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Publicado el 14 de diciembre, 2016

El gabinete de Trump

Hasta ahora, parece que las protestas se deben a que Trump está nombrando gente capacitada y de derecha, lo que, claro, es intolerable.
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En su camino a la Casa Blanca, Donald Trump quemó los manuales de la política estadounidense y de los modos en que la ciudadanía y el poder se relacionan en democracia. Se presentó ante las multitudes como un outsider del sistema y los electores le dieron la razón, consagrando a un empresario que se diferenció con actitudes políticamente incorrectas.

Por ello, mientras se espera el traspaso de poder el próximo 20 de enero, está latente una gran incógnita: tratar de comprender qué hará Washington después de la era Obama. Como siempre que de derechas hablamos, los primeros comentarios rondaban la idea de que el millonario es un egocéntrico que nombraría un gabinete teñido de nepotismo, amigos, familia y los pocos leales de una campaña que nadie imaginó ganaría. La transición, debido a esto, sería un caos, según nos contaba el muy poco fiable New York Times días después de las elecciones. Lo realidad no les está dando la razón.

Los nombramientos se están sucediendo regular y rápidamente, a un ritmo similar al de Presidentes anteriores y están dejando contentos al corazón republicano y a los sueños de los activistas, periodistas y políticos amantes de la libertad.

El principal asesor en materia de seguridad será Michael Flynn, exdirector de la Agencia de Inteligencia de Defensa en tiempos de Bill Clinton. Mike Pompeo, 53 años, militar, abogado de Harvard, exitoso empresario y congresista republicano por Kansas será el nuevo director de la Agencia de Inteligencia. En Educación el cargo es para Betsy DeVos, quien implantara la educación concertada en Michigan y a quien el nefasto sindicato de profesores tiene en el punto de mira; el general retirado de los marines James Mattis es el nuevo secretario de Defensa, nombre que circuló en ambientes republicanos para una posible lista alternativa; como embajadora en la ONU fue designada la gobernadora de Carolina del Sur y estrella emergente del Partido Republicano Nikki Haley; como secretario de Sanidad, el cirujano Tom Price, el único congresista que propuso un plan alternativo al Obama Care, programa que ahora podría llevar a cabo; como fiscal general Trump nombró a Jeff Sessions, un senador muy popular dentro del partido, a quien los demócratas califican de racista por un chiste sobre el Ku Klux Klan, pese a haber trabajado para conseguir la primera condena a un blanco en Alabama por matar a un negro; para dirigir la Agencia de Protección Ambiental, Scott Pruitt, quien demandó a la agencia medioambiental siendo fiscal general de Oklahoma. Su otrora contrincante, el Dr. Ben Carson, será el próximo director de Vivienda y Desarrollo Urbano. Carson surgió con enorme éxito de la más abyecta pobreza cumpliendo el sueño de su madre de que el trabajo duro, la voluntad de aprender y la honestidad pueden elevar al ser humano a las mayores alturas.

En el nombramiento más importante que le faltaba, el de secretario de Estado, Trump se tomó su tiempo y demostró ser metódico y paciente, reuniéndose hasta con Henry Kissinger para analizar el tema. Incluso consideró la opción de Mitt Romney, uno de sus mayores críticos, pero finalmente se decidió por el presidente y CEO de ExxonMobil, Rex Tillerson. El nombramiento ya ha generado controversias. No por su indiscutida capacidad empresarial —está al frente de una de las más exitosas compañías del globo—, tampoco por su condición pro libertad, ya que estamos frente a un lector nada menos que de la objetivista Ayn Rand. Pero los socialistas no le perdonan a  Tillerson sus lazos comerciales con Rusia y recuerdan los supuestos hackeos rusos durante la campaña de Clinton. Lo cierto es que el empresario puede exhibir notable conocimiento del mundo petrolero lo que pareciera ser un activo a la hora de enfrentar al mundo islámico, uno de los objetivos declarados por Trump. Está por verse si logra aprobar su nominación en el Senado y a cuánto desgaste queda sometido en el camino. El fillibuster es una extendida práctica entre los demócratas y puede socavar la imagen del mejor candidato.

Hay algunos nombres menos perfilados, como los del secretario del Tesoro Mnuchin, financista de Goldman Sachs y quien fuera importante donante de los demócratas y el secretario de Comercio Wilbur Ross, otro billonario neoyorquino que apoyó a Marco Rubio en primera instancia, pero son los menos.

En resumen, si se analizan sus nombramientos y el ritmo al que se están dando se puede concluir que las protestas se deben a que Trump está nombrando gente capacitada y de derecha, lo que, claro, es intolerable.

Es difícil saber cómo será el Donald Trump Presidente. Sería una pésima noticia que mantuviera sus posiciones proteccionistas. De sus nombramientos, por ahora, ello no se desprende. Además, a pesar de todo su personalismo, no deja de ser el candidato del Partido Republicano, de tradición liberal, y el Presidente de los Estados Unidos, país que con todos sus bemoles, ha sido y seguramente seguirá siendo una economía abierta. Por lo mismo, es posible que lleve adelante algunas de las ideas liberales que ha propuesto, como la baja de impuestos, que unidas a la moderación de hiper-regulaciones de  Obama podrían significar un enorme repunte para esa economía. Y si así fuera, desde luego sería un Presidente mucho mejor que Bush y Obama y, precisamente por ello, mucho más odiado.

En cualquier caso, lo primero que deberíamos hacer como ejercicio de libertad de pensamiento es deshacernos de las caricaturas que han pintado a Trump como un nuevo Stalin o una celebridad de un concurso de telerrealidad, e intentar evaluarlo con objetividad. Por ahora no hay ningún indicio que esas caricaturas que se transmiten tengan algún viso de realidad.

 

Eleonora Urrutia, abogada y MBA

 

 

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