El tiempo que transcurrió entre el día 4 de julio, fecha en que terminó (por fin) la tarea de la Convención Constitucional, y el 4 de septiembre, en que se plebiscitó el texto propuesto, se hizo eterno, aunque solo fueron dos meses. Desde ese 4 de septiembre en que Chile dio una muestra de madurez y sensatez inesperada para todos, ha transcurrido (muy rápidamente) casi un mes y medio, durante los cuales ni el gobierno ni los políticos han mostrado madurez y sensatez. S.E. seguramente escuchó que, dado el resultado del plebiscito, además de reconocer una derrota con sabor a paliza tendría que asimilar que soplaban nuevos vientos para él y su gobierno. ¿Qué hizo el excelentísimo Señor Presidente? ¡Se tiró un gas! Con ello dio a entender cuál era su interpretación de esos “nuevos vientos” y que no mucho más deberíamos esperar de él y de su gobierno. No tiene por lo tanto sentido seguir esperando que Gabriel Boric asimile de una buena vez la derrota brutal que se manifestó en las urnas; más bien él espera que los chilenos -lentos por naturaleza- se den cuenta que es necesario apurarse porque el excelentísimo Señor Presidente nos lleva tan amplia ventaja en el proceso intelectual y de desarrollo político, que ha debido ralentizar su marcha para esperarnos. 

Gabriel Boric tiene problemas muy serios -me atrevo a afirmar que de toda índole- que están llevando a Chile a ninguna parte que no sea más pobreza, más subdesarrollo, más frustraciones, más atraso y más decadencia. Sus problemas en el orden político son brutales, no solo porque es incapaz de gobernar, sino porque sus aliados del PC lo manejan como al Sr. Tellier le da la gana, quien una y otra vez habla cuando no debe, las cosas que no debe, entre ellas, por cierto, los inexistentes asesinatos políticos a sus camaradas de lucha. Boric, a diferencia de González Videla, no tiene las agallas para echarlos del gobierno y aliarse con mejores personas. Gabriel Boric además es lo que aparenta no ser o, en su defecto, no es lo que aparenta ser, es decir, es el candidato de primera vuelta y no es el candidato de segunda vuelta. No tiene Chile un gobernante de centroizquierda, aunque ponga a “figuras” del socialismo democrático como ministras en carteras vitales. Se encarga de rodearlas con personas de extrema izquierda -sin perjuicio que sean “encantadoras”- y con ex constituyentes que fracasaron miserablemente, amén de no ser tampoco las más idóneas para ocupar esos cargos. 

Parece un infortunio que en estas circunstancias tan claramente nefastas la centroderecha brille por su estupidez, mal análisis de la contingencia e incluso menosprecio al pueblo elector. Ello si no son, peor aún, las motivaciones, de índole personalistas para no perder liderazgo en sus partidos y arriesgar las presidencias que aún ostentan. O estamos ante una falta de valentía para decir las cosas como se deben decir y defender los principios que jamás se deben transar, o bien también para ellos Chile dejó de ser prioridad. Lástima no tengamos un Aznavour que les cante “Que tristeza hay en ti, no pareces igual, eres otra derecha más fría y más gris…”

Chile sigue funcionando por inercia, y a pesar de la clase política, pero dejó de funcionar bien, dejó de haber certezas, dejó de haber mística como país, dejó de haber confianza en el futuro y, lo que es peor, dejó de haber esperanza en un mejor país para nuestros hijos y nietos. Va en rigor cuesta abajo en la rodada como si fuera un carretón sin control, dando tumbos contra todas las piedras del camino. Mientras tanto, los que debían conducirlo se quedaron a la berma del sendero -por supuesto más arriba de donde va el carretón- discutiendo si hay consenso para ponerle una techito de lona nuevo o parchar el que ya tiene y que buen cobijo ha dado. Y eso a pesar que los chilenos dijeron claro que no quieren techo nuevo.

*Todas las columnas de Etiqueta Negra.

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