Cuando éramos chicos, nos iban a soltar al sur en el verano. A soltar a los citadinos a un potrero pa’ que limpiaran los pulmones, estiraran las patitash y conocieran a los pollos con plumas. Llegábamos los primos de Santiago, los del norte y del sur con el mismo afán de despercudirse. Era realmente heroico lo de los abuelitos; 18 cabros chicos, entre chicos-chicos y adolescentes escapistas en algún momento.

Un verano en particular, como a mediados de los 90, en que los adolescentes fueron mayoría y los más chicos nos dividimos entre los que los seguían y los que desconfiábamos (llevo décadas en esto), ocurrió una crisis que a estas alturas se ha convertido en mito familiar: el cazuelagate.

La güelita era seca pa’ las cazuelas y le tenía una fe ciega a sus propiedades nutritivas, curativas, antioxidantes y espirituales. Todos sabíamos que la cazuela en todas sus variantes era la comida oficial del verano, prácticamente todos los días. Pero ese verano, los adolescentes declararon que “aggg ¿de nuevo, Nonna?”, y en un acto insurreccional, partieron a preparar huevo frito con arroz. Algunos de los chicos se sumaron alegremente. Recuerdo a un primo en particular, que amaba la cazuela, pero más amaba la aprobación de los primos grandes. 

Primer día y no hubo reacción. Segundo día, nada. Al tercer día se nos comunicó que, dado que la cocina de la casa ya no era de nuestro agrado, desde ese día en adelante y durante todo el verano, nosotros cocinaríamos.

Los adolescentes, adolescentes como eran, aceptaron el desafío para horror de algunos. Lo que vino después fue, como ya se podrán imaginar, un desastre. La prima mayor estaba a dieta y se había declarado vegetariana el día anterior por lo que rápidamente se desligó de nosotros. Sus hermanos mellizos, que sabían cocinar, hasta hoy son incapaces de ponerse de acuerdo en algo, por lo que la cocina se separó entre los huevistas y los minoritarios panconmantequillistas. La batalla se descontroló tanto que terminamos logrando apenas una cuchara. Los huevistas tenían estresadas a las gallinas porque, con una mayoría citadina, no cachaban bien la necesaria intimidad que requerían las plumíferas para poner huevitos. Sus intentos por hacer arroz o fideos (eran bien pavos) terminaban entre mal y pésimo. Al quinto día de este caos, los huevistas perdieron adherentes y ya para el sábado se acercaron a la Nonnita para pronunciar la pregunta que ya es parte de la mitología familiar: “Nonnina, ¿habrá una cazuelita por ahí?”.

Esta pitonisa piensa que esta obsesión con la constitución, y más, con repetir ad eternum el mismo método que llevó al fracaso, se ve cada vez más versallesca. ¿Es acaso más válido el plebiscito de entrada que el de salida? ¿Es siquiera comparable un plebiscito en plena pandemia, con Chile aún crispado, con voto voluntario y con muchas ilusiones? El plebiscito de salida trajo de vuelta el voto obligatorio, pero además trajo un Chile que ya vio un proceso radical y sus resultados. El 4 de septiembre votó un Chile que perdió la inocencia y se encontró con la realidad y la razón anclada en su propia experiencia y no en la teoría ni la ilusión.

Chile quiso huevito, pero no así y no para siempre. Quienes dicen que sus compromisos explican el porcentaje del Rechazo fallan una vez más en su interpretación de la realidad y así se vuelven cómplices del radicalismo en su afán de imponer ideas derrotadas. Atrévanse a preguntarle a Chile qué quiere ahora. Puede que se sorprendan… y sea una cazuelita.

*Ver todas las columnas de K Sandra.

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