Ahora que queda en evidencia para los breves de mente que no era el presidente Sebastián Piñera quien generaba una exclusiva e insólita atracción a los insultos, amenazas, objetos contundentes y funas, parece que estamos en posición de hablar de violencia.

Muchos -¿la mayoría?- miraron para el lado cuando el “presidente-empresario”, el que “velaba sólo por sus intereses” y el que “todo lo hizo mal” fue agredido, pero ¿qué hacemos ahora cuando “el más votado”, “la sangre joven” y el “idealista mesiánico”, a pocos días de emprender el vuelo, es igualmente violentado?

Lo cierto es que, si bien el martes llovió con fuerza en el país, desde hace ya 47 días han quedado en evidencia demasiadas goteras preocupantes en La Moneda. La primera línea ministerial se llueve a diario y el mismo presidente demuestra filtraciones a las que se les debe poner atajo.

Sin embargo, lo anterior no da licencia a las agresiones, insultos y amenazas de ningún tipo. Curiosamente ahora –y no antes– se esgrime el argumento según el cual se debe cuidar la institucionalidad y figura del mandatario, sea quien sea. Aunque tardío, ese argumento es correcto, pero no suficiente en el Chile actual.

La piedra que se le arrojó a Gabriel Boric hace menos de una semana es “solamente” un asomo del elefante en la habitación del que nadie quiere hablar con algo más que golpecitos en el pecho y diagnósticos estériles.

La agresión al presidente viene acompañada de una violencia desatada y normalizada en el país desde hace años. En el norte, en el centro y en el sur. En la casa, en la calle, en el transporte público, en el colegio, el instituto, la universidad y la oficina. En el estadio, el mall, la feria, el templo, los tribunales, el congreso y la convención. En la amistad, el pololeo, la pareja y la familia. En lo íntimo, lo privado y lo público. En lo digital y en lo análogo. Hay que ser honestos y darse cuenta que ya no hay un espacio en Chile libre de violencia.

Ya no sólo hay lugares del país en los que a determinadas horas o días sencillamente los chilenos no pueden transitar libremente, sino que también hay, por poner sólo un par de ejemplos, niños desgarrados que sencillamente no pueden continuar sus estudios por los insultos de sus compañeros y cada vez más mujeres que no salen de su habitación porque fuera de ella la amenaza es permanente y explícita.

Es urgente que la autoridad –en el amplio sentido de la palabra– aborde con seriedad y decisión el tema y que poco a poco cada uno de los chilenos entendamos que la solución también pasa por una convicción personal.

Por un lado, la autoridad debe poner coto al asunto con firmeza. Pero para ello, parecen necesarias al menos tres acciones: primero, abandonar slogans pirotécnicos que ponen énfasis en derechos más que en deberes; segundo, abrazar una definición cierta de violencia y explicitar que esta es condenable en todo su abanico de manifestaciones; y tercero, lo más difícil, hacer un mea culpa, pues como botón de muestra, la misma ministra que legitimó rayados amenazantes al recién electo presidente Boric, hoy condena enfáticamente que se le arroje una piedra. Efectivamente hay grados de violencia, pero seamos claros: violencia es violencia y no hay derecho ni libertad que la convierta en algo bueno ni deseable.

Por su parte, los medios de comunicación y los periodistas también debemos hacer lo nuestro. Por un lado, en espacios informativos buscar el modo de llamar las cosas por su nombre, sin agenda, sin intereses y sin encuadres discursivos resbaladizos. Además, en espacios de entretenimiento, se tiene el deber –quizás hoy más que nunca– de quitar por un momento la mirada en los índices de rating y el volumen de anunciantes. Arrojar una piedra a la autoridad es violencia, pero también lo es en horario prime hacer una extensa parodia nada constructiva del presidente, explicitando una eventual limitación cognitiva, un descontrol hormonal y hasta una felación de parte de uno de sus colaboradores, entre otras joyas. 

Los periodistas debemos atender de una vez a nuestra misión de iluminar, incluso esos rincones incómodos y oscuros de los que nadie habla o de la suciedad que se esconde bajo la alfombra. Pero iluminar dista mucho de prender fuego en un campo seco parapetados en una libertad de expresión libre de responsabilidad y ajeno a las consecuencias de nuestra tarea.

Por último, cada ciudadano debe hacer propio este llamado –para lo que necesita, por cierto, la compañía y el ejemplo de autoridades y medios– y comprender que la desilusión, la frustración, el engaño o incluso el abuso, no validan la violencia, por mucho que esta se vea, a veces con razón, como algo comprensible. 

Ejemplos de compatriotas que han dado un paso al frente hay muchos: el emprendedor que porfiadamente vuelve a poner en pie su negocio a la vez que acoge a quienes lo vandalizaron; el joven que fue mutilado por la violencia policial y que si bien busca justifica es capaz de transitar por el camino del perdón y no la venganza; la alumna que sigue los conductos regulares frente a la violencia verbal y en la misma denuncia solicita que se comunique a los agresores que desde el fondo de su corazón herido los perdona.

La urgencia es clara y la autoridad, los medios y los ciudadanos estamos llamados a cortar con este espiral por el que cae precipitadamente el país. Nuestra propia historia nos entrega suficientes ejemplos brutales de lo que conlleva no atender a este llamado.

Estamos a tiempo.    

*Alberto López-Hermida es periodista, Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae.

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