias, y me dije: este es el momento de usarlo antes que parezca matrona de Putaendo. Así que, que no sepa la manito izquierda lo que hace con la derecha (me volví acordar de Chile) y  me hice una curación a otro nivel y a todo nivel. Hoy con orgullo puedo decir que soy una enfermera de verdad y que el trajecito de enfermera lo llevo con coquetería, valentía y sobre todo mucha actitud. 

El sistema de salud debería contar con más Miguel Ángeles y más enfermeras como yo, y no con tantos todopoderosos y sistemas inoficiosos e inescrupulosos. 

No me alcazaron afiliar a otra compañía ni hicieron pasar la noche en una sillita sin respaldo, gracias Miguel Ángel. Espero seas el próximo ministro de Salud y nos dejen de afiliar al sistema tan bien como yo a mis cuchillos de cocina. 

Ahora que pagué $6.990 en vez de $69.990 podré hacer dedo a Acapulco en vez de a El Tabo y recuperarme bien del afilado futuro.

*Todas las columnas de Jo March.

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