Se suele decir que, tanto en la vida como en política, es necesario que pase agua por debajo del puente después de haber vivido una crisis.

El triunfo del Rechazo no solo significa una derrota para el gobierno en lo político y en lo ideológico, sino además le genera una crisis de gobernabilidad que impacta más allá de su línea de flotación y cuya solución no pasa solamente por un cambio de gabinete. Requiere tiempo -bien escaso en esta actividad- y reflexión, algo que aún no se ve por parte del gobierno. 

El reiterado llamado a la administración de Boric a impulsar una agenda pública que tenga como norte las prioridades de la gente y los temas más acuciantes de la actualidad no han tenido un efecto rotundo en las decisiones adoptadas. Medidas tibias para paliar la crisis económica y las deficiencias en seguridad pública e inmigración irregular no dejan satisfecha a la ciudadanía, quien lo ha reflejado en la baja tasa de aprobación presidencial.

Más aún, el impacto del resultado del plebiscito pareciera coincidir con esta baja aprobación, cuyos efectos pueden asimilarse a la debacle que supuso para la Presidenta Bachelet el Caso Caval y para el Presidente Piñera el estallido social. Ambas administraciones se vieron obligadas a modificar en lo medular su programa de gobierno, con tal de no perder la iniciativa, pero que en lo político no fueron más que señales de agotamiento de gobiernos cuyo control de la agenda pasaba por el Congreso. 

Por estos días, algo similar vive el Presidente Boric. De no mediar cambios profundos en las prioridades del programa -el que en palabras de la vocera Vallejo, se sustentaba en una nueva constitución- y sin mayorías en ambas cámaras del Congreso, la pauta política recaerá fuera del ejecutivo, es decir, el síndrome del pato cojo.

Aquello no es menor, pues aún restan largos tres años y medio de gobierno, con una ciudadanía cada día más empoderada y con demandas que aún no hacen eco dentro de las prioridades del Presidente, las cuales le permitan dar cuenta de una línea de acción determinante, entre ellas, seguridad y delincuencia, inflación y reactivación económica, inmigración en el norte y terrorismo en la macrozona sur. Se habla mucho y se hace poco. 

El país merece tener un interlocutor válido, pero también sentirse representados por un Presidente que comanda e interpreta los anhelos y pulsiones de su ciudadanía que exige cambios en la dirección correcta, caso contrario es tener un pato que cojea mucho.

*Felipe Mancilla y Nicolás Villar, Pensar en Público

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