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Publicado el 25 de septiembre, 2017

El hombre masa

En esta vida de masas, la existencia humana se trataría de sobrevivir, de copar la agenda con actividades y experiencias, sin asumir un compromiso con la sociedad y su constante transformación.
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Que la política esté desprestigiada, que la percepción sobre los empresarios sea negativa, que no conozcamos a nuestros vecinos, que no confiemos en las instituciones públicas y que sintamos que la sociedad no anda bien, son síntomas de una enfermedad que parece estar llegando a sus máximos niveles. Este mal, que tiene múltiples aristas que intentan explicarlo, se relaciona íntimamente con una grave desmoralización de la sociedad, en la que nos acostumbramos a un estilo de vida que parece tensionar y desequilibrar la vida en común.

En esta crisis, el concepto de “hombre masa” –propuesto por José Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas– invita a una interesante reflexión sobre la manera de comprender a un ser humano que ha recibido una serie de beneficios con el desarrollo industrial y tecnológico que ha traído la modernidad, pero que, al mismo tiempo, ha engendrado un fenómeno desconocido en nuestra historia: el concepto de las masas. Este concepto no se refiere precisamente al crecimiento de la población, sino más bien a la masificación misma de la sociedad, en la que lo atractivo no es la batalla por las grandes ideas, la reflexión profunda sobre nuestras maneras de vida, ni el interés por transformar la sociedad; por el contrario, la masa sería un arquetipo a seguir en donde prima la ausencia de ideales a los cuales aferrarse.

Este fenómeno se explicaría, en la tesis del autor, por la preponderancia de un modelo de vida basado en el no-modelo. Uno que descansa en la ausencia de ideales y se centra más bien en “que cada uno crea y haga lo que quiera”. Un modelo donde que no existen más ambiciones que la satisfacción de los propios deseos individuales, pero que exige también mucho de los demás, de la sociedad y del Estado.

La tesis propuesta por Ortega y Gasset se torna aún más interesante cuando reconoce que estas micro vidas –o micro masas– siempre han existido en la historia de la humanidad, jugando un rol mayor o menor según cada época. Nunca ha sido un rol valorado, pero en el último tiempo han devenido, con la exacerbación de las satisfacciones individuales propias del progreso económico, en una expansión de los hombres masa, llegando a constituirlos en un modelo de vida legítimo, valioso, digno de seguir y de propagarse. Ese “vive y deja vivir”, que en otros tiempos podría ser considerado una rabieta de joven con problemas de madurez, hoy sería un estilo de vida defendido e incluso predominante.

En esta vida de masas, la existencia humana se trataría de sobrevivir, de copar la agenda con actividades y experiencias, sin asumir un compromiso con la sociedad y su constante transformación. Se evitan discusiones sobre el sentido y el orden de las cosas, la importancia de una u otra institución pública consideradas lateras, poco concretas, ineficaces. Prima, además, la conversación liviana, en la que podamos hablar mal del otro con tranquilidad, evitando cualquier roce que resulte en una discusión sobre nuestras propias maneras de vivir.

Así, esta vida que agota su tiempo con actividades, con una dedicación exclusiva a las pantallas de nuestros celulares o con un sinfín de horas dedicadas a Netflix, subsiste sobre la base de ciertos avances que le permiten gozar de su estilo de vida. Avances que no han sido alcanzados por ellos, sino por otros que no han vivido bajo la misma fórmula. Pero lo más preocupante es que una sociedad de hombres masa es incapaz de darles vigor o fuerza a sus comunidades para avanzar; sólo las retrotraen, las estancan.

En tiempos de desconfianza en la política, cuando reinan ánimos refundacionales y prima el descrédito en nuestras instituciones, vale la pena detenerse a reflexionar sobre este estilo de vida que parece más evidente que nunca y que comienza a permear en una cultura que aún sigue adaptándose a la modernidad. En una sociedad livianita, donde reina la trivialidad y el cultivo de las ideas parece un estorbo, ¿por qué habríamos de esperar una política distinta?

Quizás no hay que mirar tan lejos para entender por qué la política está en crisis: se reproduce desde una sociedad de masa, pero se le mide con el estándar de una sociedad culta. En una sociedad poco cultivada, ¿qué importan los copy-paste?

 

Pablo Valderrama, subdirector ejecutivo de IdeaPaís

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN/AGENCIAUNO

 

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