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Publicado el 16 de septiembre, 2017

El gran malentendido

Si hay algo que parece denotar el auge de los fenómenos de intolerancia a nivel mundial es que varias generaciones de ciudadanos tienen una concepción tergiversada y distorsionada de lo que es la democracia.
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Se suele citar la frase de Winston Churchill en relación a la democracia como el menos malo de los regímenes, pero poca atención se coloca a las profundas implicancias —no sólo históricas, sino de contenido— que conlleva esa frase. La democracia representativa liberal es el menos malo de los regímenes por varias razones que parecen ser obviadas permanentemente en el debate público. Como decía Hayek, “nuestra generación habla y piensa demasiado de democracia y demasiado poco de los valores a los que ésta sirve”. Así, en función de exacerbar sus debilidades o paradojas se obvian las profundas y diversas falencias de otro tipo de regímenes políticos, mientras en el intertanto se produce el ascenso creciente de demagogos, populistas y promotores de la acción resuelta, que muy probablemente terminen por subyugar en alguna medida y en nombre de la democracia misma, ciertas libertades civiles, políticas y económicas que la sustentan.

En la actualidad, la democracia representativa, que según Norberto Bobbio es la única que funciona, está siendo amenazada por la explosión de diversas muchedumbres que, en muchos casos y de forma paradojal, claman por más democracia y participación, pero mermando los principios y límites fundantes de la propia democracia, por ejemplo, el respeto a la libertad y la autonomía individual, y el control institucional sobre las decisiones gubernamentales. Por el contrario, en nombre de una mayor democracia se promueve no sólo un creciente asistencialismo estatal, sino también el más férreo de los paternalismos sobre las opiniones, mediante la promoción de la arbitrariedad de ciertos grupos de presión en diversas instancias y ámbitos, como las universidades. La lógica de la triestamentalidad, en ese sentido, no es una ampliación de la democracia interna universitaria, sino la vía para imponer la fuerza del número por sobre la libertad de cátedra.

En relación a lo anterior, la dictadura de la opinión es quizás una de las mayores amenazas para los fundamentos del sistema democrático representativo hoy en día. Debido al auge de las redes sociales y la mayor interconectividad, el peso censurador de la opinión infundada de mayorías circunstanciales y prejuiciosas ha tomado una fuerza inusitada en comparación a otras épocas. Esto conlleva una paradoja que se ve reflejada en que muchos de los actuales paladines de esa “democracia más profunda” en realidad actúan como sumos sacerdotes de la opinión, imponiendo sus censuras y escarnios, en cada espacio y lugar, sobre aquellos que expresan divergencias con lo que ellos suponen es la opinión correcta o dominante. Esto, que para muchos podría parecer una extensión de los ámbitos de lo democrático, en realidad va de lleno contra el necesario debate público pluralista, fundado en el uso público de la razón y que toda democracia requiere para subsistir.

Porque lo que ocurre hoy no es un intercambio de opiniones, sino de prejuicios. Entonces, los bárbaros, con sus gritos, ofuscaciones y sus monsergas, se toman el espacio político de manera paulatina. Bajo ese proceso, los ciudadanos dejan de ser individuos, con iguales derechos ciudadanos y políticos como para expresar discrepancias en el debate público, convirtiéndose en un rebaño de ovejas balando frente a un pastor, ya sea el gobierno o los líderes de opinión de turno.

Si hay algo que parece denotar el auge de los fenómenos de intolerancia a nivel mundial es que varias generaciones de ciudadanos tienen una concepción tergiversada y profundamente distorsionada de lo que es la democracia. En tiempos en que, se supone, la democracia es el sistema más promovido, los ciudadanos parecen ser los menos conocedores y adeptos a sus fundamentos éticos e institucionales. En ese sentido, tanto los detractores como los promotores de la democracia están sumidos en un insondable malentendido, no sólo porque tienen expectativas irreales y desajustadas con respecto a la democracia misma, sino porque sus críticas generalmente se relacionan a otra clase de fenómenos sociales en los cuales la democracia cumple un rol más bien secundario.

No es raro, entonces, que entre críticos y supuestos profundizadores de la democracia se produzca una conjunción donde confluyen lógicas antidemocráticas. En ese sentido, la democracia, a diferencia de otros sistemas políticos, permite que en su interior se incuben elementos que la contravienen incluso en su nombre. Y es que, como el propio Bobbio advertía, nada hay más peligroso para la democracia que el exceso de democracia.

 

Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación Fundación Para el Progreso

 

 

FOTO: FRANCISCO SAAVEDRA/AGENCIAUNO

 

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